Peronistas, es la república, estúpidos

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Nuestro colega, y ahora casi diputado Fernando Iglesias, ha escrito su libro “Es el peronismo, estúpido” en donde demuestra para usar sus palabras (con datos incontrastables) “cuando se jodió la Argentina”.

Me gustaría parafrasearlo ahora para decir: “Peronistas, es la República, estúpidos”. Porque efectivamente más allá del triunfo de la sensatez y de la racionalidad el domingo pasado, la Argentina –el peronismo, en realidad- tiene un durísimo desafío frente a sí.

La gracia de los países que viven bien, en donde la gente tiene su trabajo, vive más o menos feliz –con sus cuitas, como todo el mundo-, tiene su automóvil, sus viajes, sus vacaciones; donde pasa sus días sin alarmas y sin el corazón en la boca; esos países afluentes y calmos tienen un secreto simple que, sin embargo, a nosotros nos ha costado –y nos cuesta- un Perú conseguir.

Se trata, ni más ni menos, que el poder de bascular entre dos alternativas democráticas, libres, racionales, sensatas, modernas, obvias.

El peronismo le ha puesto un freno a esa simpleza por los últimos 80 años. Y lo ha hecho porque es un enfermo terminal del poder; no admite su propia existencia si no está sentado en el sillón de lasa decisiones.

Si el presidente Macri completa su periodo –como obviamente va a ocurrir- será el primer presidente no peronista en terminar su mandato en 92 años. No es posible tirar ese dato sin pensar seriamente en una responsabilidad peronista respecto del hecho que se hizo carne en la cultura nacional gracias a su gramsciano mensaje: “sólo nosotros podemos gobernar”.

Para lograr ese objetivo han armado un aparato de presión fenomenal y una formidable manera de fabricar pobres, gente dependiente de la migaja del Estado, impotentes frente a la aventura de la vida porque ellos los convencieron de que son unos incapaces, de que casi no sirven para nada si no fuera por ellos, los peronistas.

Para llevar un escalón más hacia la profundidad del delirio ese esquema esquizofrénico, el peronismo no tuvo mejor idea que engendrar el kirchnerismo, una asociación ilícita constituida hace más de 30 años en Santa Cruz y que, a la manera de la izquierda trotskista de los ’60, ensayó una especie de “entrismo” en el peronismo para, desde allí, ganar el poder.

Cuando lo obtuvo reinó bajo la división tajante de la sociedad; una división rencorosa, llena de envidia, que cargó de un veneno odioso a casi la mitad del país en su pleno apogeo.

Ese extravío está hoy muy reducido; expresa no más del 15/20% del total del electorado nacional. Pero sigue teniendo fuerza para descalabrar el futuro argentino.

La sola presencia de su referente máxima, Cristina Fernández, empobrece a los argentinos, aunque más no sea por su sola amenaza de volver. El riesgo país sube, las acciones y los bonos bajan, el dólar se desestabiliza. Es un cáncer. Un tumor maligno que tiene en vilo el futuro argentino.

“Peronistas, es la República, estúpidos”, diría una vez más. Son ustedes los que tienen en sus manos la posibilidad de terminar con 80 años de la decadencia que ustedes mismos provocaron (para demostrarlo, como en el colegio, no hay más que trazar una línea del tiempo y marcar los hechos cronológicos de la historia en relación al PBI per cápita)

Si el peronismo más racional pudiera hacer un retiro espiritual de una semana y analizar profundamente que sin una pata peronista sensata el país no tiene destino, el país no tendrá, efectivamente, destino.

Si el horizonte argentino va a estar preso de una disyuntiva que muestra en un platillo de la balanza a la sensatez y la racionalidad y, en el otro, a Venezuela, Macri podrá ganar ahora e incluso en 2019, pero la proyección horizontal del país siempre estará insegura.

Es de suma urgencia que los Urtubey, los Schiaretti, los De La Sota, los Poggi, los Pichetto, se reúnan en una mesa y le pongan un punto final a la concepción peronista de que el partido solo puede existir en el poder y que si no tiene el poder pues tiene que hacerle la vida imposible al que lo tiene hasta voltearlo.

El peronismo debe terminar con su extorsión gremial, con su presión patotera, con su barrabravismo futbolero que confunde una sana pasión nacional –el fútbol- con los modales que se precisan para gobernar un país moderno.

El peronismo sensato debe terminar con los eslóganes, con la creencia que inventando una frase ocurrente,  una ácida ironía o un cantito pegadizo de tribuna, es suficiente para darle a la gente la vida digna que merece.

El peronismo debe terminar con la idea de que el peronismo es “el pueblo” y los demás son “oligarcas”; el peronismo debe terminar con la idea de que ellos están con los pobres –entre otras cosas porque son ellos los que los produjeron- y los demás con los “ricos”. El peronismo debe terminar con el peronismo. Porque hasta hoy, por lo menos, ser peronista es ser eso: creer que el pueblo son ellos, que hay un “pueblo” y un “no-pueblo”, que ellos solos pueden gobernar, que la prepotencia y el atropello son opciones válidas, que la extorsión es parte de lo que pueden poner sobre la mesa, como cuando un mafioso pone el fierro al lado del cenicero antes de empezar cualquier conversación.

El peronismo debe convertirse en un partido de la República. Sólo así el país tendrá opciones que no pongan sobre el vilo de la zozobra el horizonte de la gente. Solo así la Argentina notificará al mundo que llegó a la mayoría de edad; que ya no está para estupideces, ni para coquetear adolescentemente con  tonterías propias de imberbes.

Cambiemos tiene la responsabilidad de gobernar el país con todo lo mejor que pueda entregar de aquí hasta que la Constitución y la ciudadanía se lo permitan. Pero la responsabilidad sobre el horizonte no descansa en Macri y los suyos. Descansa sobre el movimiento que explica como nada la decadencia argentina y que, de ahora en más, podría explicar su renacimiento.


  • Hervoje Ivan Stepinac

    COMO TODA OPINION SENSATA DE “COMON SENSE” ES POLITICAMENTE INCORRECTA.-
    ¡¡¡ POR ESO LO FELICITO !!!!
    …. Y ESTOY EN UN TODO DE ACUERDO CON USTED.-