Rodeados por las trampas

Rosario, 26 de julio de 2016 En la autopista Rosario - Cordoba a la altura de la localidad de Roldan en el km 35 en la madrugada de hoy volco un camion con ganado donde varias vacas falecieron y fueron carneadas y llevadas en chatas y autos particulares por pobladores del lugar.- Foto: JUAN JOSE GARCIA

Ayer se volvieron a producir hechos de violencia en varios lugares de la provincia de Buenos Aires.

En la cercanía de Lujan tres camiones fueron interceptados y su carga saqueada en plena autopista.

Uno pertenecía a la empresa La Serenísima, el otro llevaba una carga de ganado (que fue bajado en el lugar y muchas de las vacas carneadas allí mismo) y un tercero que llevaba una carga de zanahorias. Como a los forajidos no les gustó que solo hubiera zanahorias, fajaron al conductor y le clavaron un puntazo en el abdomen.

La peor de las dudas que embargan a la sociedad sana es si alguien está haciendo algo con todo esto; con lo que pasó el jueves pasado, el lunes enfrente del Congreso y ayer con estos hechos y varias amenazas de saqueos a supermercados.

En este sentido el país vive en una trampa parecida a la que lo aqueja en el campo económico: allí debe bajar los impuestos y el gasto al mismo tiempo que mantiene los planes y los subsidios; debe equilibrar la balanza comercial al mismo tiempo que contiene al dólar para que su suba no impacte en los precios; debe reducir la inflación al mismo tiempo que reactiva la economía y debe reducir la deuda al mismo tiempo que financia una brecha de 35 mil millones de dólares de rojo presupuestario anual.

En el costado de la violencia el gobierno debería iniciar un proceso de inteligencia interna muy profundo y muy profesional para dar con el origen de los violentos, con sus fuentes de financiamiento y con la organización de su logística. Pero si lo hace, seguramente recibirá las andanadas de críticas de sectores identificados con las organizaciones de derechos humanos por, justamente, someter a la vigilancia y a procedimientos de inteligencia a quienes sean objeto de investigación.

A su vez gran parte de la sociedad que mira absorta los diversos espectáculos de violencia por la televisión está impregnada por ese discurso vendido como “progresista” de que no puede hacerse inteligencia interna sin avasallar los derechos de la Constitución.

Por supuesto que eso es falso. Lo que no puede hacerse es vigilar a los argentinos que trabajan, que son decentes y que no dedican su existencia al lanzamiento de proyectiles con morteros tumberos o que rompen en mil pedazos el patrimonio público histórico y que está allí como prueba visible de nuestra identidad y de nuestra pertenencia.

Pero a todos aquellos que sí lo hacen, por supuesto que hay que vigilarlos, saber quiénes son, de dónde sacan el dinero para financiar sus actividades delictivas, cómo están organizados y cuáles podrían ser sus futuros golpes. Eso sí que hay que hacerlo.

Es la clase dirigente argentina la primera que debería estar ejerciendo esta tarea pedagógica y de docencia para explicarle a la sociedad que esto es lo que debe hacerse para comenzar a dar vuelta tantos años de veneno resentido metido en la cabeza de los ciudadanos. Pero frente a esa necesidad, lo que encontramos es que gran parte de la dirigencia atiza la violencia con discursos de barricada que parecerían más dirigidos a competir con los morteros callejeros que a apaciguar los ánimos y a poner las cosas en su lugar.

Fueron muchos los diputados que reivindicaron “la calle” como escenario para dirimir disputas. Se trata de una flagrante muestra de contrainstitucionalidad, propagandeada, nada menos, que por aquellos que deberían ser la representación y la encarnación misma de la institucionalidad.

¿Cómo podríamos esperar que reaccione esta gente si se enterara de que el gobierno desarrolla tareas de inteligencia para prevenir desmanes futuros? De nuevo la trampa: o dejo a la sociedad con la espada de Damocles de sufrir en el futuro inmediato más violencia o me atacan por ser poco menos que una dictadura por intentar prevenir que delincuentes profesionales rompan todo.

Estos dilemas han sido resueltos hace mucho tiempo por las sociedades maduras. A nadie se le ocurriría  en Chile, por ejemplo, que la ley pueda ser violada sin consecuencias enfrente de la vista de todos y que no pase nada. Por supuesto que la sociedad respaldaría al gobierno -a cualquier gobierno- que hiciera lo que tuviera que hacer para restaurar el orden y preservarla de males mayores: lo primero que pensaría es que es para eso que paga sus impuestos, para que las autoridades usen esos recursos para perseguir forajidos y darle a los decentes el marco más amplio posible para una vida pacífica y segura.

El problema es que años de gramscismo han invertido los valores en la Argentina y lo que aquí llamamos “forajidos” y “decentes” son calidades que no parecen claras en la mente de la gente. Son muchos los “decentes” que no consideran “forajidos” a los forajidos. Existe como un ideologismo del buenismo que ha inventado términos como “luchadores sociales”, “criminalización de la protesta”, “militarización de las calles” que no solo son repetidos por aquellos que viven de eso, sino por idiotas útiles cuyos cerebros han sido literalmente lavados por años de una contracultura inconstitucional que es muy difícil revertir.

En ese marco, llamó muchísimo la atención que no hubiera -y que no haya- una condena generalizada a lo que ocurrió la semana pasada y lo que está ocurriendo ésta. Es como si se tuviera miedo o vergüenza de poner a los delincuentes en su lugar.

Hay (paradójicamente, en un pueblo tan lleno de bravucones) una cobardía solapada a la que le parece “cool” pasar como revolucionaria antes de ser rotulada como parte del “establishment”.

Mientras el país no resuelva la simpleza de que lo que está mal, está mal y que lo que está bien, está bien, será muy difícil construir una vida cotidiana pacífica. Todos nosotros dependeremos de la casualidad. Justo al revés de como previó la vida una evolución jurídica que ya lleva más de 500 años.