Preguntas íntimas

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La primera de todas las bombas K que dejó la impresentable Sra. de Kirchner se llamó “dólar futuro”. La jugada para causar daño a los pobres por los que tanto vociferó, consistió en vender divisas del BCRA a un precio irrisorio a plazos tan largos como el mes de abril de 2016. Por la diferencia de cambio con el nuevo dólar libre, el Central debería pagar más de 70 mil millones de pesos. Eso provocaría un océano de billetes en circulación y estos, a su vez, una inflación desbocada que, en los maléficos cálculos de la ex emperatriz, impactarían en el humor de los más pobres y de la clase media que culparían a Macri por sus desgracias.

¿Le importan los pobres o la clase media a la fanática de Game of Thrones? No. Nunca le importaron. Lo que le importa es el “throne” y el poder que éste representa. A la ex presidente nunca le interesó la gente o la Argentina. Ella siempre se sintió el centro del sistema solar y si había que arrojar una bomba neutrónica para salvar al sol, pues se arrojaría.

El designado presidente del BCRA Federico Sturzzeneger fue quien tuvo la primera difícil reunión con el MAE, el Rofex y los bancos. Le fue mal. Dijo que esas operaciones eran ilegales y los bancos respondieron que las hicieron de acuerdo al orden vigente al momento de los contratos y que la enorme mayoría de ellos eran por cuenta y orden de clientes que, de no cumplirlos, les harían juicio. Alguno subió el tono y dijo: “recién se instalan y quieren empezar con un default”.

Dicen que el presidente Macri sentado en su escritorio de la Casa Rosada luego de la jura, le preguntó a su ministro de hacienda Alfonso Prat Gay: “¿Hasta qué día la gente va a creerme?”

Se trata de una fuerte interpelación a la sociedad. A esa misma sociedad que toleró humillaciones institucionales de parte de los Kirchner de proporciones siderales; a esa misma sociedad que dejó que el populismo quemara el capital y la infraestructura en una orgía de despilfarro demagógico sin precedentes.

¿Hasta cuándo, entonces le creeremos a Macri?, ¿de qué crédito dispone el nuevo presidente?, ¿cuán magnánimos seremos con quien viene a poner en su lugar lo que la irresponsabilidad de doce años desarregló, por decir lo menos?

Está claro que esto no exime al nuevo gobierno de su responsabilidad y de su trabajo. Pero, ¿hasta dónde los argentinos estamos dispuestos a reconocer que ese trabajo debe hacerse en un campo minado a propósito por gente de baja estofa, a quienes todos nosotros le importamos nada?

Es crucial el mantenimiento del diálogo con los gobernadores y con todos los opositores. Pero también es crucial la formación de un dique financiero urgente que permita cumplir con la promesa de levantar el cepo. Está claro que lo importante de ese punto no es el cumplimiento de la promesa, sino el hecho que el aparato productivo del país vuelva a respirar después de cuatro años de la asfixia a la que lo sometió una mezcla de arrogancia, capricho y soberbia ignorante.

Como lo debería haber tenido durante el kirchnerato -y no lo tuvo por miedo, cobardía, connivencia o pusilanimidad- el sector privado deberá jugar un rol sustancial en los tiempos que vienen.

Las circunstancias históricas del país le vuelven a dar la oportunidad de demostrar que son algo más que un conjunto de mediocres que prefieren constituir una corte de aduladores en lugar de ser el principal ariete del progreso nacional.

En la Argentina todo está por hacerse. Si era un país sin infraestructura antes de los Kirchner ahora está mucho peor. Prácticamente nada de lo que el sector privado puede producir y proveer el país lo tiene. No tiene rutas, autopistas, puentes, puertos, trenes, energía, transporte, comunicaciones, servicios sanitarios. No tiene nada. Todo ha sido destruido. Todos los stocks han sido quemados, incluidas 12 millones de cabezas de ganado, el rodeo completo de Uruguay.

Si la ventajita puntual va a primar por sobre la grandeza de la tarea que hay por delante la respuesta a la pregunta de Macri a Prat Gay, será devastadora.

Lo mismo puede decirse de los políticos. Si la bajeza de la demagogia se pone por delante de la oportunidad de ser copartícipe de una tarea que puede quedar en los anales de la historia por la dimensión de la reconstrucción, todos nos hundiremos detrás de esas pequeñeces.

La historia y el destino han puesto Macri en este lugar, en este momento. El apellido no importa. Pudo haber sido cualquiera. Lo que importa aquí es qué harán los argentinos contemporáneos a este instante histórico. ¿Será la pequeñez lo que guíe sus decisiones?, ¿o será la grandeza?

En las últimas semanas hemos tenido muchas muestras de pequeñez. El espectáculo gratuito que nos ofreció la ex presidente y varios de sus amanuenses, privando al país -no a Macri- de una fiesta democrática completa. La pequeñez del Papa, otro argentino que no tuvo la grandeza de levantar un teléfono y decir “mis bendiciones, Mauricio”; la pequeñez de muchos peronistas que estuvieron de acuerdo en darle “el último gusto a la jefa” y ausentarse de los lugares que debían ocupar por su responsabilidad institucional; la pequeñez de muchos empresarios que alentaron una inflación que podría haberse evitado. La pequeñez de un país pequeño.

Ese y no otro es el desafío de Macri: transformar la actual Argentina pequeña en una Argentina grande; una Argentina como la que alguna vez soñaron Moreno, Belgrano, Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Frondizi ¿Fueron ellos una excepción en un país de “buscas”, o fueron la representación de una sociedad que quería ser un ejemplo en el mundo?

En el discernimiento de estos misterios, el nuevo presidente debería buscar su respuesta a cuánto tiempo de crédito le darán los argentinos.