Una decisión saludable que aun no alcanza

Hace unos días, en este mismo lugar, nos referíamos a la lucha por el dominio cultural de la Argentina, o, más bien, a la aparente postura resignada que el gobierno había adoptado en ese campo en donde el populismo seguía reinando casi sin oponentes, sin que nadie se le anime a discutir fuertemente los lineamientos del sentido común medio de la sociedad.

A las horas nomás, un “meme” típico de los que circulan por los celulares resumía ese conflicto con picardía y una alta dosis de humor ácido: “Subsidiamos al vago, urbanizamos al okupa, le pagamos sueldo a los presos y le damos fueros a los chorros… Somos unos vivos bárbaros”

Y ese es el sentido común medio que el populismo gramsciano logró instalar en la mente argentina: en una palabra que lo que está bien está mal (y por lo tanto no se hace) y lo que está mal está bien (y por lo tanto se hace)

Han sido años de un golpeteo incesante de esos valores, desde Zaffaroni hasta la FUBA y desde la FUBA hasta Télam; desde el colegio (Perón decía que era “el primer escalón de captación para la doctrina nacional justicialista”) hasta la Universidad y desde la Universidad hasta la prensa.

En esos lugares se formó el embrión de la decadencia nacional. Porque no puede haber otra cosa que decadencia cuando se quiere alcanzar el progreso aplicando los principios del fracaso. En el mundo lo que está bien es legal porque está bien, no es que está bien porque es legal; y lo que está mal es ilegal porque está mal, no es que está mal porque es ilegal. El Universo tiene un orden natural: cuando se lo acompaña, se progresa; cuando se lo contraría se decae.

En esa nota decíamos que el gobierno del presidente Macri había tomado la decisión voluntaria de no deskirchnerizar al país. El kirchnerismo fue la expresión más brutal del populismo y, además, la expresión más brutal del intento gramsciano de profundizar el cambio del sentido común medio de la sociedad a través de la tergiversación del orden cósmico del Universo, para que ese nuevo sentido común quede galvanizado para siempre en la mente argentina y sea el reaseguro permanente para su regreso.

Esta semana, sin embargo, ocurrió algo: el gobierno decidió despedir a 350 empleados de la agencia oficial de noticias Télam “por confundir el ejercicio del periodismo con la militancia política”. No hay dudas de que ese lugar estratégico había sido copado con personal de La Campora incorporado por la Sra Fernández. La dotación de Télam fue prácticamente doblada durante la gestión del kirchnerismo, ubicando allí agentes orgánicos que actuaban como poleas de trasmisión de lo que aquí llamamos el “antisentido común”. Gramsci puro.

En esa línea, hace pocos días, dos agentes orgánicos del kirchnerismo habían publicado bajo la pátina “oficial” de la palabra de la agencia, que la mayoría de tenedores de Lebacs que debían renovar sus posiciones el martes 15 de mayo eran inversores extranjeros. La información coincidía con las primeras manifestaciones de la turbulencia cambiaria que comenzó por esos días y duró aproximadamente un mes.

La situación real con las Lebacs era exactamente la contraria: solo el 5% del stock de letras estaba en manos extranjeras, el resto correspondía a inversores nacionales. Ese trabajo subterráneo pero constante, incansable, permanente, desplegado en varios rincones estratégicos de la sociedad, es lo que sostiene al populismo, por la vía de envenenar el cerebro argentino, tal como pedía hacer Perón en los colegios, como primer estadio de captación “justicialista”.

El gobierno no puede detenerse en este hecho puntual. La academia, la Justicia, la cultura, los medios de comunicación, la información, el cine, las facultades de formación humanística, el teatro, la formación de abogados, los colegios, los centros de estudiantes, los gremios docentes… todo eso está en manos del populismo. Mientras ellos dominen esos centros neurálgicos el verdadero “progresismo” (ese que no debería querer decir otra cosa que el conjunto de principios que llevan a los países a progresar) no podrá hacer pie en el país y, como consecuencia, el país seguirá por el tobogán de la decadencia compatible con la demagogia y la mentira.

Lo ocurrido en Télam debe ser solo el comienzo de una limpieza profunda de las áreas sensibles que constituyen las usinas de formación del sentido común social. Esa limpieza debe estar dirigida a que esos centros diseminen de nuevo la idea de que al vago no se lo subsidia, de que al okupa se lo desaloja, de que al preso se lo castiga y de que el chorro va a la cárcel, para parafrasear el “meme” que mencionábamos al principio.

Ese sentido común, compatible con lo que indica el orden cósmico del Universo y que el arrevesamiento de los “Zaffaronis”, de los “Horacios Gonzalez”, de los “Juan Pablo Feinmanns”, de los “Ricardo Forsters” vino a dar vuelta como una media, es el que debe ser restaurado.

Solo haciendo ese trabajo profundo, de zapa, la Argentina podrá encarrilar, luego, sus desasosiegos económicos. Pretender encarar estos sin hacerse cargo de los primeros, es perder el tiempo. Quizás un soplo de bonanza puntual nos pueda sacar el agua del cuello. Pero mientras esas fuerzas del atraso sigan trabajando en las sombras, nuestro antisentido común nos volverá a llevar a la miseria más temprano que tarde.