Todo al mismo tiempo

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No caben dudas que la votación de ayer en diputados, que dejó sin quórum al FpV para iniciar una sesión especial que aprobara la ley anti trabajo, significó una dura derrota para las huestes dirigidas desde El Calafate por Fernández, aun cuando no signifique necesariamente una victoria para el presidente Macri.

En efecto, la impronta de continuar con la vieja táctica de llevarse a todo el mundo por delante, arriado  por el efecto de los números, ya no funciona en el cada vez más incomprensible mundo del diminuto Héctor Recalde. Quizás esto los acerque más a caer definitivamente en la cuenta de que perdieron las elecciones. Si bien gran parte de su política y de sus acciones tienden a crear un escenario en donde se transmita la imagen de que elecciones son solo las que ganan ellos y que las demás son actos amañados por los poderosos y los grupos concentrados que -atentando contra la democracia- logran encaramarse en el poder, no caben dudas de que estos golpes los deben aproximar (aunque sea en su intimidad) a tomar conciencia de que ya no están en posición de imponer nada. Esta es una primera conclusión que se puede extraer de lo ocurrido ayer.

En segundo lugar aparece la figura y el papel de Sergio Massa, a quien muchos lo daban como el ganador de la jornada. Es verdad que tal como estaba escrito después de los resultados de primera vuelta, el Frente Renovador juega un papel importante con sus diputados en el Congreso y que ayer eso también pudo comprobarse, cuando esos representantes junto con los de Cambiemos, dejaron sin número mínimo a la Cámara.

Pero Massa ha tendido a sobreactuar esa cultura de “la mitad de camino” hasta convertirla en un fin en sí misma. Esta idea de no estar ni con unos ni con otros, cuando no está apoyada en una verdadera alternativa, puede confundirse rápidamente con una postura que ni chicha ni limonada; que no come ni deja comer.

Obviamente para despejar estos escenarios habría que saber cuánto de político tienen estos debates y cuanto de técnica económica. Porque no caben dudas -por los ejemplos internacionales, por los propios antecedentes argentinos, por lo que recomienda hasta la propia Organización Internacional del Trabajo y por lo que en muchos casos pueden ser leyes derivadas hasta de la simple física- que la ley que se debate en el Congreso no es la solución al problema del empleo y que al contrario puede transformarse en una ley que catapulte los despidos.

El presidente a todo esto ha tenido sus apariciones esporádicas haciendo referencia al tema pero lo ha hecho de una manera tibia, por no decir casi fría y demostrando cierto desdén por la cuestión.

Muy bien: es el estilo al que deberemos acostumbrarnos. Macri no es (desde ya) Fernández, pero ni siquiera es Vidal, quien sí aparece como una política más sanguínea a la hora de salir a hablar, a discutir o a defender una postura.

El presidente no tiene esas maneras y es muy natural que una sociedad como la argentina las extrañe, dado como a cómo son sus costumbres y sus tradiciones. Pero será mejor que aceptemos eso y que tratemos de convivir con un lenguaje gestual del presidente que en muchos casos exaspera. Ayer, Chiche Duhalde, hasta con un idioma de ama de casa, decía que se lo ve como “cansado”, aun cuando la esposa del ex presidente tiene una postura de apoyo y comprensión para lo que la nueva administración recibió de la que se fue.

La Argentina está asistiendo a un proceso de matamorfosis de su política y de sus costumbres que coincide con un desbarajuste económico monumental. Es natural de que en los tiempos de crisis e inseguridades las sociedades se replieguen sobre lo que son sus ideas y creencias básicas, porque allí se encuentran seguras, rodeadas de la familiaridad de lo que siempre conocieron.

En el caso argentino, en este tiempo de turbulencias, los argentinos nos damos vuelta y buscamos al “capanga” de turno, al “General”, al “Comandante”, que nos lleve, que nos dirija que nos mande.

Frente a eso nos encontramos con un presidente zen que encima no tiene en el Congreso los números para que sus diputados levanten la mano por él. La conformación legislativa que la sociedad votó obliga al compromiso, a la discusión, al tira y afloje, a la resignación y al acuerdo.

Nada de todo eso está en nuestros genes: ni los presidentes zen, ni los acuerdos, ni los compromisos, ni la transacción.

Tampoco está el entendimiento que por transacción no debe entenderse la mezcla del agua y el aceite sino la capacidad de decir “tenés razón”. Es muy diferente engendrar un monstruo híbrido para dejar conformes a los moderados bajo la idea de que ese fue el fruto de “un compromiso” a aprobar una idea homogénea, pensada y equilibrada porque uno de los “bandos” concedió pacíficamente la razón al otro y lo que finalmente se lleva adelante es una idea coherente y no un adefesio con cabeza y torso de mujer u cola de pescado como La Sirenita. Es obvio que los partidarios de la vida marina y los de la terrestre estarían contentos con un mundo poblado por “sirenitas”, pero ese modelo es inviable: para vivir en la superficie de la tierra hay que tener cuerpo de ser humano. Entonces, si el propósito de todos es ese, los que amen la vida marina deberán darle la razón en todo a los que sostienen la postura de que las personas deben tener cuerpos de seres humanos para vivir en la Tierra y éstos deberán darle la razón en todo a los que defienden la vida marina cuando se discuta que tipo de cuerpo hay que tener para vivir bajo el agua. Es la diferencia que hay entre la hibridez y el sano criterio del sentido común.

La historia nos ha puesto en este lugar en este momento: debemos superar las restricciones económicas al mismo tiempo que tenemos que completar un cambio cultural sino copernicano, poco menos.

Y lo peor –o lo mejor, quien sabe- es que una cosa depende de la otra.