De nuevo las low cost como leading case

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El paro salvaje al que los gremios aeronáuticos sometieron a los argentinos antes de ayer es una prueba más de cómo cruje la Argentina cuando se quieren implementar los cambios que el país requiere en forma urgente.

Recordemos que la protesta se hizo para evitar la llegada al país de entre siete y once empresas aéreas low cost que presentaron programas de inversión de entre 4 y 7 mil millones de dólares para volar rutas domésticas e internacionales.

Resulta francamente sintomático que los trabajadores hagan un paro para oponerse a la llegada de fuentes de empleo. Por eso, cuando uno indaga las circunstancias que rodearon la medida, se da cuenta de que en realidad lo que hay aquí es un conjunto de parásitos que, con el nombre de dirigentes gremiales, se han acostumbrado a vivir de una manera en donde no trabajan, son todos millonarios, viven de chuparle la sangre al Estado (es decir a todos los argentinos) y que están dispuestos a hacer cualquier cosa para que esas condiciones no cambien.

Por eso cada cosa que se quiere tocar se convierte en un quilombo padre: aquí hay intereses construidos como un enjambre de telas de araña, durante décadas, según los cuales un conjunto de tipos viven como reyes porque le encontraron la vuelta a la vida para vivir sin laburar, para tener poder y para acumular riquezas.

La cuestión ni siquiera es defendible desde el punto de vista de la protección al trabajo, porque lo que se deduce de la llegada de toda inversión es más trabajo y más posibilidades de movilidad laboral; en suma más oportunidades para todos, más independencia y menos clientelismo sindical.

Y ese es precisamente el problema: la construcción jurídica que el país le ha dado a las relaciones del trabajo hace completamente inviable la generación de empleo por lo que el poder lo pasan a tener los cuatro o cinco prepotentes que dicen defender las fuentes de trabajo. ¡¡ Macanas!! Las fuentes de trabajo se pierden por miles con un orden jurídico alambicado que multiplica los costos y que hace que las empresas no vengan y que las que están (porque no les queda más remedio) expulsen trabajadores.

Resulta sumamente curioso, también, cómo este sistema está en contradicción directa con la imagen visual que estos prepotentes pretenden trasmitir: ellos son los guapos, los dueños de la vereda, los que la van de vivos… Pero cuando llega la hora de la mera posibilidad de la competencia se van al mazo como el peor de los maricones. No son valientes, son bravucones, patoteros, que es otra cosa.

Valiente es el que no le tema a la competencia (y en eso hay que meter en la bolsa a varios empresarios también); el que sabe de sus cualidades y descuenta que cuantas más oportunidades de trabajo haya mejor le va a ir. Los demás son pusilánimes disfrazados de barrabravas que le tienen miedo al cambio, que son débiles frente a los desafíos y que se escudan detrás de los modales de la mala educación para esconder sus flaquezas.

En un tipo de país así es muy difícil cambiar algo. Porque todo cambio supone el acostumbramiento a otras formas, a otras maneras y eso es justamente lo que no quieren hacer estos impresentables. Ellos quieren seguir disfrutando de los privilegios de exprimir a la pobre Aerolineas Argentinas porque total los costos los pagamos todos nosotros. En un sistema de libre competencia hay que laburar y laburar bien porque si no el sistema te expulsa. Obviamente el que sale ganando en ese sistema es el consumidor (que, dicho sea de paso, es la única condición que comparten por igual todos los ciudadanos) porque los costos caen, los servicios mejoran y las oportunidades se multiplican.

En un régimen estático, completamente anquilosado como tiene la Argentina, el consumidor es un rehén de este conjunto de vivos que le encontró la vuelta a la vida para que las cosas para él sean fáciles mientras que para los demás todo se complica.

La ciudadanía debería estar atenta y avisada de esta verdadera trampa. Con el cuento de la pobreza, de los pobres, de los trabajadores, y de todos los clichés clásicos en los que se envuelve esta gente, la sociedad paga costos enormes y, en el caso del mercado aéreo, por ejemplo, vive presa de solo un par de opciones que hace que viajar sea carísimo, que el país esté básicamente desconectado y que para ir de Calamuchita a Córdoba haya que pasar por Buenos Aires.

Se acabó, señores. Eso no puede suceder nunca más. Este sistema medieval de guildas y señores feudales debe terminar. El país no puede darse el lujo de echar a patadas a compañías que quieren venir a trabajar aquí para que unos cuantos señoritos sigan dándose la buena vida.

Ya lo habíamos dicho cuando el tema de las low cost recién comenzaba y se empezaban a desarrollar las audiencias públicas: es increíble que se pida que las empresas no vengan; todo el mundo se desvive por atraer generación de nuevos empleos y la Argentina se da el lujo de cerrarle la puerta a compañías que vienen a mejorar el negocio y hacer al país más moderno porque unos cuantos vivos defienden un statu quo del año ’40. Basta, muchachos. Ya todo el mundo los descubrió. Ya todos sabemos que no defienden ni el trabajo ni a los trabajadores. Ya todos sabemos que lo único que ustedes defienden son sus curros personales, acumulados como capas geológicas por décadas en el país.

El gobierno debe ser firme en esto y avanzar contra viento y marea para hacer las adecuaciones que haya que hacer en el orden jurídico laboral para que los beneficiados sean la sociedad y el país y no un grupo de parásitos que no saben hacer otra cosa que chuparle la sangre a los demás bajo la anticuada cantinela de la justicia social y las “conquistas” de los trabajadores.