Todo se explica

¿Por qué en la Argentina uno tiene la sensación de que todo demora demasiado? Porque efectivamente todo demora demasiado. ¿Y por qué todo demora demasiado? Porque la ley fue hecha para eso. Repetimos una vez más: los países son lo que sus leyes dicen que son. Y la Argentina es un país es donde su orden jurídico está preparado para:

  • Prohibir
  • Impedir el cambio
  • Obstaculizar el emprendimiento
  • Demorar la averiguación de la verdad
  • Impedir que la mentira sea reparada
  • Ahuyentar la innovación
  • Solidificar el statu quo
  • Impedir que los responsables rindan cuentas
  • Retrasar la constatación de obviedades
  • Defender las corporaciones sindicales, políticas y empresarias

Tomemos por ejemplo el caso ultra evidente del enriquecimiento ilícito de los Kirchner. Hace ya 11 años que el entonces juez Norberto Oyarbide dictó su sobreseimiento en circunstancias tenebrosas. La única prueba en la que se basó fue un informe contable del propio contador de los Kirchner, Víctor Manzanares, que -ahora también nos enteramos- fue confeccionado bajo la dirección técnica del propio Oyarbide que instruyó a Manzanares para que le presentara las cosas de la manera en que él sabía que podía aprobarlas.

El plazo de apelación para evitar que el fallo quedara firme se venció el mismo día que al fiscal Taiano, responsable de hacerlo, le secuestraron un hijo.

Desde ese mismo momento todos los mecanismos aun remanentes del sentido común comenzaron a reclamar que ese fallo fuera revisado bajo los alcances de la cosa juzgada írrita. Y si bien toda una primera parte de esa exigencia se hizo durante el propio gobierno de los Kirchner (con lo cual era inútil pensar que se avanzara) llevamos ya casi cuatro años de gobierno de Macri y seguimos igual. Es porque la ley está armada para esto.

Tomemos en segundo lugar el ámbito económico. Muy especialmente todo el sector “populista” de la política argentina (los peronistas, la izquierda, buena parte del radicalismo y hasta sectores del propio gobierno) reclaman la inmediata “puesta en marcha del aparato productivo”. Hasta el gobierno durante la primera parte de su gestión apostó a que el crecimiento más que proporcional de la economía diluyera la borrachera de gasto en la que el kirchnerismo había ahogado al país.

Lo hizo creyendo que su sola presencia iba a inclinar la balanza de las voluntades inversoras. El resultado, está a la vista, fue un fracaso.

Pero el fracaso no es sorprendente. El fracaso es una consecuencia; una consecuencia de la ley, del tipo de ley que tenemos. Mientras este orden jurídico impere en la Argentina todo demorará demasiado y ciertas cosas –como el despegue económico- no ocurrirán nunca.

¿De qué puesta en marcha del aparato productivo me hablan si producir está prohibido por la ley? ¡Si al que quiere producir lo matan con impuestos, regulaciones, sospechas, prohibiciones, resentimientos (porque la ley también fue armada para fabricar resentidos sociales), exacciones de todo tipo para mantener un Estado inoperante y ladrón!

¿De qué producción y trabajo me hablan si el que quiere emplear a una persona se compra 1000 problemas, 1000 vicisitudes, 1000 trampas en las que puede caer todos los días con toda inocencia… Se compra un sindicato cuyo accionar va a hacer que el empleado que tomó (que no carga sobre sus espaldas con ninguna de las responsabilidades y preocupaciones con las que carga él) viva mejor que él? ¿Es acaso eso “justo socialmente”, que el que arriesga su plata, que el que debe generar ideas para innovar, para ser mejor, para ganar la competencia del mercado, viva peor que el que a fin de mes tiene un sueldo asegurado?

Y no me digan que este es un pensamiento reaccionario, porque esto es lo que está pasando con miles de pymes y comercios en todo el país: tienen que cerrar porque los “dueños” viven peor que sus empleados. A ellos no hay ningún sindicato que los defienda y encima la ley, al mismo tiempo que los obliga a un piso de regulaciones asfixiantes, les prohíbe o les torna carísimo (lo que a los fines prácticos es lo mismo) el emprender acciones nuevas con costos menores.

La Argentina esta frita, señores. La ley argentina es una enorme sartén llena de aceite hirviendo que ha freído al país para siempre. Porque el único camino para no seguir estando frito es cambiar la ley que nos fritó. Y el argentino medio está enamorado de esa ley. Cree que si la cambian morirá, sin darse cuenta que hace rato que está muerto.