Sin explicaciones, el humor social castigará a Macri

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De buenas a primeras el típico humor cambiante de la Argentina ha trasladado al país de la convicción segura de que el presidente Macri sería reelecto el año que viene, a la duda y a la posibilidad de que el “peronismo racional” pueda encontrar un resquicio de regreso.

Parece mentira que haya que agregarle la palabra “racional” al nombre de un partido para diferenciarlo de otras variantes estrafalarias de su misma génesis. Pero asi, efectivamente, es el peronismo: su inefable capacidad de metamorfosis ha generado ahora lo que se llama una variante “razonable” que pretende ofrecerle a la sociedad un costado potable de su partido para evitar que la Argentina siga asustada con un regreso al populismo radicalizado.

La intervención del partido a cargo de Luis Barrionuevo ha pretendido dar esa imagen hablando pestes del kirchnerismo y trayendo a figuras como Carlos Campolongo y Julio Bárbaro para trasmitir una imagen de civilización que le diga a los argentinos que ellos son diferentes a lo que el país conoció del jurásico régimen kirchnerista.

Esta movida política tiene lugar en medio de un agitado panorama financiero que encuentra al dólar en subida, al BCRA vendiendo divisas y a las tasas tratando de frenar la escalada de la moneda norteamericana. A eso se le agrega un tufillo social generado por el impacto de la última suba de tarifas que, dicho sea de paso, corresponden a un cronograma aprobado por todos los requerimientos legales existentes (audiencias públicas –a las que en su momento no fue nadie-, intervención de la Corte Suprema, etc) y que tienen como objetivo corregir las enormes distorsiones derivadas del desquicio kirchnerista que regaló 100 mil millones de dólares en energía y que destruyó la matriz productiva del país en ese campo.

El llamado “peronismo racional” juega sobre una especulación básica: intentar alcanzar la segunda vuelta en 2019 en un clima de mal humor social que le haga perder a Cambiemos la elección y a Macri su reelección. Resulta paradójico que esta especulación sea muy similar a la que tuvo Cambiemos en 2015 cuando sabía que alcanzado el ballotage la furia contra Cristina lo llevaría directamente al gobierno.

Por eso la idea que ronda en ese peronismo es hacer durar la discusión sobre las tarifas lo más posible para que ese escenario se acerque al comienzo de la campaña electoral. Algunos entienden que ese proceso ya ha comenzado y que se profundizará después del Mundial de Rusia.

Al lado de esas especulaciones también hay que decir que aun con este escenario, el presidente sigue siendo la figura con mejor imagen y que nadie en la oposición esta capitalizando su caída.

La rebeldía del proceso inflacionario que se muestra indócil a la baja, da pleno campo de acción a organizaciones que no tienen ningún interés en la discusión democrática de los problemas sino que utilizan esos inconvenientes como excusas para el ejercicio de la única práctica que conocen: la revolucionaria. Hace ya mucho tiempo que dejé de creer en lo que el idioma de la corrección política llama “legitimidad de los reclamos”. A los piqueteros que someten día a día a la servidumbre a millones de porteños no les interesa en lo más mínimo la “legitimidad de los reclamos”.

Ellos están en guerra con el sistema de la democracia representativa y reivindican en la calle, el único método que reconocen como válido para hacerse del poder: la violencia.

Paradójicamente las ideas (si es que podemos darle ese nombre a un conjunto de burradas) que profesan esos grupos no han hecho otra cosa (como lo demuestra la prueba empírica mundial) que llevar a los países que han tenido la desgracia de caer bajo sus garras a la más absoluta miseria, a hambrunas descomunales, a asesinatos y persecuciones que concluyen en la cárcel y ha la indigencia más indigna en la que pueda caer un hombre.

Ninguno de esos extravíos produjo lo que ellos justamente “dicen” reclamar: justicia, igualdad y una buena vida para el pueblo. Al contrario, han producido hambre, igualdad en la esclavitud y elevación a una desigualdad pasmosa a una casta indigna de jerarcas y a una miseria inmunda para el resto del pueblo, que cualquiera que se tome el trabajo de ver un poco de televisión puede ver sin demasiado esfuerzo en países que van desde Venezuela a Cuba y desde Cuba a Norcorea.

No hay dudas de que estamos ante un momento muy particular en donde los argentinos deberían estar muy atentos para no volver a ser engañados y para no volver a caer en las trampas del pasado.

Es cierto que la Argentina es un país muy “volátil” en términos de creencias y que, básicamente, le resulta muy difícil –justamente- creer en algo. Fueron tantas las veces en que fue engañado y tantas las veces en la que cayó en trampas arteras que ahora ante el más mínimo desvío de lo que puedo haber considerado una promesa se desalienta y cae en la desilusión. Es comprensible.

Son momentos en que el gobierno debería ser lo más franco posible y lo más comunicativo que pueda. Creyendo que la gente se da cuenta sola de las cosas, puede llevarse un chasco grande.

Dicen que el presidente ha llegado a la íntima convicción de que si no logra convencer a los argentinos de que el camino que él les propone es el mejor para dejar atrás 8 décadas de declinación, en 2019 se irá a su casa con la conciencia tranquila de haberlo intentado. Pues no es suficiente, señor presidente: usted debe agotar todas las instancias de explicación pública que se precisen para evitar que la Argentina se vea tentada a caer en manos de los que ahora, vestidos de médicos, la enfermaron gravemente.

Solo cumpliendo ese esfuerzo mayúsculo podrá tranquilizar su conciencia. La Historia lo ha colocado en un lugar y en un tiempo en donde se necesitan fortalezas extra para doblegar años de decadencia. Pero si frente a ese galimatías usted y su gobierno creen que la gente sola podrá discernir dónde esta el mal y dónde el bien, cometerá un error histórico irreparabale. Solo la constante explicación de lo que pasa y de lo que hay que hacer para solucionarlo puede rescatar un tipo de humor social que le asegure su lugar por un nuevo periodo presidencial.