Trump: el enemigo de sí mismo

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El segundo debate presidencial en los EEUU tuvo una previa que le dio un marco inesperado: los famosos dichos de Donald Trump abordo de un micro de producción televisiva en 2005 refiriéndose en términos vulgares a las mujeres, publicados por The Washington Post habían puesto al candidato republicano frente a sus peores días desde que comenzó la campaña.

Eso obligó a Trump a usar el debate para -aunque sea- detener la hemorragia de sus propios apoyos que habían comenzado a abandonar el barco poco menos que en masa.

Más de ciento treinta legisladores federales y estaduales que habían comprometido su respaldo, salieron a decir que ya no lo apoyaban, entre ellos Paul Ryan el influyente Speaker of the House, el equivalente a nuestro presidente de la Cámara de Diputados.

El propio compañero de fórmula Mike Pence, el gobernador de Indiana, no tuvo otra alternativa más que condenar las groserías de su jefe.

Con ese escenario Trump estaba acorralado; necesitaba un milagro para salir indemne de una exposición de esa magnitud. Trató de ubicar esos dichos como las típicas conversaciones entre hombres que ocurren muchas veces en los vestuarios de ciertos deportes (“locker room talk”) y dijo que nunca convirtió en hechos lo que dijo. Pidió disculpas, aunque no del modo concluyente que muchos esperaban, e intentó diferenciarse de Bill Clinton bajo el argumento de que el ex presidente no solo denigraba a las mujeres con su vocabulario sino con sus hechos, y que Hillary, en lugar de defenderlas, las había atacado por pura conveniencia política.

Fue un debate muy poco productivo en materia de ideas de gobierno y quien diga que puede estar más seguro respecto del tipo de futuro que le espera con uno o con otro a partir de lo que se vio el domingo, se equivoca. Todo fue demasiado insustancial.

Salir del pozo en el que él mismo se enterró será difícil para Trump. A su alrededor se ha formado un concepto raro mezcla de racismo, misoginia y cierta trampa a la hora de pagar sus impuestos. Admitió haber tomado más de 900 millones de dólares de pérdidas como un justificativo para no pagar impuestos federales a las ganancias por más de ocho años.

Clinton corre con la ventaja de ser una política profesional; está mucho más entrenada en términos de “corrección política” que su adversario. Y hay una cierta parte del establishment más preparada para perdonar sus deslices que los de Trump.

La ex Secretaria de Estado aun no pudo explicar la desaparición de miles de emails de su casilla personal luego de ser citada por el FBI a declarar. Más allá de que en esa declaración admitió no saber lo que era un documento “clasificado” y que no había recibido entrenamiento oficial sobre cómo manipular información delicada, la Oficina Federal de Investigaciones decidió no levantar cargos en su contra.

Partidarios de Trump dicen que personas de bien, por “descuidos” mucho menos graves que ese, están cumpliendo penas de prisión y citan el caso del funcionario que tomó fotografías abordo de un submarino nuclear para mostrárselas a su familia y terminó en la cárcel.

Los números después del debate arrojaron una mayoría de televidentes que había visto ganadora a Hillary, aun cuando el 63% de ellos consideró que el republicano se había desempeñado mejor de los que esperaban. Cuando se les preguntó quién cree que va a ganar las elecciones, el 86% dijo Hillary Clinton y solo el 14% Trump. Son números que hablan por sí mismos acerca de lo que la sociedad cree que va a ocurrir.

Varios popes del Partido Republicano llegaron incluso a insinuarle a Trump que se bajara de la candidatura para darle paso a un candidato que estuviera a tiempo de darles una oportunidad. Muchos creen que el propio Mike Pence, después de lo que demostró en el debate de los candidatos a vicepresidente el 4 de octubre, podría ser ese hombre. Otros dieron incluso listas de posibles candidatos sustitutos. Trump anticipó que no renunciaría, que jamás abandonaría y su vice, ayer en un tuit después del debate, dijo que estaba orgulloso de compartir la fórmula con él.

Hubo un momento de particular tensión que muchos han identificado directamente como “anti-americano”. Fue aquel en el que Trump dijo que si llegaba a ser presidente le pediría a su Secretario de Justicia que nombrara un fiscal especial para estudiar el caso los emails de Hillary Clinton. Ella respondió lo bueno que era saber que las leyes de los Estados Unidos no iban a estar nunca en manos de alguien como Trump. A lo que éste respondió “porque estarías presa”.

Muchos tomaron la ocurrencia como una broma –incluso hubo risas entre el público- pero la perspectiva de que un presidente americano amenace a un individuo con la cárcel, no cayó bien: muchos hicieron una directa comparación con países del tercer mundo o, incluso, con regímenes totalitarios.

Pese a que los candidatos que EEUU presenta esta vez no sean de lo más edificantes, quizás sea la vigencia de esa conciencia cívica que salta alarmada cada vez que alguien dice un disparate, lo que mantenga la democracia a salvo en este país Un detalle que quizás hubiera pasado inadvertido o como normal en otros lugares se convirtió en otra mano de bleque que la gran boca de Trump no puede evitar lanzar contra sí mismo con inusitada frecuencia.