Obama y los 40 años

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Me tocó seguir las noticias sobre el aniversario del golpe militar de 1976 y de la visita del presidente Obama, desde el exterior. Y la verdad que ambos hechos me conmovieron por muchos aspectos.

Claramente uno de ellos no fue su cobertura por los medios internacionales porque ninguno les dio demasiada importancia, pero sí el seguimiento por la prensa local de lo que estaba pasando en la Argentina y de cómo ciertos sectores sociales hicieron un esfuerzo notorio por vincular ambos acontecimientos en un retorcimiento que, con la perspectiva de la distancia, no podía verse sino como ligeramente patético.

La primera certeza que tuve fue que definitivamente el golpe de 1976 ha sido un activo para estos grupos que tienen poco de defensa de los derechos humanos y mucho de política sectaria. En efecto, si aquel acontecimiento no hubiera ocurrido muchos de esos sectores no tendrían ni retórica ni discurso; sus ideas -si es que se las puede llamar así- carecerían del único elemento que les da un sentido y una presencia en los medios.

Estas agrupaciones quisieron presentar al presidente de los EEUU como el emisario de un sistema de opresión, cuando en realidad traía un mensaje de comprensión y cooperación. Algunos como quien fuera el Director de la Biblioteca Nacional y líder de Carta Abierta, Horacio González, llegaron a decir que Obama llegaba a la Argentina “para confiscar los derechos humanos”.

¿Es acaso un chiste? Son las ideas que defiende Horacio González las que han puesto en jaque a los derechos humanos históricamente en el desenvolvimiento de la humanidad. Si por derechos humanos entendemos un concepto aséptico y no infectado ideológicamente, si los llamáramos como siempre se llamaron -derechos individuales y garantías de la Constitución- no hay duda de que han sido los “Horacio González” de este mundo sus enemigos y sus opositores.

Al contrario, no caben dudas de que los EEUU han sido el primer país en organizar una sociedad libre, en donde los derechos de las personas estuvieron protegidos contra del abuso del poder, y donde el ciudadano pasó de ser un súbdito a ser el motor central de la sociedad.

¿Lastima eso los intereses de los “Horacio González”? ¡Por supuesto que los lastima!: los “Horacio Gonzalez” de este mundo aspiran a convertirse en una casta desigual y privilegiada a costa del pueblo que la mantiene. Todo sistema que mueva el centro de ese poder de las manos de los “Horacio González” a las manos del pueblo será su enemigo.

La táctica de los “Horacio González” ha consistido en convencer a grandes porciones de la sociedad que “ellos” son el pueblo; que “ellos” encarnan al hombre común, pobre y desvalido que no puede desenvolverse solo.

Uno de los principales mecanismos de su estrategia, entonces, ha consistido en promover sistemas que multipliquen a los desvalidos; cuantos más pobres y más dependientes sean los individuos, más se identificarían con ellos y más grande sería su poder. La pobreza es un negocio conveniente para los “Horacio González” de este mundo.

Al contrario un sistema que le de autonomía individual a las personas y que les permita a éstas progresar dentro de un marco de cooperación, competencia e igualdad ante la ley, aumentaría el grado de independencia y criterio propio de esas personas, en directo detrimento de los intereses de la casta.

La cooptación de los organismos de derechos humanos en la Argentina ha sido parte de esa estrategia. El kirchnerismo comprendió rápidamente que ese discurso demagógico y épico le daría el plafón ideológico para disimular su estrategia de poder y de saqueo del Tesoro Público.

Néstor Kirchner solía decir en privado que “los derechos humanos te dan fueros”. En su hipercinismo el ex presidente tenía razón: posicionarse en esa línea atraería el apoyo de sectores de gran influencia social, como los intelectuales, los artistas y aquellos ligados en general a la llamada “cultura”.

Fue tanto el fanatismo que se apoderó de gran parte de esa gente que frente a la obscena escena de La Rosadita, con gente íntimamente vinculada al gobierno contando millones de dólares, han llegado a decir: “bueno, yo no veo más que gente contando plata… ¿es acaso eso un delito?”

El bastardeo de la noble causa de los derechos individuales (bastardeo que comenzó en el mismísimo instante en que apareció en el mundo el sectario concepto de “derechos humanos”) es una de las historias más ignominiosas del siglo XX, que se contagió a este siglo XXI que vivimos. Que quienes tomaron las armas reales y aun aquellos que prefirieron el camino más pacífico de la palabra para atacar sistemáticamente la libertad y el sistema de dignidad individual, hayan logrado en gran medida revertir esa imagen y hayan podido posicionarse como los defensores de la pluralidad de ideas da una pauta de lo confundida que está la Argentina.

Esa confusión sirvió para que unos cuantos miles se volvieran millonarios sin dar explicaciones, se saquearan los fondos públicos de una manera de la que no se tienen antecedentes, se asociara al país con tiranías innombrables y se justificara una división entre los argentinos que llevará años cicatrizar.

Una mezcla de poder y dinero, siendo a veces uno la motivación del otro y viceversa, ha sido la clave de estos últimos doce años en el país. Ninguna táctica se dejó de lado para que finalmente el poder y el dinero terminaran fluyendo hacia un sector y hacia unas personas determinadas.

La perspectiva de la distancia aumenta esa sensación de pena por nosotros mismos, por haber sido (y en alguna medida por seguir siendo) tan estúpidos como para no ver claramente el accionar de un conjunto de ladrones que no han reparado en límite alguno para salirse con la suya.

La sociedad debería empezar por advertir que la tragedia del golpe solo beneficia a quienes dicen padecerla. La mejor manera de superar esa marca estruendosa en la historia del país es dejándola atrás; es mirar para adelante sin hacerle el caldo gordo quienes se lo van a tomar solos, sin invitarnos al banquete. Ya hemos sido bastante ciegos (y nuestra ceguera bastante aprovechada) como para seguir transitando este camino de odio “conveniente”; conveniente para quienes encuentran en él la razón de su existencia y, en muchos casos, la fuente de su riqueza.