O’er the land of the whiner and the home of the chicken

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Aprendí que la valentía no es la ausencia de miedo

sino el triunfo sobre el miedo… El hombre valiente no

es el que no tiene miedo sino aquel que lo conquista

Nelson Mandela

 

Muchos espectáculos deportivos nos han familiarizado con muchos himnos de otros países, con su música y, en algunos casos, hasta con su letra.

El himno de los EEUU tiene un párrafo final que dice “O’er the land of the free and the home of the brave…”, algo así como “Sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes…”

Sin dudas se trata de un resumen bastante ajustado a la idiosincrasia media de aquella sociedad; una sociedad brava, desafiante, sin lugar a dudas libre, y que ha enfrentado vicisitudes diversas a lo largo de su historia, al cabo de las cuales, se ha erigido en una potencia mundial, en el más poderoso país de la Tierra.

Esa idiosincrasia se ha trasladado a la ley, que no ha organizado un orden jurídico tendiente a asegurarle una vida aparentemente resuelta a cada ciudadano sino uno más bien basado en la idea de que las instituciones públicas están hechas para remover obstáculos en el camino de la felicidad que cada uno se trace pero no para entregar una felicidad terminada, con moño y todo.

Ambas visiones de la vida -la que parte de la idea de que es efectivamente posible entregarle, llave en mano, una felicidad completa a cada ciudadano y la que entiende que cada uno la tiene que buscar como le parezca, contando con la ayuda de la ley para asegurar el tránsito de ese sendero-

entregan productos sociales bien diferentes. De ambos laboratorios salen producidos, casi diría, opuestos, incompatibles.

Del orden jurídico que solo asegura estar a disposición para remover las causas que pueden obstaculizar el camino hacia la felicidad (el crimen, la inseguridad, la no existencia de una autoridad, la no existencia de una instancia imparcial para resolver disputas, etcétera) surgen sociedades duras, fuertes, bravas, valientes, autodependientes, conscientes de sus fortalezas y de su capacidad para desafiar inconvenientes.

Del orden jurídico que se propone la meta de entregarle a cada persona una felicidad terminada, llave en mano, surgen sociedades blandas, débiles, dependientes de las decisiones de otros, incapaces de enfrentar dificultades y reveses.

Es como las diferencias entre los hijos de aquellas familias que los educaron sin sobreprotegerlos y los de otras que les cortaron las alas al nacer: seguramente los primeros contarán con mayores herramientas en la vida para doblegar las adversidades; los otros tendrán más dificultades antes esos imponderables.

No hay dudas de que, después de elegir un tipo de Constitución que responde al primer modelo, algo ocurrió en la Argentina como para que la ley terminara respondiendo al segundo. Este cambio no fue obviamente neutro en el diseño social que terminó operándose en el país.

Tal como explicábamos recién, este tipo de ordenamiento jurídico moldeó una sociedad débil, bravucona pero floja, que suele esconder debajo de giros maleducados sus carencias de carácter y determinación. Los algodones que la ley prometió le hicieron creer que, efectivamente, la vida es suave y llena de placeres y, aunque nada impide que eso termine siendo efectivamente así, supuso que estaba completamente fuera de su responsabilidad el hacerlo posible. Se produjo un divorcio entre el resultado y las conductas de cada uno, generándose una fantasía según la cual el resultado de placidez y goce puede alcanzarse con independencia de lo que cada uno haga, porque aquellos beneficios son derechos que la persona tiene por el solo hecho de nacer y que alguien debe tornar reales, con total independencia de la conducta propia.

Cuando la realidad muestra que las cosas no son así, las personas no están preparadas para procesar ese choque; la ley no los preparó porque, al contrario, les aseguró que tendrían todo lo que necesitaban aun cuando ellos no lo produjeran. La reacción entonces, ante la discordancia entre la promesa legal y la realidad, es el llanto del tango; esa melancolía triste y sensiblera que coloca a todos en el lugar de víctimas.

No se siente el aguijón del reto, lo que se percibe es la frustración; no se atina a una saludable rebelión frente a la adversidad, lo que surge es la queja por la diferencia entre lo que se esperaba y lo que se tiene.

Nadie se hace responsable de la diferencia; nadie cree que tenga nada que ver con la cuestión: es el Universo, es el gobierno, es el Imperio, es la conspiración internacional contra la Argentina… Todo menos uno mismo.

La ley no nos enseñó a “responder por”, a ser “responsables”; al contrario, nos enseñó a que teníamos derechos reclamables, a que alguien debía materializar lo que la ella disponía; no nos enseñó a preguntarnos quién debía ser ese alguien porque en ningún momento nos insinuó que debíamos ser nosotros; al contrario, nos dijo que nosotros no éramos, que nosotros no debíamos preocuparnos por cómo se iban a materializar aquellas maravillas, nos dijo que de algún modo iban a llegar.

Ese molde legal nos transformó en lo que somos: un conjunto de llorones que reclaman y un conjunto de miedosos que le tienen temor a todo: a lo nuevo, a lo exterior, a lo que no sea como siempre fue… Somos el producto de un determinado tipo de ley. El fracaso de la Argentina es un fracaso legal; un fracaso que se deriva de la ley.

Está claro que esa ley no ha sido el producto de la casualidad sino la consecuencia de una idiosincrasia.

Quienes hacen la ley deben encontrar un “mensaje de ventas” un “packaging de marketing” que sea comprable por la gente para que ésta los vote; deben decirle lo que la gente quiere escuchar.

Y la gente no quiso escuchar a los que proponían desafíos bravos y metas difíciles; la gente apoyó a quienes demagógicamente les hicieron creer que era efectivamente posible generar una vida feliz a decretazo limpio, sin intervención alguna del esfuerzo de cada uno, de la interacción de cada uno. Cuando la realidad difirió de la promesa la reacción fue unánime: “Yo, argentino…”

Los constituyentes intuían esto. Alberdi el primero. Temían que su Constitución fuera víctima de los hábitos y costumbres de 300 años de paternalismo. Y así fue: luego de intentar un experimento sociológico ciclópeo -el de lograr que la ley moldee las costumbres y no al revés- la Argentina cayó, víctima de sus raíces, en la débil pusilanimidad del reclamo antes de llegar al glorioso desafío de la bravura.


  • Oscar Mary

    Impecable comentario, Carlos. Como dijo el filósofo “Así somos y así nos va”. Otra característica que he notado aquí en USA es que ponen especial atención en cumplir con sus obligaciones primero, para luego ejercer los derechos que le asisten. Creo que, en línea con lo que comentás, se ha puesto en Argentina mucho énfasis en reclamar primero los derechos y luego cumplir a regañadientes o tratar de zafar el cumplimiento de las obligaciones. Y en esta cuestión los gobiernos son los que más se destacan. Abrazos.