Otra aparición de nuestra bacteria favorita

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La Argentina tiene cosas que francamente no se entienden. Por supuesto, son muchos los casos en que uno cae en esa conclusión. Muchas veces esas incomprensiones se relacionan con las conductas u ocurrencias de un sector o de una de una persona determinada. Otras esos zafarranchos son producidos por la concurrencia de conductas de personajes completamente opuestos.

En este caso, lo primero que hay que destacar es el tema que, a mi modo de ver, al lado de las cuestiones que el país tiene por resolver, aparece como completamente alejado de lo que debería ser el núcleo de las preocupaciones de la sociedad.

Me refiero al insólito escandalete que se armó a partir de los dichos del presidente respeto de las Islas Malvinas. Macri y la diplomacia de la canciller Susana Malcorra habían hecho todo bien en el único terreno que importa: el de destrabar las estupideces que mantienen al país al margen de la explotación de los recursos económicos que rodean a las islas.

En efecto, lo único que, desde el punto de vista práctico, debería importarle a los argentinos en relación a las Malvinas es cómo se echan abajo las paredes que, levantadas por el kirchnerismo, hacen que el país quede completamente afuera del goce económico del hecho que las islas estén donde están.

El hecho duro de que Gran Bretaña ejerza la soberanía de hecho en ese territorio desde 1833 no va a cambiarse ni en el futuro cercano ni siquiera en el mediano. Lo único de lo que los argentinos deberían alegrarse es sí en ese terreno el país puede sacar algún rédito económico de la discusión que plantea.

Es más, el solo hecho de que Gran Bretaña se avenga a llevar adelante algunas explotaciones conjuntas en el mar adyacente (como sucede con la pesca y el petróleo) debería tomarse como un avance indirecto en aquel terreno tan espinoso de la soberanía sobre la tierra, porque si los británicos no admitieran algún tipo de duda respecto de sus derechos serían inflexibles en lo que hace a la explotación de los recursos marítimos de unas aguas que no dudarían en considerar también propias.

Pero después de firmar un comunicado conjunto en la dirección correcta, en la que le conviene a la Argentina para terminar con las obsesiones típicas de un gobierno ignorante como fue el de los Kirchner, el presidente tiene un encuentro fugaz, de pasillo, típico en esas Convenciones que reúnen a figurones de todo el mundo en la ONU y, al comentarlo con la prensa, comete el error frente al cual todo el mundo se le fue encima.

En efecto, Macri cuenta que en una conversación informal con la Primera Ministra británica Theresa May le propuso “abrir prontamente un diálogo sobre todos los temas que conciernen a las Malvinas”, dando por sentado que entre esos temas, está la soberanía. El presidente comenta que May le responde que sí, que hay que comenzar a conversar.

Y esa estupidez desató una hecatombe. Que el presidente había “ninguneado el tema”; que se había deshonrado a los que cayeron en la guerra (por su puesto apareció la sempiterna “ex ella” pidiéndole disculpas a los caídos en la guerra y otras altisonancias semejantes).

¿Disculpas por qué? ¿La señora que ni siquiera incluyó en su perorata de cuarenta minutos en la reunión de la ONU de 2015 el reclamo argentino, tiene la cara de exigir disculpas? A esta señora sí que alguien tiene que devolverle la cara a su lugar, porque hace rato que se le cayó de la vergüenza

La mejor manera de honrar a esos héroes es lograr que el país pueda volver a obtener algo por su reclamo y eso debe resolverse en el terreno práctico no en el de los sentimientos y mucho menos en el de la sensiblería.

La Argentina tiene una cuestión –no solo por este tema- con la sensiblería. En ella naufraga su capacidad de razonar –si es que la tiene- más veces de las convenientes. Con la pobreza, con la seguridad y, por supuesto, con las Malvinas, la sensiblería pone en primera plana ideas, decisiones, tácticas y modelos que no son más que mamarrachos que, como corresponde, terminan produciendo estragos.

Incluso el impecable comunicado conjunto firmado por los dos vicecancilleres, que vuelve a abrirle a la Argentina la posibilidad de discutir lo que alguna vez Hipólito Yrigoyen llamó “efectividades conducentes”, es decir, aquello que de verdad importa, fue criticado hasta por algunos aliados del Presidente en la coalición Cambiemos, porque el bendito papel no contenía ninguna referencia a la soberanía.

Pero muchachos, ¿me están cargando? Con todo lo que ha pasado, el solo hecho de que alguien pueda hacerles firmar a los británicos algún papel que siquiera mencione algo que tenga que ver con las Malvinas es un triunfo. A ver si nos entendemos: desencadenamos una guerra que perdimos, volvimos a dar muestras de algún tipo de civilización y a eso, intempestivamente, le siguió un lenguaje de fuego y una serie de decisiones que nos retiraron de todo dialogo en tanto esa bendita charla no incluyera la discusión de la soberanía. ¿Qué pretendemos? ¿Qué los tipos digan “si estamos listos para establecer los pasos a seguir para que ustedes se hagan de las islas? ¡Pero olvídate!

Una vez más, en esta instancia hay que felicitar a cualquiera que logre hacerles firmar a los británicos un papel que diga que se comprometen a hablar con nosotros para encontrar alguna manera de que la Argentina participe de la explotación económica de la riqueza que rodea a las islas. Con todo lo que ha pasado ese solo hecho ya es un milagro.

Levantar una polvareda insólita porque el presidente dijo que la palabra “soberanía” se pronunció en un encuentro con la primer ministro de Gran Bretaña cuando ambos se cruzaron en un pasillo mientras iban a buscar un café, solo ocurre en un país cruzado por el cinismo, la incompetencia y la búsqueda incesante de una excusa para jugueterar con la bacteria preferida de la política nacional: la demagogia.


  • mrlutz

    la bacteria en realidad, es “figuretismo” todos quieren sus cinco minutos de gloria frente al movilero o los diarios NAC & POP.