Una utopía política

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Hace unos días el presidente Macri recibió a varios dirigentes de la UCR en Olivos en una cena en la que se habló de las estrategias electorales de cara a las legislativas de este año.

Independientemente de que la Argentina debería pensar un esquema de elecciones diferentes para los períodos de las autoridades constitucionales (salir de la lógica de la campaña permanente e ir a un sistema de seis años de turno presidencial, sin reelección y con elecciones de medio término a los tres años del mandato) lo cierto es que lo que tenemos hoy es esta lógica insana de la política permanente en medio de una situación de inexistencia de partidos formales que puedan encauzar los desvaríos populistas y que puedan entregarle a la sociedad una base de estabilidad duradera y tranquilizadora.

En efecto, la Argentina por ausencia de esas estructuras sigue en manos de la aparición de figuras estelares y por la misma razón con una enorme carga de personalismo y –en algunos casos- mesianismo que para nada contribuyen a terminar de organizar un sistema abierto, horizontal, democrático, respetuoso y civilizado de convivencia política.

Uno de los temas que fue tratado en la reunión en la casa presidencial fue la presencia de “Cambiemos “ en todos los distritos electorales del país.

Frente a esto uno dice “¿pero cómo?, ¡obviamente que Cambiemos tiene que ir en todos los distritos..!, ¿no es acaso la coalición de gobierno?, ¿cómo va a haber lugares en donde fuerzas que integran Cambiemos compitan contra Cambiemos?”

Pues así fue en las elecciones que consagraron a Macri presidente en 2015. O mejor dicho en la primera vuelta electoral de esa serie. Cambiemos no fue unido en Capital Federal y en Santa Fe, por ejemplo, algo que, en este último caso, privó del triunfo a Miguel del Sel para la gobernación de esa provincia. En el distrito federal recuerdan ustedes la bizarra situación que se produjo con Martín Lousteau que era el candidato de una coalición que integraban los radicales mientras éstos sostenían a Macri como candidato a presidente.

Hoy Lousteau es embajador en Washington y aquellas rarezas electorales ya no podrían concebirse en un país medianamente organizado. Sin embargo estamos en la Argentina…

Lo que aquí debería ocurrir para el bien del país sería un acontecimiento disruptivo que rompiera la historia de los últimos 100 años y diera nacimiento a un partido político nacional grande, con variantes y matices internos pero que actuara bajo la lógica de una sola agrupación que represente el sentir de una parte considerable de la sociedad y que, de acuerdo a los vaivenes y a los humores sociales, dispute la mayoría y la presidencia en cada turno electoral.

Para ello todos deberían bajar un poco el copete en aras de un objetivo mayor. La UCR, el PRO, la Coalición Cívica, ECO, Partido FE, en fin, todos los que de un modo u otro integran Cambiemos, deberían desaparecer y fusionarse en un partido nuevo, nacional, con vocación de liderar el país, al que podríamos llamar, por ejemplo “Partido Demócrata”.

El nuevo Partido Demócrata debería tener, al mismo tiempo, la fortaleza y la elasticidad suficientes como para dirimir internamente sus diferencias sin que nadie lo abandone por eso y presentarle a la sociedad una opción organizada de poder y de administración en la que la gente pueda confiar y con quien se anime a trazar planes que trasciendan los años y la mera coyuntura.

Si el país va a continuar por el camino de los personalismos y dependiendo de la suerte de que de tanto en tanto aparezca un encantador de serpientes que subyugue los oídos inocentes de los votantes para convencerlos de que él o ella son la solución, la Argentina continuará por la senda del “coyunturismo” y no podrá construir un horizonte proyectado de civilización política y de crecimiento económico.

Obviamente lo que acabo de decir será tomado como una especie de agravio por muchos. Ya me parece escuchar a los radicales por ejemplo levantar su voz diciendo, “¿nosotros, la Unión Cívica Radical, desapareciendo y fusionándonos para armar otro partido?, ¿pero qué es esto?, ¿una afrenta, o una pretensión de ofendernos?

Es lo que en términos más grandes le ocurrió a la América española: 20 países relativamente chicos, pero todos con su himno bravo y su historia propia, aun cuando constituyen un conjunto de republiquetas insignificantes en el concierto mundial, gracias a que todas quisieron ser independientes y tener su propia personalidad: tendrán mucha personalidad, pero cero peso relativo en el mundo.

Es posible que esta descripción contenga una utopía política mayúscula, pero si cada integrante de la coalición que gobierna sigue con su chiquitaje barato, no solo ellos sino la Argentina toda quizás pierdan una oportunidad única para empezar a recomponer un tejido que se deshizo en la crisis de principios de siglo y nunca más logró restaurarse.