Sintonía fina

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¿Van los cambios rápido o lento? El gobierno ganó las elecciones bajo el lema de “Cambiemos” y hoy ese paradigma aparece como mezclado en una serie de velocidades varias que van desde haber nombrado en comisión a jueces de la Corte por decreto hasta no tener demasiado claros cuáles son los caminos para enfrentar la inflación, el déficit publico y la maraña de subsidios.

Como hay críticos por la velocidad en algunos casos, también los hay por la lentitud en otros.

Muchos se desesperan al ver que el gobierno puede rifar su base de apoyo si no logra dar una respuesta satisfactoria a los hogares que ven bajar su poder adquisitivo.

Y no faltan quienes a quienes les da la cara para hacer reclamos “institucionales” cuando durante 12 años se pasaron las instituciones por las tumbas etruscas.

Personajes como Sabatella, por ejemplo, a quien -si las cosas fueran como debieran- un mecanismo cerebral debería impedirle pronunciar siquiera la palabra “ley” (porque no hecho otra cosa que violarla o aprovecharse personalmente de ella desde que asomó a la política hasta ahora) tienen el tupé de reclamar subiéndose a un caballo que le queda grande y que no le corresponde.

O Carlos Heller, a quien no se le cae la cara de vergüenza reclamando porque se conozcan los indices del Indec, cuando el gobierno al que él defendía lo destruyó.

Pero, en el otro extremo, es cierto que el presidente debería imprimirle algo mas de velocidad a los cambios, allí donde están los nudos gordianos del desastre.

Para eso -no nos vamos a cansar de repetirlo- es preciso que su gobierno de a conocer la magnitud de la tarea por delante; con pelos y señales, con la prueba documental que lo demuestre,

Macri no debería olvidar que la titánica tarea que enfrenta pende de una tela de araña endeble y volátil como es la paciencia social y que debe encontrar alguna manera de alimentarla mientras su plan empiece a dar resultados.

De alguna forma la emisión debe empezar a cortarse, la negociación con los holdouts debe avanzar, los arreglos económicos con las provincias deben alcanzarse de una manera justa y equitativa para que las inversiones en infraestructura convenzan a los gobernadores de trabajar en equipo junto al gobierno federal para empezar a solucionarle los problemas a la gente.

En materia de seguridad y corrupción debe trabajarse con las otras fuerzas políticas afines (en especial los diputados del Frente UNA) para preparar un proyecto de ley del arrepentido que estimule a muchos corruptos a denunciar a sus jefes a cambio de una reducción o, incluso, de una eliminación de condena, que permita avanzar rápidamente sobre las fortunas robadas durante los últimos doce años, de cuánto fue el defalco y hacia quienes fueron esos dineros.

Es fundamental que la sociedad reciba una noticia ejemplificadora sobre qué les pasa a los que roban dineros públicos.

Y es fundamental, también, que la sociedad aprenda a no apañar -o incluso a aplaudir- a quienes con un determinado verso social vienen a engañarla para robarle: son muchos ya los que envolviéndose en la bandera argentina se han llenado los bolsillos, mientras millones de pavos los aplauden.

Es indudable que la herencia ha sido pesada y malintencionada. Frente a esa realidad la alternativa debe ser: verdad y remedio; solo la verdad hará tragar el remedio; quien no tiene debida conciencia de su mal no se mostrará dispuesto a tomarse brebajes de mal gusto.

Hay ademas una razón de estricta justicia: no hay ningún motivo para que los culpables se salgan con la suya.

A esta altura -para volver al principio- quizás haya que hacer algo mas lento lo rápido y más rápido lo lento, pero no hay dudas de que el presidente debe calibrar esas velocidades para que el aguante que lo sostiene no disminuya sino que soporte el peso que siempre conlleva el volver las cosas a su lugar.