¿Solo “trapitos”?

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La Argentina tiene la costumbre de reaccionar por colapso. O por tragedias. En este caso la cosa no llegó a tanto, tan solo por un pelo. Leonel Biasutti no murió solo porque así lo dispuso la Providencia luego de que el matón profesional Fernando Jorge Abelik, empleado a sueldo de la Municipalidad de San Martín, le infligiera un tremendo cross de derecha que le fracturó la mandíbula, el arco superciliar del ojo derecho y le hiciera perder una muela.

La madre de Leonel, Graciela, se encontró con todo tipo de trabas cuando quiso emprender el camino institucional de denunciar el hecho ante las autoridades y, eventualmente, poner a los responsables frente a la Justicia.

La tan mentada connivencia entre las fuerzas de seguridad y estos barrabravas que despliegan una actividad multifunción financiada por la “política” (es decir por los bolsillos de todos nosotros, incluidos los de Leonel y su madre) salió a la superficie en todo su esplendor.

La policía le negó asistencia, en primera instancia las autoridades políticas también. Solo la perseverancia y la astucia de Graciela, que no cejó en su intento de conseguir las pruebas incriminatorias, hicieron posible que consiguiera un video de las cámaras de seguridad de un comercio vecino en donde aparece en todo su esplendor las escenas de la vergüenza.

No hay defensa contra esas imágenes. Todo está reflejado allí, con notoria claridad. Pero el punto aquí no es llevar solamente a la cárcel a Abelik, sino saber cómo un sujeto así pudo alguna vez siquiera formar parte de la plantilla de una entidad de servicio público como es la municipalidad de un partido.

Este hecho es una prueba contundente más de la horrible relación entre la política y la violencia, entre gente que accede a cargos gracias a la confianza ciudadana y, desde allí, entra en contacto con verdaderas mafias a las que dotan de impunidad, privilegios, dinero, y zonas liberadas de actuación.

No cabe duda que la última década ha sido un tiempo de profundización de toda esta podredumbre. La política utilizó a estos matones para amedrentar, para enfrentar a ciudadanos comunes, para impedir que determinadas personas hablaran en determinados ámbitos (recuerdo el caso de Vargas Llosa y del periodista Adrián Noriega en la Feria del Libro, por ejemplo) o para disciplinar a comerciantes y empresarios cuando se oponían a las órdenes de Guillermo Moreno.

Lo cierto es que los paladines del Estado, los que se llenaban la boca con esa palabra -empezando, claro está, por la ex presidente Cristina Fernández-, los que oponían esa fe estatista como un credo frente al dinamismo y a la productividad del sector privado, lo que en realidad han hecho ha sido desmantelar todas las estructuras institucionales del Estado para privatizarlas en su propio beneficio y para llenarlas con una casta privilegiada que como las garrapatas le han chupado la sangre al cuerpo social.

Envolviéndose en la bandera de un nacionalismo falso, se albergaron detrás de las palabras “patria”, “solidaridad”, “Argentina”, “justicia social”, “defensa de los pobres” y lo que en realidad hicieron fue traicionar todos esos valores. A esa gente los argentinos nunca les interesaron. Solo se preocuparon de sus bolsillos: de cómo llenarlos y de cómo defenderlos, aun si para una cosa o la otra debían recurrir a una asociación directa con el bajo fondo; un bajo fondo que incluía desde jerarcas como Milagro Sala hasta matones como Abelik.

Hoy la sociedad está huérfana de los servicios indispensables que un estado debe prestar: seguridad, defensa, salud, educación y justicia. Todas esas prestaciones deben pagarse aparte de los impuestos, si uno quiere tener acceso un acceso más o menos normal a ellas.

La policía ha sido cooptada por el crimen, la droga y otros negocios “menores” que nacen en la calle. En la Argentina se ha llegado al punto en que la recomendación de los oficiales es no hacer la denuncia de un ilícito. La sociedad ha perdido todo sentido de confianza y respeto en las fuerzas del orden. Desde el poder, en los últimos 10 años se ha hecho todo lo posible para que esas instituciones cayeran en el más bajo de los descréditos. Hoy la policía es vista como una salida laboral, más que como un servicio público de máxima exigencia.

Empezando por el estado físico de los policías, siguiendo por su nivel de instrucción y terminando por su completo desanimo (porque sienten que si cumplieran su deber serían ellos los que terminarían sumariados), la situación en materia de seguridad callejera para los ciudadanos es caótica. No obstante la sociedad sigue pagando impuestos para mantener a esa fuerza que en lugar de protegerla la amenaza y la descuida.

Este es otro de los frentes destruidos durante la “década ganada”. Está claro que esos años no inventaron el monstruo, pero le multiplicaron sus cabezas y lo hicieron parte de la maquinaria de robo y miedo con la que se gobernó desde la oscuridad.