¿Qué se espera de Fernández?

Lo más probable es que el desbordado Alberto Fernández pretenda imponer un megaimpuesto al ahorro argentino en el exterior. El presidente electo, cuando asuma, irá por el camino del robo. Nunca antes una amenaza de colectivismo profundo ha sido tan desembozada. El gobierno revanchista del peronismo setentista llega para arrancarle la propiedad a lo que ellos llamarían “burguesía”.

A su vez ésta, conformada por miles de argentinos que vieron cómo sus gobiernos a lo largo de su historia se burlaron del derecho de propiedad, de la seguridad jurídica y del respeto a las instituciones, eligió poner sus ahorros a salvo de la jurisdicción de los ladrones.

Ahora los ladrones van por más. Incapaces de sentar las bases de un orden jurídico que promueva la generación de riqueza, de asegurar la institucionalidad del derecho y de poner en vigencia un conjunto de disposiciones que estimulen la inversión y la creación de trabajo nuevo, van por la clásica solución de meterle la mano en el bolsillo a los previsores.

Como aquel cuento de la hormiga y la cigarra, el gobierno electo el mes pasado se dispone a respaldar a la cigarra y a cagarse en las hormigas.

El problema es que “salir de caño”, aunque fuera con el aval de la ley del atropello y de la fuerza bruta, producirá una diáspora de las víctimas y éstas ya no se conformarán con poner a salvo sus activos sino que se pondrán a salvo ellos, quiero decir, físicamente: se irán.

Lo que ocurre cuando los más capaces son expulsados de un territorio puede verse claramente en Venezuela. Allí, hoy en día, una masa mísera se halla a merced de un conjunto de mafiosos cuyo poder omnímodo campea por encima del Derecho, de la libertad, de los derechos humanos y de las mínimas garantías de la vida.

Por otro lado, los venezolanos que se fueron pueden haberse visto privados de todo, pero en un marco de seguridad jurídica y de libertad, aun cuando ya no sea en su tierra, están levantando cabeza de nuevo, probando una vez más que el colectivismo te puede robar todo, pero jamás te quitará la llama de tu propia creatividad, de tu propia iniciativa y de tu propio deseo de progresar.

Y lamentablemente este es el horizonte más probable que ocurra en la Argentina. Desgraciadamente un conjunto de enceguecidos, movidos por la furia de la envidia, el odio y el resentimiento clasista, se prepara para confiscar los ahorros de miles de argentinos que, en su mayoría, trabajaron toda su vida para separar esos activos para que, llegados a la vejez, los ayuden a transitar una vida más tranquila, siendo que aquellos mismos ladrones les habían robado todo lo que aportaron al sistema jubilatorio durante su vida de trabajo.

El impacto sobre el país de estas medidas será demoledor. Solo un horizonte miserable puede entreverse cuando esas cosas suceden.

Alberto Fernández no logra mostrar una cara verdadera. Nadie sabe si está rendido al fascismo cristino-camporista o si él mismo comparte esas ideas. Está claro que su pasado peronista no lo ayuda, porque partiendo desde allí solo se puede inferir lo peor. Pero durante mucho tiempo jugó el papel de un moderado, crítico serial de la gestión cristinista, abanderado de los que comprendían que Macri no era un fenómeno pero que lo apoyaban con tal de no volver a la delincuencia K y señalador público de las atrocidades de la arquitecta egipcia, a cuyo gobierno calificó de “deplorable”.

Pero luego de un triple mortal en el aire, producido a la vista de todo el mundo,  se ha reconvertido en un fascista de izquierda que corre a disparate puro a todos los desbocados que disputan entre ellos un campeonato nacional de dislates.

Nadie sabe si sobreactúa, si prepara una gigantesca traición o si es un títere de una enorme maquinaria de venganza. Pero uno no puede juzgarlo por lo que está encerrado en sus pensamientos. Debe hacerlo por lo que sale de su boca.

Y en ese terreno todos son ingredientes de preocupación. No dijo una palabra sobre el fraude boliviano; ignoró el desconocimiento que de su propia Constitución hizo el entonces presidente Evo Morales, no una, sino tres veces y no tuvo, respecto de Bolivia sino declaraciones demagógicas.

Se peleó con el presidente de nuestro principal socio comercial, poniéndose del lado de su archienemigo político en una innecesaria -y políticamente inconveniente- intromisión en los asuntos internos de otro estado, con declaraciones más parecidas a las de un adolescente en la facultad que a las de un presidente con responsabilidades. Bolsonaro respondió de inmediato bajando a cero los aranceles brasileños para importar trigo y le compró enseguida 700 mil toneladas del grano a los EEUU.

También hizo lo mismo con Trump, quien tiene la llave para alivianar las negociaciones por la deuda con el FMI, diciendo que EEUU había vuelto a los ’70 “respaldando a los militares que derrocan presidentes democráticamente elegidos”, cuando, una vez más, el único que había consumado un golpe contra la democracia boliviana era Morales.

Nadie sabe si Fernández es o se hace. Con esa pinta de porteño de esquina, uno tiende a suponer que está más cerca de estar apto para presidir un club social de barrio en donde los jubilados van a jugar a las bochas que para ser el presidente de un país complejo como la Argentina.

Quizás nos sorprenda a todos. Pero lo que se escucha de él y lo que dicen los pasillos que lo rodean no hacen sino esperar lo peor.