Reacciones que no se entienden

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La argentina es una sociedad rara. Muchas veces reacciona de un modo inverosímil frente a cuestiones que deberían ser el centro principal de sus preocupaciones.

Algo así sucede, por ejemplo, con los dineros públicos. A mi primera vista parecería lógico suponer que cualquier sociedad debería poner una atención especial en cómo dichos fondos son manejados porque se supone que es el trabajo -y, en muchos casos, el sacrificio- de todos el que contribuye a formarlos. Pero parecería que ese no es el caso de la Argentina.

En efecto, en estos días está en la primera plana de las noticias las diversas medidas tomadas por el gobierno del presidente Macri respecto de la innumerable cantidad de nombramientos hechos por la Sra de Kirchner en los meses previos a su retiro del gobierno.

Fueron semanas y semanas de decenas de páginas en el Boletín Oficial ocupadas por la designación de acomodados del régimen que creían asegurarse así “un puestito” al tiempo de ofrecer sus servicios como cabecera de playa en la retórica “resistencia” al nuevo gobierno. Estamos hablando de miles y miles. No de un grupito o de unos cuantos; estamos hablando de miles. Miles de afortunados que llegaron a serlo por tener una vinculación con el régimen. También son millones los recursos que se afectan para pagar esas dotaciones, recursos que salen de los bolsillos de todos.

Ahora bien, cuando llega alguien que, en su carácter de administrador de esos recursos comunes, quiere poner las cosas en orden para ahorrarle a los bolsillos de todos el despilfarro de remunerar a acomodados sumas que se precisan para otras cosas, hay muchos que en lugar de enojarse con los acomodados y con quien los nombró se enojan con el que viene a cuidar sus propios bolsillos.

Es lo mismo que si en club de fútbol el presidente decidiera emprenderla contra la barra que le roba recursos a la institución, los socios y los hinchas se pusieran del lado de la barra. Y pongo el ejemplo a propósito porque de hecho ocurre así. No son muchos los casos (porque los presidentes de los clubes no se le animan a la barra o están prendidos con ella) pero cuando hubo quienes pretendieron enfrentarla terminaron solos, aislados de los propios socios y escrachados por los hinchas.

Se trata de un comportamiento enfermo, propio de no sé qué delirio, pero que pone de manifiesto una psiquis social muy jorobada con la que es difícil contar porque muchas veces reacciona de manera insólita.

Escuchar a periodistas o a referentes de las artes o de la cultura quejarse por la “insensibilidad” de dejar “familias en la calle”, cuando los beneficiados de aquellos nombramientos son un conjunto de vivos, usufructuarios de curros, vagos, que lo único que han hecho es arrimarse a la sombra del árbol que podía cobijarlos a cambio de prometer entorpecer en todo lo que de ellos dependiera la gestión del gobierno nuevo, es francamente patético. Patético y contradictorio, porque desde un verso “social”, lo que están haciendo es defender a una elite privilegiada que chupa la sangre que el pueblo aporta con sus impuestos. Para esos periodistas y “gente de la cultura” parecería que defender a privilegiados es más revolucionario y popular que defender los dineros de todos, incluidos, por supuesto los de ellos mismos.

Cuando uno advierte estas reacciones y comportamientos realmente no sabe dónde ponerse. Porque resulta evidente que parte de los presupuestos con los que uno actúa -y máxime desde un gobierno- es que la gente apoyará las medidas que se toman en resguardo de los aportes de todos y no de la defensa corporativa de un grupo que, aunque multitudinario en términos proporcionales de las reparticiones en que han sido nombrados, son una minoría que resultó favorecida por quienes creyeron que podían disponer de los dineros públicos como si fueran propios.

Este mismo razonamiento también debería alcanzar a los sindicatos que no tendrían que avalar y defender el nombramiento de ñoquis que constituyen una ofensa y un trato desigual para los trabajadores que trabajan de verdad y que reciben su paga del Tesoro porque entregan un servicio público que el Estado necesita para funcionar.

Estas anomalías que visten de “social” y de “preocupación humana” lo que no son otra cosa que curros, esconden en realidad el costado fanático de quien las realiza. El fanático no está dispuesto a entender la realidad, ni la lógica, ni la argumentación documentada. El fanático es un ser cerrado a la vida que apuesta toda su existencia a la defensa ciega de una posición, más allá de que ella desafíe todos los principios del sentido común.

Este costado también deberá ser tenido en cuenta por el nuevo gobierno y, si bien no puede dejar de actuar nunca como un administrador de fondos ajenos, no deberán extrañarlo reacciones adversas cuando, actuando en defensa de esos fondos, tome medidas que afecten a privilegiados que creían haber encontrado la fuente de la riqueza en el curro de robar los dineros que aportamos todos.


  • Gerardo José Ferrandino

    Conozco casos de trabajadores que estuvieron AÑOS contratados por el gobierno anterior, y nunca oyeron en esos años, sus peticiones de nombramiento. Días antes del 10/12/2015, fueron nombrados apresurada pero merecidamente, con el objetivo de complicarles el presupuesto de la repartición a los nuevos funcionarios. Repito que los casos que conozco son de laburantes, no de punteros políticos ni premios por militancia.