Más sobre la llegada de Pichetto

La incorporación de Miguel Ángel Pichetto y parte del peronismo federal a la coalición de gobierno todavía sigue dando que hablar y pasto para el análisis.

Durante mucho tiempo parte del gobierno de Cambiemos estuvo convencido que debía encarnar frente al peronismo una alternativa de hierro como opción excluyente.

Después de más de tres años de gobierno todos han aprendido algo. No es posible progresar sin cambiar el orden legal argentino. Y no es posible cambiar el orden legal argentino contra el peronismo o, al menos, contra todo el peronismo.

De esta cuestión parecen haberse anoticiado tanto el gobierno (o la parte más indómita de él) y una parte del peronismo que parece haber sepultado la idea de combatir el capital.

Lo primero que dijo Pichetto -cuando dio su conferencia de prensa el día siguiente de que su nombre apareciera por primera vez al lado del presidente Macri- fue que la Argentina debía ser una república capitalista. Algo que ni siquiera los más encumbrados popes del Pro lograron decir abiertamente desde que llegaron a la política de la ciudad hace más de 12 años.

No hay dudas que desde el punto de vista de la eficiencia para solucionar los problemas de la pobreza y la escasez solo hay un sistema que ha probado su eficacia: el capitalismo. El socialismo, y mucho más su expresión fascista -el populismo-, ha fracasado estrepitosamente en el arte de generar riqueza. Ha destruido a todo país que  haya  tenido  la desgracia de sufrirlo, la Argentina -obviamente- entre ellos.

A su vez el capitalismo es tremendamente refractario a la incertidumbre. De ser el motor que parecía impulsarlo en el siglo XVIII, pasó a ser su mayor enemigo. Pero no cualquier incertidumbre.

El capitalismo adscribe al riesgo calculado de los negocios pero repele el riesgo institucional; no soporta la incertidumbre de la ley. Acepta un horizonte sin resultados económicos asegurados pero huye del tembladeral jurídico.

En esas circunstancias solo hay dos marcos donde el capitalismo -incluso el “salvaje”- puede prosperar: en las dictaduras de signo único (el caso más saliente, obviamente, es China que ha sacado a 800 millones de personas de la pobreza a fuerza de capital y mordazas); y en las democracias estables en donde un acuerdo básico alrededor de un modelo institucional perdurable demuestre que puede superar la prueba ácida de los cambios de gobierno (los casos más salientes son obviamente los países de avanzada y en la región Chile) de modo que la reclamada estabilidad de la ley que el capitalismo requiere le permita a éste tomar el tipo de riesgos que sí está dispuesto a aceptar, que son riesgos de todo orden, siempre y cuando no esté entre ellos el jurídico.

Un esquema de esa naturaleza no era lograble en la Argentina “contra” el peronismo. Y tampoco el peronismo podía pretender la restauración populista “contra” la razonabilidad y la pretensión aun presente en una parte afortunadamente amplia de la sociedad de que la ley se cumpla y de que los que deben dar cuenta de sus actos, lo hagan.

En ese marco es donde empieza a ser interesante la movida de Pichetto y la del gobierno que le abrió sus puertas. Pichetto garantiza que haya un horizonte sin Macri en el gobierno y que aun así, ciertas previsibilidades de la ley puedan ser aseguradas.

Y es en ese esquema en donde se empiezan a sentarse las bases de una república institucional, moderna, capitalista, productora y afluente. Si los actores del capitalismo, los que están dispuestos a asumir riesgos calculados, no advierten que la institucionalidad argentina pueda proyectarse más allá de algunos apellidos, no llegarán para asumir esos riesgos y sin ellos solo nos espera la miseria.

Está claro que más allá de estos aprendizajes (del gobierno, del radicalismo, de esa parte del peronismo) todavía el país vive sujeto a la amenaza populista. La perspectiva de que el movimiento totalitario (confeso a través de su propio nombre) Frente de Todos gane las elecciones es completamente refractaria a la idea de una democracia estable en donde vaya a respetarse la continuidad institucional de un modelo o perfil de país. Al contrario, por varias ideas ya adelantadas por muchas de sus principales figuras, lo que se viene es un regreso a la arbitrariedad, al encierro, a la impunidad, a la corrupción, al robo, al aislamiento y, lo que es peor, a la venganza.

Ningún actor decisivo en el capitalismo permanecerá aquí en esas condiciones. Si ya no lo hizo durante el gobierno de Cambiemos porque éste no pudo asegurarle, justamente, la proyección de un horizonte no populista, no vendrá con el populismo en el gobierno. El populismo ni siquiera es una dictadura eficiente. Es un aquelarre de despilfarro y estafas en donde solo se utilizan los sillones de Estado para enriquecer a una casta privilegiada que vive de los pobres, los usa como preservativos y se ríe de ellos cuando los ve vivir en el barro al que los condena.