Un país inviable

Obviamente a estas alturas es todo muy obvio lo que puede decirse del escándalo que vivió la Argentina durante el fin de semana y que fuera trasmitido en directo a todo el mundo como una muestra de la despampanante desorganización que somos como país y de la obscena impunidad con que los mafiosos se salen con la suya.

La primera imagen que me vino a la mente, cuando se empezaron a conocer los distintos videos del desastre, fue la de la caravana del presidente Kennedy que, inocentemente, dobló hacia su propio cadalso cuando el auto presidencial en Dallas enfiló hacia la calle Elm. Habían pasado exactamente desde aquella trágica tarde norteamericana 50 años.

El micro que llevaba a los jugadores de Boca hacia el estadio Monumental se dirigía por la Av. Libertador hacia su propia emboscada, de la cual, era obvio, que no saldría indemne. Directamente enfrente de él, sin que ninguna protección (las mismas que se usaron en otros superclásicos decenas de veces) lo pusiera a salvo, lo esperaba una horda cargada con decenas de piedras, botellas y baldosas.

Esos paneles altos y negros que aíslan el camino de la “cápsula” -como en la jerga se llama al móvil protegido- estaban ausentes. Alguien obviamente dio la orden para que no se colocaran. Centenares -sino miles- de hinchas de River estaban a la vera del camino y a lo largo de todo el estrecho boulevard Quintero. Nadie había dado la orden, tampoco, de despejar ese lugar. Quintero constituye, por sus características físicas, una encerrona en sí misma. Todo fue pensado y orquestado para pudrir el partido.

Lograr que ese micro llegara intacto a la cancha era una de las tareas más sencillas y estúpidas de todo el operativo de seguridad. Habiendo despejado el lugar de hinchas, aislándolos con vallas, habría sido suficiente para que todo el camino estuviera despejado. ¿Por qué no lo hicieron?

El día anterior una división de la Policía de la Ciudad había allanado un aguantadero de uno de los jefes de la barra de River -el “Caverna Godoy”- y allí había secuestrado más de 300 entradas (embaladas en una caja de cartón con el escudo oficial de River) y más de siete millones de pesos entre billetes de moneda local y dólares. Hoy se conocieron audios que detallan que, desde ese momento, la venganza estaba preparada.

¿Cómo llegó la caja de entradas con el sello oficial de River a manos de “Caverna”? ¿Quién se las dio? Es obvio que algo muy feo huele aquí.

La connivencia entre la dirigencia, las barras, la policía y el poder político siempre estuvo en el centro de la escena de la violencia del fútbol. Mientras la política no decida deshacer esa madeja, los argentinos estaremos secuestrados por esta violencia.

Hoy, 48 hs después del desastre, con tantas  evidencias de la (al menos) negligencia de los jefes del operativo de seguridad no hay ni una sola renuncia, ni un solo despido. ¿Cómo es posible semejante irresponsabilidad y semejante signo de impunidad?

Martín Ocampo ya debería haber renunciado o haber sido despedido. Eugenio Burzaco, que coordinaba las fuerzas federales abocadas al operativo y que, como las mismas fuentes oficiales explicaron, estaba a cargo de la Prefectura Naval que controlaba el tercer anillo de seguridad (que justamente incluía la esquina de Quintero y Libertador) debería estar dando (como mínimo) una explicación exhaustiva de por qué ese recorrido no estaba vallado y por qué el boulevard Quintero no estaba despejado de hinchas.

El jefe de seguridad de Boca, que viajaba parado detrás del asiento del conductor del micro y que tenía adelante suyo a través del enorme parabrisas del ómnibus, la escena bien clara de los que les esperaba con esa horda de hinchas de River apostados directamente en su camino, debió ordenarle al chofer que detenga el micro a la altura de Blanco Encalada y comunicarle a la custodia policial que no se movería de allí hasta que toda esa gente no fuera despejada y toda el área liberada de hinchas locales. Pero tampoco lo hizo. Dejó que la “cápsula” siguiera su camino hacia un matadero seguro.

En el playón del estadio, una multitud de delincuentes sin entradas coordinó sus fuerzas para que al grito de “ahora” se lanzaran sobre los molinetes y sobre la gente inocente que tenía tickets, pisando a todo el mundo y entrada al estadio por las puertas de la platea Belgrano baja, frente al asombro de todos ¿Cómo llegaron hasta allí si no tenían entradas? Teóricamente era imposible que hubieran podido superar los anillos 3 y 2 de seguridad. Pero lo hicieron.

Antes se habían producido hechos de robos de entradas en Libertador y Monroe, de vandalismo contra autos estacionados y contra negocios de las adyacencias.

Resulta obvio que había mucha gente interesada en que el partido no se juegue. Los barras de River, que querían vengarse del negocio que les había arruinado el allanamiento del viernes. Boca, que vio, en la posibilidad del ataque, la chance de presentarse a pedir los puntos y la Copa en el Comité de Disciplina de la Confederación Sudamericana. Y, en todo, la connivencia de las fuerzas que participaban del operativo que teóricamente debía proteger a todos.

Lo peor del caso es que mucha gente en la Argentina, desde que se supo que la final de la Copa la disputarían River y Boca, advirtió que esto podía ocurrir. Esa es una de las cuestiones más extrañas de este país: su insoportable obviedad. Todo el mundo sabía que esto podía pudrirse y, efectivamente se pudrió ¿Por qué en la Argentina suceden las cosas que todo el mundo presume que van a suceder y que aun así no puedan evitarse? ¿Por qué todo el mundo presumía que aun ante este desastre hoy no habría detenidos ni despedidos ni renunciados y efectivamente no hay ni detenidos, ni despedidos ni renunciados?

La Argentina es un país inviable por la sencilla razón de que no tiene la voluntad de evitar el mal que de antemano sabe que le va a ocurrir, ni tampoco el coraje de sancionar, luego, a aquellos que efectivamente lo consumaron.