Networking estatal

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El presidente está terminando su participación en la cumbre de Davos. Ayer tuvo reuniones con el primer ministro británico, David Cameron; el vicepresidente de EEUU, Joseph Biden; el primer ministro francés Manuel Valls y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, además de otros encuentros con empresarios de firmas líderes presentes en el encuentro.

De este modo la Argentina, en un solo día, hizo más por sus relaciones exteriores normales con el mundo civilizado que en doce años.

El trabajo inverso del gobierno kirchnerista no solamente había consistido en aliar al país con autocracias sospechosas y dictaduras repugnantes, sino en pelearse con todo el resto de la comunidad occidental, simplemente por eso: por ser la comunidad occidental.

La vocación de cartón revolucionario, con consignas viejas, gastadas, que, en la mayoría de los casos, lo único que encubrían eran monumentales negocios personales como el caso de los denunciados con Venezuela y con China, aisló al país de la corriente de progreso mundial y lo entregó al engaño de un “crecimiento” basado en el consumo interno, inflado por la emisión monetaria y el derroche del gasto.

El crecimiento robusto, fibroso, sin anabólico monetario, estuvo ausente de la economía argentina porque ese tipo de crecimiento solo es la consecuencia de la participación en un proceso compartido que incluye las inversiones, el comercio mundial, el crecimiento de las exportaciones y la integración regional y mundial.

El gobierno de los Kirchner construyó un camino justamente inverso, obligando a la Argentina a replegarse, como un caracol, sobre su propia y pequeña caparazón.

Con ese criterio los funcionarios convirtieron hasta en un motivo de “orgullo” el no hablar inglés, salvo, como en el caso de la ex presidente, para tirar frases inconexas, generalmente mal pronunciadas y en el contexto de buscar una simpatía forzada que no le quedaba bien. Pero para comunicarse con líderes de otros países la Sra. de Kirchner siempre necesitó un intérprete, con todas las limitaciones de trato personal que ello implica.

La relación y el conocimiento personal es un ingrediente muy importante en la diplomacia. El lenguaje es la primera y más importante carga cultural que conocemos. Que los presidentes y líderes de los países puedan comunicarse directamente a través del uso de una misma lengua derriba las primeras barreras de la desconfianza y permite una comunicación más franca y autentica. Los italianos, ocurrentes como siempre, tienen en ese sentido una frase que lo dice todo: “traduttore, tradittore”.

El presidente Macri, ayer, pudo hablar directamente con todos esos líderes, por sí mismo, en primera persona, sin “traduttores”. También lo hizo el ministro de hacienda Alfonzo Prat Gay que admitió que la negociación con los holdouts era dura pero que tenía esperanzas en conseguir un acuerdo más o menos rápido.

En el encuentro con Biden, Macri obtuvo una promesa del gobierno de Obama de cooperar en acciones contra el narcotráfico, en las negociaciones con los acreedores y en contribuir con U$S 6000 millones a las reservas del Banco Central. Con Cameron fue un encuentro en donde se ratificaron las posiciones mutuas respecto de las Malvinas pero se acordó en el punto de no hacer de esa cuestión un impedimento para la construcción de una relación fructífera.

Es curiosa nuestra relación con Gran Bretaña. De haber sido el socio que le permitió a la Argentina emerger como una las más notables revelaciones del siglo XIX, pasó a ser ese enemigo sordo, odiado y al que se lo mira con rencor. El sentimiento explotó hasta desmadrarse, sin dudas, en 1982 cuando ocurrió la guerra del Atlántico Sur y fue la excusa para diversas demagogias internas que se usaron para profundizar un discurso populista, nacionalista barato y muy dañino para el nivel y calidad de vida de los argentinos.

Todavía permanece en la zona del misterio el fenómeno por el cual, al menos en la Argentina, es más “popular” aliarse con autócratas demagogos (y en muchos casos corruptos) que hacerlo con líderes de países democráticos en donde se respeta el Estado de derecho, las garantías constitucionales y la libertad de expresión. Se trata de un hecho curioso por el que los “malos” tienen mejor prensa y más adeptos en el país que los ”buenos”. Es más, el solo hecho de llamar “malos” a unos y “buenos” a otros genera ya, de por sí, una controversia que incluso se lleva a terrenos personales, en donde muchas veces el “canchero”, el “piola” el que “se las sabe todas” es, justamente, el que reivindica la acción y las relaciones con los “malos”.

Es natural que todavía quede mucho trecho por recorrer en un terreno donde tanto ha sido el deterioro. Pero como primer paso no caben dudas que la decisión de hacer regresar al país al Foro de Davos ha sido un acierto. Desde hace años ya, en el mundo de los negocios, se viene desarrollando una técnica que no por ancestral y natural ha dejado de ser trascendente a la hora de progresar y mejorar. Me refiero al llamado “networking”, es decir a la ciencia de tejer relaciones con gente que no conocemos y con quienes -justamente, a partir de conocernos- podemos hacer cosas juntos. Es obvio que lo único nuevo del “networking” es su nombre simpático, ocurrente y pretensioso. Pero el principio según el cual las personas, las familias, las empresas y -claramente- los países progresan a partir de las conexiones fructíferas que puedan establecer entre ellos, es más vieja que la puerta.

Solo una obcecación y una ignorancia profundas pueden haber hecho que ese principio del sentido común se haya dejado de lado. Pero bueno, si algo ha caracterizado al kirchnerismo ha sido, justamente, confundir la revolución con la estupidez.