Nada nuevo bajo el sol

Todas las especulaciones sobre la posibilidad de que Alberto Fernández no sea una máscara sino el primer escalón del retiro de la otra Fernández -teoría naive cuyo principal defensor es el ubicuo Julio Bárbaro- van cayéndose a pedazos conforme pasan los días.

Lo que se consolida desde el día de la elección, por el contrario, es la imagen de un retorno del más rancio cristinismo vestido con sus obvias ropas de la venganza, la radicalización y el populismo corrupto y totalitario.

El raid del presidente electo por México ha sido una confirmación de todos esos temores. Haber elegido, sin ir más lejos, ese lugar como primer destino desde que fue elegido es toda una definición. En efecto, México está en manos de un hombre raro, cuyo principal orgullo es no haber salido de México. Acaba de poner  en libertad al “ratón”, el hijo del Chapo Guzmán, junto con todo su armamento (para que el chico no se ofenda) y vive de discurso en discurso, en muchos de los cuáles queda colgado de un pincel durante varios segundos como si hubiera estado afectado por un súbito ACV momentáneo.

Como mínimo deberíamos decir que López Obrador atrasa: le cuentan el tiempo hacia atrás con un almanaque.

Estando allí, Fernández le dio un reportaje al prófugo ex presidente corrupto de Ecuador -asilado ahora en Bélgica- y repitió muchas de las cosas que en ese mismo sillón había dicho la otra Fernández. Ese “programa”, si es que lo podemos llamar así, se trasmite por la televisión rusa (¿?)

El hilo conductor que uno parece advertir detrás de todos estos movimientos (ahora vamos a tener una reunión del Grupo de Puebla en Buenos Aires) es una fuerte inclinación por el pobrismo del pueblo y por el enriquecimiento de la casta gobernante.

En todos los países en que estas fuerzas afloran solo puede verse una tendencia a la miseria de la mayoría y una acumulación de riqueza sin explicación de los que ejercen el poder.

Pero también hay otra característica: la mayoría que cae en la miseria no objeta la obscena riqueza de los que ejercen el poder, la acepta. La acepta a condición de que ninguno de “los de ellos” salga de la miseria igualitaria.

Hasta ahora no ha habido ninguna palabra del presidente electo que nos permita deducir que él no está en esta línea. Al contrario, muchas de sus señales endosan esta modalidad.

Este populismo atroz y berreta, tiene dos obsesiones: el periodismo y la justicia. Y respecto de los dos temas, Fernández ha expresado conceptos que preocupan, incluso inmiscuyéndose en lo que son asuntos internos de otros estados.

Ha dicho que los periodistas dicen lo que les mandan y que se debe saber quién está “detrás de ellos”, como si el hecho de que cada uno hable por sí mismo fuera una posibilidad que no entra en las ecuaciones de su mente. ¿Será que lo que viene es una caza de brujas para saber “quién está detrás” de cada quien?

Otras veces no ha dicho algo sino que ha callado frente a lo que dijeron otros. En ese sentido, es muy preocupante que Fernández no se haya despegado de los comentarios de mal gusto respecto del periodismo que ha hecho Rafael Bielsa, quien augura para algunos periodistas su desaparición.

Tampoco el presidente electo, públicamente, se ha corrido del o condenado el mal momento que pasó, por ejemplo, el director del INTI, cuya oficina fue invadida a bombazo limpio por una horda peronista que le hizo sentir su prepotencia en la cara. Ni se le escuchó ninguna glosa sobre la idea de Kicillof de echar al Procurador General de la Provincia Julio Conte Grand quien tiene estabilidad institucional más allá del gobierno de María Eugenia Vidal.

Es decir, el mecanismo del atropello, común a todos estos regímenes que Fernández apoya y frente a los cuales se pavonea, parece seguir pleno, a toda marcha.

Uno de los arietes que se preparan para instrumentar ese atropello desde el futuro gobierno es una nueva Ley de Emergencia Económica, un clásico del facho-peronismo. Con esa ley el próximo ejecutivo se prepara a gobernar por decreto -como siempre lo hacen los autoritarismos- sin pasar por el control del Congreso. De ese modo la ilusión del “país equilibrado” que entregaron las elecciones será eso, una ilusión.

En medio de todo esto apareció el sincericidio de Santiago Cafiero, el nieto de Antonio, para quien el papel de Cristina Fernández en el nuevo gobierno será “central”, algo que puede considerarse un certificado de defunción para la “teoría Bárbaro”.

Otra característica relevante que Fernández no logra despejar es el componente de venganza con el que llega el nuevo gobierno. Ayer circuló muy fuertemente la versión de que un colega nuestro, Eduardo Feinmann, será corrido de su trabajo en la radio a pedido de una encumbrada figura del nuevo oficialismo. Y la rabia con la que se nota que hablan muchos de los referentes del espacio ganador de las elecciones no hace prever un horizonte de civilización.

No tengo absolutamente ninguna duda de que el cristino-kirchnerismo no cambió. Al contrario, el tiempo suele hacer más rancias las cosas. Las limitaciones económicas parecen haber encontrado una solución en la pócima mágica de otro Fernández, Roberto, que aconseja entrarle a “la maquinita” hasta descoserla. Después se devaluará, según avisó el mismo mago de la UTA.

El horizonte es una línea llena de ruido, barbarie y disparates. Impuestos confiscatorios, prepotencia y atropellos. Lo que son. Lo que siempre fueron. Alianzas con los peores de la faz de la Tierra, con los bárbaros y con los financistas del terrorismo. Con los que mataron a Nisman y nos metieron dos bombazos. Con las autocracias y los dictadores. Con los que buscan el poder como los emperadores romanos o los faraones egipcios. ¿O quizás debí haber dicho arquitectos?