En manos de vendedores de humo

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En la Argentina el tiempo sigue pasando y nadie parece delinear una política para atacar el principal problema que la aqueja que es el déficit fiscal. Mientras la diferencia entre los gastos y los recursos sea de esta magnitud, ningún proyecto de desarrollo  sustentable será posible en el país.

En ese sentido el proyecto de modificación del impuesto a las ganancias que pasó de Diputados a Senadores, no hace otra cosa que empeorar el problema. Los impuestos insólitos que crea –y en algunos casos que restablece a solo meses de que se hayan derogado, dando una imagen de desorganización y de falta de planes coherentes y serios en materia económica- no tienen la capacidad de hacer ingresar recursos que compensen lo que se pierde por la modificación de las escalas del impuesto a las ganancias y además crean múltiples distorsiones que provocarán comportamientos antieconómicos de la sociedad que no harán más que contribuir a la profundización de los problemas.

La llamada “renta financiera” es una verdadera carcajada en un país cuya inflación devora el producto de los plazos fijos. Si encima se establece un impuesto la gente irá a comprar dólares.

El Congreso debería, por ejemplo, haber puesto atención a terminar con la injusticia de pagar impuestos sobre ganancias infladas artificialmente, como sucede con las empresas que tienen prohibido dese la Convertibilidad ajustar sus balances por el incremento de precios.

Esa farsa le hace perder millones al sector privado que se ve ahogado y sin capacidad de reinversión, los únicos motores genuinos de un despegue económico.

Las empresas pagan impuestos a un “número” que no tiene nada que ver con su ganancia cuando se desagrega la grasa inflacionaria. Nadie toma debida cuenta de esta injusticia y de esta traba a la inversión real.

Las provincias, principales destinos de los fondos coparticipables del impuesto a las ganancias, perderán fortunas por la aplicación de la nueva ley. Solo el ánimo destituyente-a-como-de-lugar del peronismo puede proponer una ley así, bajo el argumento de que es mejor para los  trabajadores. Que quede claro: los trabajadores estarán peor, mucho peor, con esta ley y el empecinamiento por aprobarla no será otra cosa más que un nuevo capítulo del viejo libro peronista de usar la demagogia verbal para favorecer a la casta privilegiada que integra su nomenklatura.

El reciente blanqueo lanzado por el gobierno también se verá afectado por este mamarracho toda vez que crea impuestos sobre activos alcanzados por la ley de sinceramiento fiscal. Se trata obviamente de una nueva aplicación del viejo principio del Estado traidor que te atrapa con promesas que luego no solo no cumple sino que aprueba medidas en el sentido exactamente opuesto al que prometió.

Jamás se logrará una convocatoria seria a los dueños del capital nacional e internacional de esta manera. Si alguien armara un plan para espantarlos empezaría justamente por estos pasos que consisten en suprimir y generar impuestos todo el tiempo, de cuya suma algebraica siempre resulta un aumento de la carga tributaria sobre los contribuyentes.

Mientras tanto nadie abre la boca para proponer la baja de su un solo gasto. El gobierno tampoco. Luego del “retiro espiritual” en Chapadmalal se supo que el presidente pidió a su equipo hacer ajustes de gastos en los terrenos considerados “prescindibles”. Seguramente sobrevendrá el consabido ahorro de café en las oficinas públicas.

Ningún recorte del nivel que necesita la Argentina provendrá de cortar el café en el Estado. El gobierno debe asumir el rol de un administrador responsable y rápidamente explicar que no puede seguir entregando planes sin una contraprestación productiva a cambio. Es preciso poner en marcha un programa que matemáticamente demuestre que el que recibe un plan produce una cantidad de riqueza marginal igual o superior al valor del plan.

El propio Perón decía que cada argentino debía producir por lo menos lo que consumía. ¿Qué quedó de aquella apelación a la lógica económica? Solo demagogia.

La Argentina precisa docentes que le expliquen cómo los políticos le venden espejitos de colores para seguir aprovechándose de ella.  Mientras  una parte sustancial de la sociedad siga creyendo –honradamente o por razones de odios políticos bajos- la demagogia fiscal que quieren venderle los inescrupulosos que la trajeron hasta la miseria, el país no tendrá solución. Y seguirá prefiriendo morir antes de aceptar las evidencias que les muestren aquellos que hacen los últimos intentos por salvarla.