Un nuevo Nunca Más

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La detención de Julio de Vido y las fotos en las que aparece hoy como un presidiario más, de frente y perfil, como un malviviente que ingresa a una establecimiento penitenciario por las pruebas delictivas que se acumularon en su contra, constituyen una escenografía muy fuerte para la Argentina.

Si tenemos en cuenta la cantidad y el peso de ex funcionarios presos y enfrentando juicios gravísimos por corrupción y robo al Estado y a todos nosotros, el escenario (en cuanto a la conmoción pública) se parece mucho a los primeros meses del gobierno del presidente Alfonsín cuando una ola de hechos aberrantes salió a la luz y comenzó a ser juzgada.

Luego la sociedad tomó conciencia de que lo que había ocurrido no podía pasar “nunca más” y de que una época entera de la Argentina dominada por los golpes, el militarismo y el quiebre de la Constitución había terminado para siempre.

Tengo la impresión de que hoy, desde otro punto de vista, estamos ante un escenario similar: la sociedad advierte que lo que ocurrió con el manejo de los fondos públicos -con el robo descarado de un conjunto de delincuentes que, disfrazados de políticos, llevó adelante uno de los desfalcos más impresionantes de la historia humana- tampoco puede volver a repetirse. Es otro “nunca más”.

La detención de De Vido, el gerente general de la banda, es, en ese sentido, un ícono, un mojón estelar en una ruta inconclusa. El ex ministro manejó una fortuna de casi 300 mil millones de dólares. Gran parte de ese dinero desapareció. Otra parte fue robada mediante otros procedimientos que incluyeron hasta la presentación de facturas falsas por viáticos de viajes, demostrando que ésta gente no le hizo asco a nada: se robó hasta la propina de los mozos.

Pero decimos que la detención de Don Julio es un ícono importante pero no definitivo, porque él respondía a sus jefes jerárquicos. La banda kirchnerista -fundada hace más de treinta años en la lejana Santa Cruz con el objetivo de tomar los hábitos políticos para ganar el Estado y desde allí tener acceso a fortunas a las que nunca llegarían si fueran una banda de delincuentes comunes que operaran en el “sector privado” (robando bancos, haciendo piratería del asfalto, manejando barras del fútbol, estafando, constituyendo una red de motochorros, etcétera)- se dio a sí misma una estructura estrictamente piramidal. La cadena de mandos estaba completamente identificada y no solo era conocida por todos sus integrantes sino que nadie osaba desafiarla.

Al tope de esa pirámide estaba el matrimonio Kirchner. Ellos eran los jefes finales de la banda y los destinatarios del grueso de los dividendos, en tanto, como generadores de la idea, tenían la mayoría accionaria de la asociación ilícita.

De Vido, con ser una estrella fulgurante de esa organización criminal, no era el último eslabón. Esto no termina en él, sino en la integrante viva del binomio jefe, Cristina Fernández.

Pero De Vido conoce mucho de la trama delictual que integraba. Como se sabe su jefa directa le soltó la mano por televisión durante la campaña electoral cuando, haciendo gala de un cinismo cruel, dijo “yo no pongo las manos en el fuego por De Vido”. Eran los días en que todo valía con tal de ganar, hasta las deslealtades más sucias y bajas. Ni la mafia tiene esos códigos de traición.

Durante mucho tiempo se dudó si el gobierno estaría cómodo con un De Vido detenido y en condiciones de hablar, porque algún las empresas relacionadas con parientes del presidente Macri podrían verse involucradas en sus relatos.

Pero parece que esas dudas han terminado. Parecería que estamos ante un presidente que de verdad se ha propuesto cambiar algo de lo que siempre fue igual aun cuando ese cambio lo roce personalmente. No en vano se dice que cuando le preguntaron si entre las 562 personas que, según él, “habría que meter en una nave y llevarlas a la Luna para que dejen de trabar el despegue de los argentinos”, estaba su padre, dijo que sí.

Es normal que muchos argentinos se refrieguen los ojos y se sacudan los oídos porque no saben si están viendo o escuchando bien. Pero, hasta donde parece, lo que está ocurriendo, está ocurriendo efectivamente en serio. No es una alucinación ni un espejismo.

Es de la mayor relevancia que el gobierno siga por este camino, que vaya a fondo con las investigaciones y revele todos los datos que conoce. El presidente y sus hombres no deben interponerse en el avance de las causas hacia el vértice final de la pirámide delictiva bajo el argumento de que políticamente les conviene que Cristina siga suelta y diciendo barbaridades que no hacen más que favorecerlos electoralmente porque, supuestamente, divide a sus adversarios y le entrega a la sociedad un contraste grotesco que los favorece.

Pero también es verdad que son los jueces los que no pueden hacer lo que han hecho otras veces, defraudando a todo el mundo y demostrando que solo actúan al calor de un resultado electoral.

La Justicia debe entender que su tarea está muy lejos de las urnas y que la verdad (esa que los jueces deben buscar) es una sola y que no difiere si el ganador ha sido éste o aquel. Su trabajo es descubrirla y darla a conocer para contribuir con eso a la paz social, a la certeza y a la paz interior de los ciudadanos.