De nuevo la misma historia

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Nuevamente un hecho que avergüenza al país se produjo con un visitante extranjero -nada menos que el premio Nobel de Medicina, Michael Rosbash- que había venido a la ciudad universitaria a darles una charla a nuestros estudiantes.

Le robaron su laptop y su documentación además de hacerle pasar un momento horrible. Como siempre motochorros en la Ciudad Universitaria.

El tema parece no tener solución y continúa reinando sobre las calles de Buenos Aires y del país en general la sensación de estar en manos de Dios.

Son ya miles los que han muerto por un celular o por una mochila. Y son miles también los que han salido por la puerta de las comisarías, libres, luego de haber asesinado, robado o ambas cosas.

La cuestión que parece no querer comprenderse en el país es que esta ha sido una cultura que ha sido ideológicamente impuesta y que ha tenido como objetivo reivindicar al delito y al delincuente. Sí, sí, como escucharon: reivindicar al delito y al delincuente.

¿Me quiere decir usted -se me preguntará- que hubo una corriente consciente para justificar el accionar delictivo y para redimir al delincuente? Respuesta: sí, así fue, efectivamente.

Se trató de una tarea desarrollada viene desde abajo, desde los embriones mismos de la formación de los abogados que hoy son jueces y fiscales en el fuero penal.

Se trata del zaffaronismo en su máxima expresión: el intento (exitoso) de cambiar el sentido común social respecto del derecho penal, de los delitos y de los delincuentes para convencer subrepticiamente a la sociedad que la delincuencia es un emergente propio de la culpa social de la marginación y que los inocentes, los honrados y los honestos (la víctimas, en otras palabras) se tienen que bancar esta realidad por haber engendrado una sociedad excluyente que arrojó al anonimato indigente a miles de personas que no han tenido otro camino en su vida que convertirse en ladrones y asesinos.

Aun cuando la cabeza pensante de este latrocinio ya no está en el poder judicial argentino y disfruta de ingresos millonarios que le permiten seguir con sus extravagantes ideas en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, son como mínimo dos generaciones de abogados las que se han formado a la luz (debería decirse “a la sombra” para ser más correcto con la imagen) de las enseñanzas extraviadas de este delirante.

El daño causado a la sociedad y al país medido en miles de muertos, en miles de familias truncadas, en miles de dramas y de angustias impagables es de tal magnitud que el inconsciente de Zaffaroni jamás podrá mensurarlo.

Sus manos y sus ropas caras están manchadas de la sangre inocente de los que han caído condenados a muerte por la decisión de los que luego han sido amparados por él y sus discípulos para salir de la cárcel caminando como hombre libres y sin recriminaciones.

Zaffaroni enfermó a la sociedad probablemente de una de las maneras más perversas que existen: pudriendo el cerebro en formación de gente que luego decide sobre la vida y la libertad de los demás ciudadanos. Zaffaroni destruyó el sentido común que indica que las cosas se convierten en delitos porque están mal y no que están mal porque la ley dice que son delitos.

Zaffaroni deformó el razonamiento lógico de cientos de comunicadores que hoy temen rebelarse contra la corrección política de exigir cárcel y castigo para los delincuentes que roban y asesinan.

Son varios los atajos preferidos para desviar la conversación hacia temas que sacan del centro la muerte y el sufrimiento de las víctimas.

La “dificultad de la realidad socioeconómica” es uno de los preferidos, pretendiéndose, mediante su argumentación, que los delincuentes sigan libres mientras no se extinga la pobreza en el país. Tengo malas noticias para los que piensan así: no todos los pobres son ladrones y asesinos.

Otro argumento muy frecuente es que “el país que debe construir más cárceles es un país que fracasó en el tratamiento del delito”. Y dale que va, con ese criterio siguen sueltos los delincuentes porque no hay lugar dónde ponerlos.

Es mierda; pura mierda. Si hay que construir más cárceles pues que se construyan. Me importa un culo si me van a tomar por un fracasado por eso. Pero el que roba y mata, adentro; ni un minuto en contacto con los honrados.

Por otro lado si hay que hacer un trabajo profundo en el orden económico social, pues que se haga. Que se comience hoy mismo, sin demoras. Pero mientras tanto el que roba y mata a la cárcel, sin miramientos, sin atenuantes, sin explicaciones.

La Argentina debe extraer de su propia mente el cáncer del zaffaronismo y debe tratarlo como lo que es: un cáncer. No debe dar tregua en ningún frente en su lucha contra él. Debe ser implacable, como él lo fue con nosotros. No debemos darle respiro: en los juzgados, en los medios, en la opinión pública: Eugenio Zaffaroni, sos el responsable de miles de muertes. Ni ésta, ni tu otra vida te alcanzarán para redimir los asesinatos preterintencionales que has cometido. Tu nombre es sinónimo de vergüenza. Pero también de algo más grave: es sinónimo del dolor de miles de familias que por tu culpa nunca hallarán una respuesta de la Justicia a la pérdida que también tus ideas les hicieron sufrir.