Tirando papeles viejos

Cuando un periodista “hace limpieza” siempre aparecen cosas interesantes. Fue el caso del fin de semana. Tirando papeles viejos me encuentro con una nota de la revista El Guardián de hace exactamente tres años (enero de 2013) con un reportaje a Diana Conti, bajo el título “La Constitución es un corsé” frase sacada de los dichos textuales de la diputada en la entrevista.

Más allá de que ese solo dicho daría para un comentario completo, porque llama la atención que una diputada se dé cuenta que la Constitución es, efectivamente, un “corsé después de 162 años de haber sido sancionada, todo el reportaje no tiene desperdicio.

Conti aparece enojada porque la Constitución no la deja hacer lo que quiere y por eso se queja, buscando reformarla. Eran los años de “Cristina eterna” y la espada fuerte del cristinismo quería la re-re de Fernández.

Obviamente que la Constitución es un corsé para gente como Conti y está muy bien que gente como Conti se enoje por eso: es una confirmación del acierto de los constituyentes y de cuatro siglos de evolución del Derecho.

La Constitución es un corsé para el gobierno para que justamente haya libertad para los ciudadanos, y que un representante del gobierno se enoje contra el corsé es la evidencia más profunda de cuánto les molesta que nosotros seamos los libres y ellos los limitados.

Muchos entienden que la Argentina le debe algo así como una deuda de honor a Sergio Massa porque con su triunfo en las legislativas de aquel año, sepultó aquellos desvaríos. Pero en realidad Massa fue un canal para que la que empezara a decir basta a un proyecto de raíz fascista fuera la sociedad, la gente, a favor de quien se construyó el “corse”.

Era tal la amenaza a las libertades de la Constitución (recuerdan: “democratización de la Justicia”, fin de las cautelares contra el Estado, nuevas instancias judiciales en todos los fueros para llenarlas luego con jueces de Justicia Legítima) que la sociedad decidió hacer uso del “corsé”.

Con todo, de vuelta, ese giro metafórico de Conti -que se sacó la careta de un tirón- no fue lo más jugoso del reportaje. La cosa se pone buena cuando, más adelante, define el “modelo de Néstor y Cristina”. Según Conti ese “modelo” consiste en el “empoderamiento del pueblo” en contra del “empoderamiento fáctico”.

Conti entiende que aunque ellos estén en el poder, no son el poder; el poder “fáctico” está en otro lado, en los grupos económicos concentrados. Cuando el pueblo los vota a ellos (la cosa es bien distinta cuando el pueblo vota a otros) ese voto debe interpretarse como un mandato para destruir el poder fáctico y devolverle el poder al “pueblo”.

Sin embargo a poco que uno la analice, advierte que la teoría es un enorme verso para engañar giles, entronizarse en el poder, disfrutar de su usufructo (creando una nomenklatura privilegiada) y robar dineros públicos.

Como el “pueblo” no tiene entidad jurídica en tanto no puede ser sujeto de derecho (los únicos sujetos de derecho  -es decir quienes pueden ejercer derechos por sí y contraer obligaciones por sí-  son las personas físicas o jurídicas) no se puede “empoderar” al “pueblo”. La razón es sencilla: no se puede “empoderar” a alguien que no sea “persona” porque esa “no-persona” no tendría manera concreta de ejercer ese poder. El empoderamiento de una no-persona es una entelequia.

Por lo tanto -y aquí está la trampita de Conti y de todos los que enarbolan el verso del empoderamiento con Fernández y Zannini a la cabeza- debe haber necesariamente alguien que “represente” al “pueblo”, que “sea” el pueblo y que, en ese carácter, sea el recipiendario final del “empoderamiento”. ¡Y adivinen quién será! ¡Siii…!! ¡Adivinaron!: el Estado.

Ahora bien, el “Estado” es otra entelequia que solo actúa y decide por vía de los funcionarios que lo encarnan y se sientan en sus sillones, es decir los Fernández, los Conti, los Zannini, etcétera, etcétera.

Por lo tanto el bendito “empoderamiento del pueblo” termina, en realidad, empoderando a gente como Fernández, Zannini y Conti que dicen que lo ejercerán en “nombre del pueblo contra los poderes fácticos! ¡¡¡ Versooooo…!! ¡Verso total!

Por eso son fanáticos del empoderamiento del pueblo. Con ese truco consiguen liquidar dos pájaros de un mismo tiro: se quedan con el poder y los giles creen que se lo dieron a ellos. ¡Linda jugada, maestra…!! “El pueblo soy yo”, “el Estado soy yo”, “todo soy yo”.

Por ese motivo Conti tiene razón en definir a la Constitución como un corsé: efectivamente es un corsé contra usted y a favor mío. Eso les molesta: estar encorsetados, limitados, les molesta.

Lo que la sociedad olvida, al votar a gente como ésta, es, justamente, que SU limitación es NUESTRA libertad; a más corsé para ellos, más libertad para nosotros; a menos corsé para ellos, menos libertad para nosotros. Se trata de una relación perfectamente proporcional.

La Constitución quiso que el poder lo tengamos nosotros, no los funcionarios del Estado. Lo que ocurre es que ese “nosotros” no es agrupable en un todo que actúe como una persona única. No se puede hacer eso.

Ese “nosotros” se divide en millones y millones de individuos a los que la Constitución con sus derechos civiles y sus garantías les dio la posibilidad de ser poderosos. Efectivamente, en el devenir de la vida libre, unos serán “más” poderosos y otros “menos” poderosos. Pero eso no es un resultado que la Constitución no quiera; al contrario: ese era el resultado buscado. La base de la igualdad es la ley no el poder ni las fortunas. El poder y las fortunas en una sociedad libre son (y deben ser) desiguales. Lo que es igual para todos en una sociedad libre es la ley, precisamente aquella por arriba de la cual se quieren situar los únicos que tienen un plan social de desigualdad: los partidarios del “empoderamiento del pueblo”.

La única forma de empoderar al pueblo es empoderar a personas, no a entelequias. Es muy fácil decir “vengo a empoderar al pueblo” y resulta que el único poderoso sos vos. Así no es la cosa en un Estado de Derecho. Sería muy triste concluir que los argentinos, por no ver entre nosotros a algunos más poderosos que otros, hayamos decidido -alguna vez- que nadie de “nosotros” sería poderoso, y que a cambio de eso le hayamos entregado todo el poder a un líder mesiánico dueño de todo y frente al cual lo único que reinara fuera el silencio.