Macri inauguró su gobierno

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Finalmente el presidente Macri apareció en el CCK frente a las 150 personas más influyentes del país en lo que tuvo todos los matices de un verdadero discurso inaugural de un período presidencial. Es como si Macri recién hubiera asumido la presidencia ayer.

El discurso, como no podía ser de otra manera, fue muy general y abarcó una gran cantidad de temas. Pero no precisó cómo serían los pasos prácticos para que los objetivos trazados se conviertan en realidad.

Está claro que desde el punto de vista operativo la relación de los argentinos con el Estado (cuyo vehículo primordial son los impuestos) es el nudo neurálgico de todo este enorme desquicio en que el país se ha convertido en los últimos 70 años en materia de justicia tributaria, de igualdad ante la ley y de repartición de las cargas.

El presidente ha dicho que 8 millones de personas pagan impuestos para mantener a 20 millones.

Esa cuenta no tiene futuro, no tiene horizonte. No podemos hacer de cuenta y creernos la fantasía de que esto va a durar, porque eso no va a ocurrir.

Eventualmente -y mientras el país sea prolijo y al mundo le sobre el dinero- podremos extender la fábula pidiendo dinero prestado. Pero esa ecuación está destinada a explotar tarde o temprano. Ya hemos tenido pruebas en el pasado de que inexorablemente las cuentas se pagan.

De modo que la presentación del presidente de ayer al mediodía hay que entenderla en los términos de prevenirnos para hacer algo antes de que esa colisión se produzca: usar los tiempos de bonanza mundiales para hacer los ajustes que nos salven de caer en un nuevo abismo y en una nueva frustración.

Los desajustes que el país acumula luego de 70 años de populismo y de 12 de hipercorrupción son mayúsculos. Esos desajustes han generado injusticias de todo tipo cuya desvergüenza mayor es el índice de pobreza, cercano al 30% de la población. Es grosero y obsceno cómo franjas de la población se han enriquecido a la sombra de aquellos desequilibrios, mientras montones de argentinos veían sus posibilidades truncadas.

El Estado es una enorme estructura que absorbe recursos de modo indiscriminado y sin la menor muestra de justicia. La inexistencia de los ajustes por inflación, por ejemplo, obliga a los argentinos a pagar impuestos sobre números completamente ficticios que no reflejan de ninguna manera su realidad económica. No es extraño que cientos de miles de ciudadanos deban pagar impuestos cuando en realidad su situación económica respecto del año anterior empeoró. Por eso, entre otras cosas, 8 millones bancan a 20.

El presidente se refirió a algo con lo que venimos insistiendo en estas columnas desde hace tiempo: los regímenes especiales. No podemos seguir con un abanico enorme de estatutos ad hoc que se alejan de la ley común y que crean privilegios que encarecen la producción, tornan incompetitiva la economía argentina y, finalmente, repercuten en el consumidor que paga precios caros por productos malos.

Dar esa batalla y volver a que en la Argentina rija una ley más o menos común para todos será una tarea ciclópea.

Al mismo tiempo que el presidente hablaba, renunciaba a su cargo (por miedo a perder su jubilación privilegiada) la procuradora Gils Carbó. Se trató de una novedad institucional trascendente. No solo desde el punto de vita de la calidad democrática -que ya no resistía una quinta columna política incrustada en medio de la maquinaria judicial- sino desde el punto de vista económico y de las inversiones en tanto significa un avance enorme en términos de seguridad jurídica. Que la Justicia no esté dominada por una facción es un hecho que todo el mundo da por descontado pero que en la Argentina seguía siendo una asignatura pendiente. Esperemos que el presidente elija y el Senado confirme a un profesional sano, ecuánime y completamente aséptico desde el punto de vista de las filiaciones partidarias.

Hoy comenzará el verdadero trabajo. El ministro Dujovne (esto se escribe antes de que se conozcan sus reuniones y sus adelantos) comenzará a delinear los primeros trazos de la reforma tributaria.
Se trata de un sendero complicado y estrecho pero que debe comenzar necesariamente por una señal clara del Estado por la que notifique a la sociedad que ya no seguirá financiándose con inflación. Si el presidente dijo que la Argentina debe ser un país igualmente intolerante a la corrupción y a la inflación, su gobierno debe dar el primer paso siendo muy claro, diciéndole a la sociedad que dejará, mañana mismo, de cobrarle impuestos  a los argentinos sobre cifras completamente infladas que responden a las consecuencias de la mala administración estatal que genera un incremento nominal de los precios pero no un aumento del producto real sobre el cual el Estado tendría una eventual autoridad moral para taxar.

Los impuestos en la Argentina deben comenzar a cobrase sobre moneda constante así el Estado sabrá cuantos pares son tres botas y se verá en la necesidad perentoria de ajustarse a sí mismo. Mientras el gobierno tenga en su mano la herramienta fácil de cobrar impuestos “al aire” no sentirá la compulsión que precisa para reformarse.

Ningún país puede proyectar un escenario de estabilidad con el nivel de déficit fiscal que tiene la Argentina. Pero, tampoco, la estructura productiva de ningún país logrará auxiliarlo con la presión impositiva que tenemos nosotros.

Tampoco la ecuación de producción mejorará con los costos laborales no-salariales que tiene el país, producto (en enorme medida) de los regímenes especiales contra los que el presidente se quejó ayer y contra los que venimos advirtiendo desde hace 30 años.

La tarea es por lo que se ve enorme. Y la misma debe ser hecha para que el país no vuelque dentro de 6 o 7 años. Esperemos que ese ilusorio “colchón” de tiempo no engañe a quienes deben empezar a actuar ahora mismo para que, como siempre, las cosas no terminen siendo para la Argentina demasiado tarde.