¿Por qué es difícil lograr la pobreza cero?

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El presidente enfrenta un problema psico-sociológico profundo en su cruzada por cumplir la promesa de campaña de “promesa cero”. En efecto, Mauricio Macri debería doblegar la tara más inflamatoria que heredamos de España para que los cambios que necesitan hacerse para alcanzar aquella meta, logren ser aceptados por la sociedad y, antes que nadie, por los propios beneficiarios de que esa promesa se haga realidad.

Al contrario de lo que puede pensar un conjunto social quizás aún mayoritario en la Argentina, la pobreza no se ataca -ni mucho menos se vence- con caridad, planes sociales y ayuda. Queda bien proponerlos y, casi siempre, los que reciben las cariñadas de las masas son justamente aquellos que tejen su discurso político alrededor de la dádiva.

Pero la verdad cruda indica que ese camino mantiene la pobreza y friza a los pobres en una situación estática en la que no colapsan pero tampoco progresan siendo los eternos rehenes de los planes, de la ayuda y de la caridad.

Es el esquema que enarbola el Papa Francisco que, por otras motivaciones, cae en las mismas consecuencias que aquellos que impiden generar las condiciones para abandonar la pobreza y no simplemente para  mitigarla.

Parece mentira, pero el que solo aspira a administrar la pobreza mediante la “ayuda” (en cuyo proceso explota políticamente a los pobres) se gana el rótulo de “bueno”, y el que quiere ir a fondo y jugarse por una meta más ambiciosa y amplia como es que la cantidad de pobres se acerque a cero, es el “malo”.

¿Por qué sucede este fenómeno incomprensible en la Argentina? Básicamente por la preeminencia de un componente horrible de la naturaleza humana que muchos sociólogos atribuyen a una herencia genética de los españoles: la envidia.

¿Y cómo es que la envidia juega un papel en este punto? Muy sencillo. Para aspirar al destierro de la pobreza es imprescindible generar trabajo de calidad que produzca buenos salarios. La buena paga por un trabajo que es requerido porque hay muchas cosas que hacer, es la única receta válida para terminar con la pobreza y no simplemente “ayudar” a los pobres.

Se trata de la forma más eficiente y compatible con la dignidad humana porque el pobre abandona su condición porque juega su propio papel de protagonista y no porque desde la culata de un camión alguien le entrega una bolsa de comida. La película de la entrega de la bolsa es más popular que la vigencia de condiciones económicas que hagan al trabajo abundante y bien pago, pero porque sea más popular no quiere decir que sea la vía adecuada para ayudar a los pobres.

La mejor ayuda a los pobres consiste en hacer algo que los convierta en no-pobres; no en hacer algo para que “la vayan pasando”.

Además, está comprobado que los que adhieren a la teoría de “hacer algo para que la vayan pasando” terminan beneficiándose políticamente de esa condición, con lo cual siempre estará la sospecha si de verdad quieren ayudar a los pobres o solo aspiran a que se mantengan en ese estado la mayor parte del tiempo posible para que su explotación política perdure. Si no hubiera pobres gran parte de su “negocio” dejaría de tener sentido.

Pero volvamos un poco hacia atrás para ver cómo la envidia trunca el círculo virtuoso de lo que habría que hacer para que la pobreza se acerque a cero.

Ya vimos que esa meta solo es alcanzable en la medida en que haya trabajo abundante que generen buenos salarios. Digamos, antes de seguir el razonamiento, que la Argentina es un país ideal para que se verifique esta situación porque aquí está todo por hacerse, de modo que si existieran las condiciones para que la gente se encargue de hacer lo que hace falta hacer, el trabajo sobraría; es más: no se daría abasto.

Muy bien, sigamos. El trabajo abundante solo se genera a través de la inversión y para que haya inversión se deben generar condiciones económicas que les convengan a quienes pueden invertir.

Quienes pueden invertir son las personas que tienen dinero: las empresas (argentinas o extranjeras) los grandes grupos internacionales, los que disponen de fondos que, en lugar de llevarlos a otro lado, prefieran traerlos aquí.

En otras palabras, para traer la inversión que genere el trabajo que mate a la pobreza se precisa, en principio, hacer una política a favor de los que no son pobres; a favor de aquellos que por haberse generado aquellas condiciones crean que pueden ganar plata en la Argentina.

Y aquí es donde se produce el cortocircuito: una base aun mayoritaria de la sociedad le tiene envidia a esa gente, la mira con malos ojos, cree que se hizo rica explotando a los demás y en muchos casos, incluso, supone que esa gente es rica porque ellos son pobres: que su pobreza es la otra cara de la moneda de la riqueza de aquéllos.

Por lo tanto retirará la simpatía electoral de los políticos que intenten llevar adelante un programa en donde, a primera vista, se generen condiciones de ventaja económica para los inversores.

Sin respaldo político no se puede implementar un programa que genere condiciones de inversión y sin inversión no habrá trabajo abundante bien pagado y sin trabajo abundante bien pagado, los pobres seguirán siendo pobres.

Todo esto nos lleva a la conclusión de que gran parte de los que serían sus beneficiarios, son los primeros saboteadores de los mecanismos que los sacarían de la condición que sufren. Es cierto que ese microbio envidioso es alimentado sin cesar por una burocracia política a la que no le conviene que no haya pobres. También es cierto que hay muchas creencias sociales compatibles con la idea de que la “caridad” es la vía para tratar la pobreza y Francisco, cada vez que habla, le echa una mano de bleque a quienes quieren encarar la pobreza para erradicarla y no simplemente para administrarla. El discurso de Francisco también entraría en problemas si la pobreza desapareciera.

También ocurre que las vías reales para acabar con la pobreza (repetimos: la generación de trabajo real, abundante y bien pagado) están emparentadas, además, con costumbres poco populares como la eficiencia, la puntualidad, el orden, la limpieza, el imperio de la aritmética, una relación fluida con los Estados Unidos, el éxito y el elogio a la riqueza material.

Si estas taras no son vencidas -y es verdad que en esa tarea uno ve poco campo para que el presidente actúe- va a ser difícil generar las condiciones para cumplir la promesa electoral de pobreza cero. Y no sería extraño que los mantenedores seriales de la pobreza regresaran.

Por lo tanto, una de las principales preocupaciones del gobierno debería ser encontrar una forma sencilla de explicar esta paradoja. Si este aparente misterio no se entiende no solo mantendremos a los pobres es su condición, sino que seguiremos alentando a un conjunto de facinerosos que han encontrado en la perdurabilidad de la miseria la fuente de su poder y de su inexplicable riqueza.


  • patriciolons

    No entiendo con eso de tara heredada de España. Le aclaro que antes de la independencia, Hispanoamérica gozaba de la moneda más fuerte del mundo, el Real de a 8 y que dominaba el mercado del área Asia-Pacífico con esa divisa, hasta que Inglaterra se metió para balcanizarnos en treinta estados sin destino. Éramos el imperio terrestre más grande del mundo y en plena expansión civilizadora. Por eso, los indios, que solo recibían de Fernando VII, reconocimiento y respeto, lucharon por el durante las guerras mal llamadas de independencia.