¿Puede ser que no tengamos alternativa?

Teniendo en cuenta los problemas económicos que atraviesa Argentina y la falta de soluciones que el gobierno de Cambiemos parece tener a la mano, una pregunta se transforma cada día en más acuciante: ¿Puede Cristina Fernández ganar las elecciones de 2019?

Recientemente el periodista argentino Andrés Oppenheimer dijo que si Fernández no fuera presa con toda la evidencia reunida en su contra el país se merecería estar peor de lo que está.

No era una respuesta dirigida a una pregunta que tuviera que ver con las candidaturas presidenciales del año próximo, pero se le parece bastante.

Extrapolando esos dichos del periodista del Miami Herald podríamos decir que si Cristina Fernández fuera elegida en 2019 el país se merecería estar peor de lo que está porque en un decisión libre y voluntaria habría elegido –sin que nadie lo obligue a ello- a una cleptómana consuetudinaria para que otra vez se haga cargo del Estado para saquearlo en exclusivo beneficio personal.

José López el eterno ladero kirchnerista desde los tiempos de Santa Cruz acaba de confirmar que el dinero “depositado” en el convento de Gral. Rodríguez junto con las joyas y demás valores le pertenecían a Cristina Fernández. La opinión pública conoce una ínfima parte de lo que López les dijo al juez Claudio Bonadio y al fiscal Carlos Stornelli. La Argentina solo tiene una dimensión muy limitada de la extensión del robo. Por eso merecería lo peor si volviera a poner a los ladrones más bestiales de la historia al frente del gobierno.

A su vez el extraño gobierno de Mauricio Macri apuesta políticamente a que su contendor sea esa impresentable. Quizás ese solo detalle sea suficiente para medir y delinear las características de esta administración; una administración que no se ha animado a hacer lo que tenía que hacer en el momento que lo tenía que hacer.

¿Esa pereza es imputable a Macri? En parte sí. El presidente tiene unas maneras graduales de hacer las cosas en la vida. No solo en el gobierno. Y trasladó esos modales a los centros de decisión del Estado. 

Partió los lugares centrales de su administración en tantos departamentos que la contradicción y –muchas veces- la incoherencia pasó a ser inevitable. Aun hoy, Dujovne, por ejemplo, vive en ascuas respecto de las decisiones diarias que tomará el BCRA respecto del dólar. Y esto no tiene que ver con la independencia de la entidad que preside Caputo, sino con el horizonte y el escenario por el cual el Banco toma las decisiones. Si algo justifica la mera existencia de un Banco Central es la protección del valor de la moneda local. Y en ese terreno el desempeño de Caputo ha sido cuando menos errático.

Esas inmaterialidades son las que han sembrado el “clima” de desconfianza que ha desembocado en la refriega cambiaria en la que estamos metidos desde abril.

No hay dudas de que el peronismo ha jugado un papel de irresponsabilidad en todo este esquema más allá de la pusilanimidad del gobierno porque para hacer lo que había que hacer en el momento en que había que hacerlo era preciso que el peronismo abandonara su populismo demagógico y apoyara ese rumbo de cambio. Pero no. Se impuso su populismo demagógico.

Hoy en día la Argentina ha reducido sus millones de problemas a prácticamente uno solo: conseguir el dinero para pagar sus cuentas. No hay dudas de que una enorme proporción del dinero que el país necesita hoy, lo tendría si la banda de ladrones que lo gobernó desde 2003 hasta 2015 no se lo hubiera robado. Pero esa es una cuestión también imputable a nosotros mismos. Tan imputable como si una esquizofrenia generalizada nos llevara a poner a Fernández de nuevo en el sillón de los presidentes.

¿Cómo puede ser que un país no tenga otra alternativa que bascular entre la pusilanimidad y la delincuencia? Resulta francamente delirante.

La única alternativa que el país no ha probado en los últimos 100 años es la libertad. La ha rechazado persistentemente desde sus propias entrañas. Parecería que el país ha olfateado que el ejercicio de la libertad viene acompañado con una dosis importante de responsabilidad y entonces inmediata y visceralmente la ha rechazado: si para ser libre tengo que ser responsable (es decir “responder por”) prefiero un capitoste que me cague a gritos pero no ser responsable, no tener que “responder”.

Hay algo muy mal en el interior de nosotros como para que nuestras alternativas sean estas y nuestras preferencias sean estas. La delincuencia de los Kirchner y la pusilanimidad de Macri no nos han caído del cielo sino que son el fruto de nuestras preferencias: a unos les permitimos que nos roben con tal de creernos que hacen las cosas por nosotros y a otros les impedimos que hagan lo que tienen que hacer en el momento que lo tienen que hacer porque eso haría que un montón de responsabilidades empezaran a caer sobre nosotros.

La Argentina no tiene destino mientras la sociedad no se haga cargo de sus miserias. Seremos un país miserable, por no hacernos cargo de nuestras miserias. Vaya paradoja.