¿Quién está ganando la batalla cultural?

No hay dudas de que la Argentina es un país autodestructivo. Se autoflagela con ideas y con acciones que no conducen sino a su propio hundimiento.

Lo ha demostrado en la política, en donde de la mano de un encaprichamiento incomprensible ha querido demostrarle testarudamente al mundo que era posible conseguir un nivel de vida y de confort igual al que el mundo consigue en base a esfuerzos descomunales, siguiendo -en cambio-

un camino mucho más relajado, alejado de los sacrificios, del trabajo bien hecho y de la dedicación.

Resulta obvio, a esta altura, que probar la cuadratura de ese círculo no le salió: las maneras y los caminos por los cuales los países pasan al frente siguen siendo las mismas que se conocieron siempre; no hay fórmulas mágicas y, mucho menos, fórmulas mágicas argentinas.

Esa terquedad le costó al país años de estancamiento y retroceso; embarcado en la tarea imposible de pretender enrostrarle al mundo que había encontrado la manera de vivir con la misma afluencia que él pero con un cuarto de su esfuerzo; dejó completamente de lado la adopción de las fórmulas probadamente exitosas -de las de no solo no obtuvo rédito alguno sino de las que se mofó- como si aquellos que las usan fueran unos tontos que carecen de ese ingrediente sobrenatural llamado “viveza criolla”.

El país no era así. Durante muchísimas décadas, luego de su establecimiento como una república formalmente constituida en 1860, adoptó las recetas exitosas que, derivadas simplemente del sentido común, gobernaban el mundo de entonces. Ese simple hecho fue suficiente para encaramarla entre las primeras potencias del mundo. No hizo falta más que eso.

Pero una serie de acontecimientos internos y externos hicieron que se desplegara una verdadera “batalla cultural” contra aquellos principios que terminó por vencerlos y modificarlos. Es desde ese momento que la Argentina no ha dejado de caer.

La llegada al gobierno de Mauricio Macri parecía plantear, por primera vez en siete décadas, un desafío serio a esa “batalla cultural”. En una especie de contraataque del sentido común, muchos interpretamos que la victoria de Cambiemos significaba una contrarrevolución contra todo lo que nos había hundido; contra una cultura del facilismo y la relajación que ha fracasado estrepitosamente en todo el mundo y que el kirchnerismo, en los últimos doce años, había llevado a extremos ridículos en el país.

Sin embargo, extrañamente, luego de más de dos años de gobierno, debemos admitir que la “batalla cultural” ha sido ganada por el “antisentido común”. El presidente no ha logrado convencer a los argentinos de que hay cosas que están bien porque están bien y cosas que están mal porque están mal. Los argentinos, al contrario, seguimos teniendo unos parámetros de “normalidad” y “anormalidad” diferentes a los del resto del mundo, y solo aquí siguen sucediendo cosas que en otros lugares no pasan sino que ni siquiera se piensan.

El verdadero triunfo de la cultura del “antisentido común” se nota en el simple hecho de que un gobierno democrático, con dos triunfos consecutivos en las urnas, no se anima a enfrentarla porque teme que eso le genere un costo político que lo saque del poder. Ese simple hecho demuestra que el “antisentido común” ganó la partida y que cualquier intento de encarrilar al país en las normas regulares que gobiernan al mundo exitoso, resultará una tarea ciclópea y, muy probablemente, condenada al fracaso.

El gobierno de Macri se ha negado de modo consciente y voluntario a iniciar un proceso de “deskirchnerización” de la Argentina; una campaña profunda, constante y meticulosa para eliminar de todos los rincones del país el virus populista, incluso en sus manifestaciones más elementales y periféricas.

Llevado quizás por el ponderable objetivo de “unir a los argentinos” mantuvo estructuras kirchneristas enteras enquistadas en los rincones más íntimos del poder desde donde, naturalmente, ellas siguieron operando para esmerilar el proceso contracultural y cualquier idea de torcer los pilares más fuertes y profundos en los que el populismo ha basado la destrucción argentina de los últimos 70 años.

Es particularmente llamativo cómo el gobierno ha sido incapaz de enfrentar esa batalla en los lugares más tácticos y estratégicos donde esa lucha se libra, como por ejemplo en todas las áreas que tienen que ver con la cultura, con la información, con el arte y con los medios de comunicación.

Como si tuviera miedo de llevar adelante aquello en lo que realmente cree, el presidente dejó quintacolumnas sembrados en la televisión pública, en radio nacional, en la agencia oficial de noticias y en todo el arco de actividades culturales del país.

Esos lugares son precisamente las usinas que mantienen vivo el “antisentido común” y las que despliegan una posverdad permanente, como si fuera una gota china, que orada las intenciones de cambio y que detiene cualquier opción que contradiga los postulados clásicos del populismo.

Con esa estructura cultural/informativa será imposible llevar el mensaje de reformas tales como las que se precisan en el mercado del trabajo, en el área del comercio exterior y hasta del relacionamiento internacional del país.

Quizás sea esta la mayor flaqueza mostrada por el gobierno: su incapacidad para enfrentar el aparato cultural/informativo del populismo. Mientras el “antisentido común” mantenga el control de esos resortes, será muy difícil llevar a la sociedad a la adopción de un nuevo patrón cultural que la saque de las fantasías con las que vivió hasta ahora y la instale en la realidad.

Habrá que preguntarle a los genios de la comunicación de un gobierno que se precia de tenerlos en qué están pensando, en cómo piensan ganarle la batalla cultural a los fanáticos del populismo si, hasta ahora, no han hecho otra cosa que seguir dejando en sus manos las principales poleas que un país tiene para trasmitir el conjunto de convicciones colectivas que pueden llevarlos hacia el éxito (del que disfruta gran parte del mundo) o hacia la miseria, cuyo polvo venimos mordiendo desde hace rato.