Momento para celebrar

El comienzo del funcionamiento del Congreso con las sesiones extraordinarias del Senado, y la repercusión que eso ha tenido en los medios y en los análisis políticos da una idea de lo lejos que se ha situado la Argentina de la más mínima práctica democrática.

Crédito: Clarín
Crédito: Clarín

En efecto, todo el mundo aparece expectante y casi boquiabierto porque el presidente no tendrá mayorías propias en el Congreso y deberá negociar.

Es tal la cultura autoritaria que predomina en nuestra psiquis que no alcanzamos siquiera a concebir la idea de la transacción. Es más, esa palabra ha tenido derivados de menosprecio en nuestro vocabulario político -“la tranza” o “la trenza”- como si toda conversación en la búsqueda de una síntesis, supusiera un arreglo hecho en la oscuridad y a espaldas de la sociedad.

Y lo cierto es que durante más años de los recomendables así se entendió la política en la Argentina. Desde los jueces de Saadi en el gobierno de Alfonsín, pasando por la servilleta de Corach y los múltiples casos registrados durante la década ganada, el toma y daca parlamentario tuvo mucho de gangsteril y poco de democrático.

En los últimos años, sin embargo la práctica menguó, no porque el kirchnerismo haya instalado la cultura del acuerdo, sino por todo lo contrario: ya no existía ni siquiera el intercambio bajo mesada, que pasó a reemplazarse por la imposición lisa y llana de una sola voluntad, impuesta por lo que pasó a conocerse como la lógica del látigo y la billetera.

Efectivamente, el gobierno de los Kirchner gobernó con mano de hierro, por decreto durante los años en que Néstor no tenía los votos en el Congreso, y luego por la adhesión automática de las manos levantadas que ordenaba la Sra Fernández.

Es más, la entonces senadora Cristina Fernández presentó la modificación a la reglamentación de los DNU según la cual se requería el rechazo expreso de las dos cámaras para voltear un DNU; con la aprobación de una sola de ellas el decreto conseguía su refrendo legislativo.

Es por eso que Néstor Kirchner se convirtió en el presidente record de los DNU: nunca antes ni después nadie logró superarlo.

Esta tradición que nos viene del fondo de nuestra historia caudillesca y de patrones de estancia que entendían el poder como una herramienta para hacer más o menos los que se les antojara (y que contó con un invalorable aporte cultural de la sociedad que se ha sentido idiosincráticamente cómoda con ese esquema) se ha mantenido inalterable a tal punto que cualquier situación que la ponga en duda o que la altere genera una zozobra como la que sienten las personas ante lo desconocido.

A lo que no se conoce se le teme y hoy hay temor por lo que pueda ocurrir entre un poder ejecutivo de un signo y un Congreso dividido. Por eso se vivió como un alivio la noticia de la fractura del FpV en diputados y el alejamiento del bloque justicialista oficial que lidera Miguel Pichetto en el Senado de los 12 senadores que responden ciegamente a la ex presidente.

Todos han visto en esta movida un avance hacia el punto en que el Congreso pueda tener al menos quórum para funcionar y el tratamiento de las leyes sea simplemente posible.

Parece mentira que hayan tenido que pasar casi 163 años desde la la Constitución fue jurada para que el juego casi infantil que ella propuso tuviera siquiera posibilidades de materializarse en la sociedad.

En efecto, hasta los chicos en el colegio suelen ensayar el ejercicio del intercambio. Desde los tiempos de las figuritas hasta los actuales de las “apps”, el dar algo para conseguir otra cosa es un tema cotidiano que todo el mundo toma con naturalidad hasta que se ingresa en el terreno de la política.

Por alguna razón los argentinos han construido un muñeco según el cual creen que la política debe estar al margen de esos trueques, mientras permiten formidables niveles de corrupción que arrasan sus cuentas, los arrastran a la pobreza y los cuelgan de un fenomenal atraso.

Se trata de una especie de incongruencia que combina, por un lado, una especie de aspiración inmaculada que vive solo en la imaginación y en la teoría y por otro una realidad rapaz que prácticamente permite toda práctica delicuencial y hasta mafiosa.

Quienes resultaron derrotados en las elecciones de 2015 tenían como horizonte estratégico cercano la oposición sistemática al gobierno de Macri, probablemente con el objetivo ulterior de generar las condiciones para derrocarlo. Es decir pretendían ejercer desde fuera del poder la misma lógica que ejercieron en el poder: solo vale lo que nosotros decimos, todo lo demás es la anti-Argentina.

Pues bien, por razones que también deben atribuirse a las inmaterialidades de la política ese plan se hundió en la orilla. El quiebre de los bloques de diputados y senadores del FpV le ha dado al Congreso y a la Argentina la enorme oportunidad de conjugar el verbo “transar” sin que esto tenga el contenido peyorativo y sospechoso que ha tenido hasta ahora. Le ha dado al país la posibilidad de salir de la hipocresía de “espantarse” por lo que se negocia en la política, al mismo tiempo que se permitían robos siderales de fortunas públicas.

De esa transacción transparente y arriba de la mesa pueden salir diagonales de síntesis que por fin corten el atajo argentino hacia el desarrollo. Nada será 100% como quería el látigo y la chequera y nada será 0, como quería la resistencia destituyente del kirchnerismo.

Parece mentira que tan poco deba ser celebrado como un avance, pero dada la historia de la Argentina, es momento de una celebración.