Moreau y la teorización de la violencia

00. EXPULSADO MOREAU Y CFK 3

La corrección política ha probado ser completamente sesgada. No se trata de un concepto que efectivamente eluda las definiciones tajantes y la toma de una posición determinada sino solo una postura que adoptan algunos a los que el miedo los encoge y el decir la verdad los atormenta.

Si la corrección política fuera, en cambio, un concepto general aplicable a todos, se piense como se piense, no hubiera sido posible, por ejemplo, el caso del diputado Moreau justificando la agresión física al periodista Julio Bazán.

Partiendo del supuesto de que la violencia es algo repudiado por todos y que es “políticamente correcto” pronunciarse contra ella, Moreau hubiera juntado unas cuantas palabras de compromiso para eludir el tema y jamás habría dicho lo que dijo (que Bazán se merecía lo que le pasó por trabajar para el Grupo Clarín).

Pero lo dijo. Le importó nada lo políticamente correcto y ensayó un panegírico de la violencia basado solo en el lugar de trabajo de nuestro colega. Se trata de un hecho que pone una bisagra en el horizonte argentino, una bisagra fea, horrible.

En efecto, la racionalización de la violencia, esto es, encontrarle un justificativo que puede ser expuesto desde el punto de vista teórico con pretensiones de construcción intelectual, nos embarca en un camino peligrosísimo con el que la Argentina siempre ha coqueteado pero que nunca como ahora se presenta nuevamente con toda su magnitud como si estuviéramos en plena década del ’70.

En aquellos tiempos, la escalada de sangre y muerte en la que entró eL país estaba, efectivamente, basada en una construcción intelectual, explicable (para sus adeptos) desde el punto de vista teórico. Las manifestaciones callejeras de la guerra eran la expresión justificada y lógica de un orden de ideas explicados desde la dialéctica.

Se trata de la misma lógica que todos los totalitarismos que el mundo ha conocido han aplicado en su momento, desde el comunismo hasta el nazismo y desde el fascismo hasta el troskismo. Para los totalitarismos de izquierda la muerte, la revolución y el odio como herramientas de la victoria estaban justificadas por la explotación que los trabajadores sufrían a manos de los patrones.

Para el nazismo, la exterminación de los judíos estaba justificada por las aberraciones que para cubrir sus propios intereses, aquellos les propinaban al pueblo alemán que, dicho sea de paso, constituía y provenía de una raza superior que debía imperar por sobre el resto de la humanidad.

Para el fascismo, el ejercicio de la violencia estaba justificado porque todo aquel que se oponía a la superioridad del Estado debía ser eliminado de la faz de la tierra, porque solo el Estado era el símbolo de la unidad de los italianos.  

Así, todas las extravagancias cometidas por el hombre durante la historia humana siempre tuvieron por detrás una elaboración intelectual que, no solo las justificó, sino que expió de culpas a quienes cometieron los crímenes porque todos ellos se autoconvencieron que sus acciones estaban avaladas por la búsqueda del bien y de la verdad.

La fase en la que acaba de ingresar el kirchnerismo es precisamente ésta: la idea de que existe una explicación teórica para el accionar violento.

Esa explicación absolutamente forzada y delirante es que Macri es un presidente ilegítimo porque no representa al pueblo que, al contrario, ha sido engañado por los grupos concentrados de información, a la cabeza de los cuales se encuentra Clarín. Dentro de esa dialéctica no debe excluirse tampoco el origen social del presidente contra el cual reverbera el odio de clases y la explotación de los más bajos sentimientos humanos.

Frente a la ilegitimidad, entonces, se justifica el uso de la violencia para hacer que “el pueblo” vuelva al poder. Esa es la única “corrección política” aceptable y a ella deben ajustarse todos aquellos a los que les de vergüenza defender con ahínco aquello en lo que creen aun cuando eso desafíe, justamente, la única corrección política aceptada por los violentos. En otras palabras “vos debes ser políticamente correcto ocultando lo que pensás, (y, desde ya, no defendiéndolo); yo no, yo puedo decir cualquier cosa porque a mí me avala la verdad y si tengo que decir que a fulano hay que matarlo porque trabaja para el medio que sostiene la ilegitimidad del gobierno, lo voy a hacer porque no hay nada más sublime que eso”.

Por supuesto que detrás de todo esto hay un enorme cinismo. En realidad los objetivos del kirchnerismo (que, en la búsqueda de sus finalidades, no duda en aliarse con la peor calaña de forajidos) son mucho más terrenales que el planteo filosófico que ponga en el centro de la discusión la “legitimidad” del gobierno.

Al kirchnerismo solo le interesa detener el proceso que está metiendo en la cárcel a sus protagonistas, volver al poder y seguir saqueando el tesoro público. Esas son sus tres únicas motivaciones. Repito: a.- zafar de la cárcel; b.- volver al poder; y c.-  seguir robando.

La utilización de idiotas y de grupos que de no aliarse con fuerza políticas con más posibilidades electorales no figurarían en ninguna parte, es una parte más de su táctica. Frente a ella la sociedad debería estar bien advertida de que nadie puede valerse del sistema democrático para atentar contra el sistema democrático. Eso y no otra cosa fue lo que vimos la semana pasada cuando diputados electos por el sistema que establece la Constitución trabajaron desde adentro del Congreso de manera coordinada con los forajidos de afuera para que las instituciones que juraron defender no funcionen. Esa sí es una ilegitimidad… Una ilegitimidad y una estafa: un engaño al pueblo que vota.

Una manera simple de saber a quién tenemos enfrente, consistiría en escuchar los juramentos a sus escaños: todos aquellos que juren por cualquier otra cosa que no sea la Constitución o sus creencias religiosas debería ser señalado como un agente infiltrado de la violencia en las instituciones de la paz; como un intelectual orgánico al servicio de elaborar dialécticas teóricas que justifiquen el ejercicio de la violencia.

El gobierno debería tomar estas señales con el mayor de los cuidados. Que un diputado públicamente justifique la destrucción de un periodista porque trabaja para un determinado medio es lo mismo que Hitler justifique la desaparición de los judíos porque son la raza que pretende destruir Alemania. Los dos pensamientos responden a la misma lógica y disparan los mismos tipos de conducta. Si estas barbaridades no se toman a tiempo ya sabemos cómo se desarrollan. El mundo y la propia Argentina nos han entregado ejemplos suficientes en el pasado.