Un año de Macri

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Julio Bárbaro suele decir que a veces se enoja con el gobierno de Mauricio Macri pero cuando se acuerda de los que se fueron, se le pasa.

Es un buen resumen del año de gobierno de Cambiemos: nunca en la historia completa de la Argentina, aun en un imaginario fin de los tiempos, habrá algo peor a los Kirchner.

Lo mejor que le sucede al gobierno es que aun tiene tres años por delante. Lo peor: su excesivo gradualismo en cuestiones que requieren una urgencia central.

El presidente echo mano de un decreto muy al inicio de su mandato para designar como jueces de la Corte a los Dres Rosetti y Rosenkratz –algo completamente innecesario e inoportuno- y se cuida de imitar a los Kirchner en el uso de ese instrumento en áreas decisivas de la economía, donde los tiempos no pueden esperar y corren más rápido que las agujas del reloj.

Es verdad que una base jurídica adecuada a la atracción de inversiones permanentes coincide con leyes sancionadas por el Congreso y no con decretos, pero ante el indudable boicot peronista (no al gobierno sino a la Argentina, porque el peronismo nunca le interesó el país sino el poder del país) el presidente debió poner a prueba esa herramienta para encuadrar variables que siguen bajo el efecto del plan bomba emplazado por el ladino kirchnerismo.

El presidente debió también, a través del Ministerio de Justicia, promover acciones más contundentes tendientes a darle a la sociedad señales evidentes de que está decidido a desinfiltrar a la Justicia de los agentes del totalitarismo kirchnerista.

Mientras esas incrustaciones del antiguo régimen sigan presentes en los estrados en donde se deciden la constitucionalidad de las leyes y la libertad de las personas, ningún gobierno democrático estará a salvo del absolutismo.

En este año el presidente debió, también, dar  mejores señales para que todos entendamos que el Estado no será el promotor del bienestar en la Argentina. El Estado debe ser el promotor del trabajo, de las inversiones de la productividad y de la economía competitiva, pero no del bienestar.

Alcanzar el bienestar debe ser una tarea individual, de cada uno, a través del trabajo propio, del esfuerzo de cada uno y de las decisiones individuales. El presidente debió –debe- ser contundente en ese terreno porque ese sí que es el cambio cultural que necesita el país. Mientras todos sigamos infectados con los microbios peronistas/kirchneristas que desembocan en la enfermedad de creer que el bienestar nos debe ser dado por alguien (en general el Estado) el país no tendrá destino y será una tierra mediocre poblada de pusilánimes.

Otro capítulo en donde el presidente debió ganar tiempo este año es el de los impuestos. No se conoce la constitución de ningún equipo de especialistas que esté trabajando en una reforma integral que reemplace por completo el sistema tributario argentino, las funciones de la AFIP y, fundamentalmente, las atribuciones de esta agencia que están al mismísimo borde de contradecir las garantías constitucionales y los derechos civiles. Todo esto sin que semejante aparato opresor logre que paguen impuestos los que operan, como mínimo, un 40% de la economía en negro. Es como tener lo peor de los dos mundos: por un lado, una agencia orwelliana –cuya única garantía es su titular, Alberto Abad- y, por el otro, una porción de la sociedad secuestrada y apaleada a tributo limpio.

Otro orden que el gobierno debe mejorar es la comunicación. De ser los grandes campeones de la comunicación política del siglo XXI, pasaron a que la mayoría de las iniciativas que están en marcha no son conocidas por el grueso de la población que, básicamente, cree que no se está haciendo nada.

Tampoco hay una explicación docente de lo que está ocurriendo en materia económica y social en el país y  del entramado de bombas de tiempo y zancadillas dejadas por el incalificable gobierno que terminó en 2015. Esto unido a que el gobierno se empacó como nene caprichoso en no dar a conocer el estado en que recibió el país, sirvió para que la oposición -incluido increíblemente el FPV que debería mantener la boca cerrada por cuatro siglos- explotara políticamente el malestar y le diera terreno a los conspiradores profesionales que, desde hace rato, están operando para voltear al gobierno en una nueva versión del típico golpe peronista.

El equipo económico debería estar abocado a elaborar un plan de shock de inversiones para conseguir trabajo de alta calidad en el menor tiempo posible. Se apuraron a proponer un blanqueo caro para la clase media (que una vez más ha salvado a este país por su decisión de escaparse del Estado) en lugar de abocarse a diseñar un plan tributario, laboral y financiero que despeje las dudas de los dueños del dinero.

El año que llega es de elecciones. ¿Podrá Macri cambiar la clásica matraca argentina de darle al inflador del gasto para ganar los comicios? ¿O quizás pueda intentar también un cambio allí y proponerle a la sociedad una transformación definitiva de “cliente del Estado” a “protagonistas de la vida”? ¿Y si el presidente lo propone, la Argentina querrá ese cambio? ¿O le gustará seguir creyendo que es efectivamente posible construir un modelo en donde un macho alfa nos dé de comer prácticamente en la boca a cambio de quedarse con nuestra libertad?

Naturalmente nadie dijo que esto iba a ser fácil para el presidente. Y aunque no estemos conformes con su performance del primer año, no debemos olvidar como somos nosotros mismos: una sociedad de ingenuos, con mentalidad de mujer golpeada, que prefiere las promesas de la seguridad a los sueños infinitos de la libertad.