Macri con Francisco

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Finalmente el presidente Macri se reunió con el Papa y la reunión transcurrió en un clima que confirmó que el jefe de la Iglesia no piensa darle al presidente el beneficio de la duda. Lo atendió como si Macri le hubiera hecho algo, aun cuando en otras ocasiones demostró comportarse de modo bien distinto con los que sí lo habían ninguneado y atacado. La verdad, no se sabe a qué atribuir este modo por el que ha optado Francisco para manejar la relación con el presidente democrático del país donde nació.

Ha distribuido sonrisas con personajes mucho más dudosos que Macri y tuvo con Cristina Fernández, la jefa residual de un clan que lo aborreció, concesiones impensadas.

La pobreza, que dicen es el desvelo de Bergoglio, se multiplicó tristemente durante el populismo kirchnerista. A su vez las fortunas inexplicadas e inexplicables (que provocan la ira del Papa) se convirtieron en el sello distintivo de la “década ganada”. La “señora” embolsó hasta el último centavo de su sueldo como presidente, mientras que Macri, desde que es funcionario público, lo dona a una organización social, Los Piletones de Margarita Barrientos.

Pueden ser gestos, pero en última instancia la validez de un discurso debe pasarse por el tamiz de las conductas y las decisiones personales, de aquellas que se toman con el bolsillo propio. Y en ese terreno Fernández no tiene otra cosa que mostrar que angurria, porque no donó -que se sepa (y si lo hubiera hecho que no quepan dudas que se hubiera encargado de que nos enteremos)- ni un vaso de agua desde que es funcionaria. Pero parece que el Papa toma más en cuenta la careteada de las actuaciones que la realidad de los hechos.

En el entorno del presidente no han tomado la actitud de Francisco de mala manera. Al contrario, dicen que hace rato tenían decidido darle a la relación con el Vaticano un encuadre formal y diplomático por contraste a la chabacanería que le imprimió la gestión anterior.

Pero quizás se olvide en ese razonamiento que una cosa es el Vaticano, otra el Papa y otra Bergoglio. Para una sociedad como la argentina, predominantemente católica y muy permeada por el razonamiento populista, es importante mantener una relación abierta con un Papa argentino.

No hay dudas de que Jorge Bergoglio no comprende los principios económicos que generan prosperidad, y, por alguna de sus manifestaciones, parecería que, incluso, podría llegar a tener un problema ontológico con la prosperidad en sí misma. En efecto no hace mucho ha dicho que la “cultura de la prosperidad” implica una incapacidad para sentir compasión por los pobres.

Parece mentira que un hombre inteligente no alcance a entender que la mayor compasión por los pobres la demuestra aquel que genera condiciones económicas donde la gente pueda ser no-pobre. ¿O acaso Francisco considera mejor que haya pobres porque es allí donde cala su discurso?

En eso, de ser así tendría una evidente coincidencia con el populismo kirchnerista que entendía que el éxito de su gestión debía medirse por la cantidad de planes sociales que ponía en vigencia, muy lejos de comprender, claro está, que el gobierno más exitoso es aquel que no necesita organizar planes porque ha generado unas condiciones económicas tales en donde el trabajo abunda y es bien remunerado. El mejor plan social es el trabajo bien pago.

Francisco no alcanza a entender esa vía regia para acabar con la pobreza. Ese ciclo comienza necesariamente con crear las condiciones para que haya inversión y la inversión es obvio que viene de los que más tienen. En su pensamiento de aldea, el Papa cree que toda política que tienda a generar un clima de inversiones es una política que favorece a los ricos, lejos de llevar el pensamiento más allá y ver el cuadro completo cuando “sus” pobres dejen la pobreza porque aquellas inversiones le dieron un buen trabajo y un buen salario.

No se sabe -aunque alunas fuentes dicen que sí- si Macri iba con la intención de explicar estos pormenores al Papa. Por lo demás, resulta difícil que un hombre como Bergoglio no los sepa. Lo que ocurre es que no los comparte: él sigue creyendo que la pobreza es un fenómeno atacable con paliativos pero que no puede erradicarse. Un presidente que habla de “pobreza cero” es alguien que tiene con él una diferencia insalvable.

El Papa aplica a las cuestiones económicas sus patrones espirituales. Cree que el drama de la miseria y la escasez puede enfrentarse con compasión. Está atado a la bienaventuranza de los pobres y no hay quien lo convenza de que aquella frase del Evangelio habla de la pobreza del espíritu, no la pobreza material. La pobreza del espíritu bien podría asemejarse a la humildad que, desde ya, no tiene nada que ver con la riqueza.

Macri, desde la aceptación de su falibilidad, parece mucho más humilde que Fernández que se autocalificaba como experta en todo, sin posibilidad de error. En ella sí que se reunían la soberbia y los millones. Sin embargo Francisco la avaló, más proclive a dejarse llevar por lo que las personas “dicen” que por lo que las personas “hacen” y lo que las personas “son”.

El Papa es el líder espiritual de una fe que no ha logrado resolver un dilema interno: veneran lo que denuncian, esto es, la pobreza. A la pobreza (que denuncian, y está muy bien que lo hagan) se la combate con riqueza, no con compasión. Las cuentas en el supermercado y el mínimo confort de la vida moderna no se pagan con compasión, se pagan con dinero.

El dinero es la manifestación de la productividad, otra de las cuestiones con las que Francisco parece tener un tema: recientemente expresó “la dignidad humana no puede ser pisoteada por exigencias productivas que enmascaran miopías individualistas”. ¿Qué es la dignidad humana sino tener acceso a los mínimos niveles de calidad de vida, confort y esparcimiento que una persona debe tener en el mundo de hoy? ¿Y cómo se va a producir ese nivel de vida sin preocuparse por la productividad? ¡Sería lo mismo que aspirar a producirlo sin producirlo! Un verdadero milagro. Tal vez sea esa la razón por la que resulta difícil entender a Francisco: él debe creer que ese milagro es posible.

Llenarse la boca hablando de los pobres no mejorará su situación. La palabra demagogia es la que, en español, mejor define esa conducta. Es una pena que el Papa cierre de un modo tan evidente su corazón a alguien que además de haber sido elegido por una mayoría democrática ha expresado como objetivos de su gobierno, metas compatibles –al menos en las palabras- con aquellos problemas por los que Francisco dice estar preocupado. Es tan penoso como ver a D’Elía, un antiguo injuriador de Bergoglio, tuitear fotos para hacerle creer a la gente que vive aferrado a su sotana.