Los tratados de libre comercio

El presidente Macri adelantó  en una reunión en la Cámara de empresas Pymes que el país junto a Brasil negocia un tratado de libre comercio con EEUU. El canciller Faurie confirmó que el país avanza en un tratado de ese tipo con Canadá, Singapur y Corea del Sur.

Se trata de un modelo de acción de gobierno que pone en el comercio la esperanza de abandonar la pobreza. El llegar a más mercados con productos nacionales, el alcanzar el poder de consumo de más personas está en el centro de ésta idea.

La Argentina adscribió a esta filosofía en todo el periodo en que conoció la gloria de la riqueza. Desde que la Constitución terminó con el encierro colonial (al que la había sometido primero la Colonia real y luego la Colonia de una mentalidad que se había encaramado en el caudillismo de la anarquía) el país inició un proceso de inserción mundial que lo llevó a lograr, en el pico de ese apogeo, una participación del 3% en el comercio mundial.

La Argentina era uno de los países más ricos del mundo -había llegado a ser el primer PBI mundial per cápita en 1896- y había multiplicado su población por 5 gracias a una inmigración básicamente europea que llegaba a una tierra nueva que lo único que le prometía era permitirles trabajar en paz y libremente.

Con  solo esos dos requisitos fue suficiente para que la Argentina sorprendiera a un mundo incrédulo que la proyectaba como los Estados Unidos del Sur. Aquí se emprendían obras de una envergadura completamente impensable en el resto de América Latina: ferrocarriles, subtes, obras fluviales, ciudades nuevas, procedimientos productivos para el campo exóticos para la región.

Todo eso fue producto de una concepción abierta de la sociedad que la ponía a competir -y a ganar- en el mundo. La Argentina pavoneaba su riqueza por los cuatro puntos cardinales del globo.

Ortega y Gasset escribió mucho sobre ese país que le causaba sensación cuando lo comparaba con su España aldeana. Pero el filósofo español ya advertía, aún en aquella opulencia, algo que no le cerraba. Él lo definió como una especie de temor, que hacia vivir al argentino “a la defensiva”, como si permanentemente alguien quisiera atacarlo. 

Ortega advertía que los argentinos parecían tener un caparazón impenetrable que saltaba como las espinas de un puerco espín cuando alguien intentaba sondearlo un poco más a fondo, entrarle, por así decirlo, en su intimidad. Era la semilla de lo que vendría años después.

Ese temor estalló cuando el mundo tuvo un primer cimbronazo fuerte en la crisis de 1929. Allí nacieron los primeros movimientos que echaron mano al temor “hacia lo de afuera”. El puerco espín desplegaba sus espinas contra lo exterior.

Todo se aceleró con el peronismo. El movimiento creado por el General apostó al encierro y encontró en aquel temor que Ortega había percibido 25 años antes, el mejor aliado para producir el efecto que tienen los caracoles cuando se acurrucan en su “casita”.

El país inició allí un enorme proceso de involución, de retracción sobre sus propias fronteras. De haber llegado a participar del 3% del comercio mundial, pasó a ser casi inexistente. Ese período coincide, a su vez, con el de mayor empobrecimiento de un país sin guerras ni catástrofes naturales en la historia humana.

La Argentina pasó a creer que el mercado interno era lo único importante y que había que tomar todas las medidas necesarias para protegerlo. El orden jurídico de la Constitución se cambió completamente para adecuarlo al imperio del miedo y de la cobardía. Del país que se comía a los chicos crudos pasamos a ser una isla en el concierto mundial.

Al lado de este proceso también creció algo que Ortega ya había previsto en sus visitas. El español había terminado por definir al argentino como un “guarango”, como un ser que a los codazos se hace lugar donde no lo hay, como una persona que se defiende sin que nadie lo ataque. Y si uno bien se fija es ese el perfil de personalidad que se ha afianzado entre nosotros: un maleducado, patotero, bravucón cuando está en barra, pero bastante miedoso de lo nuevo, temeroso ante lo extraño, reticente al cambio.

El resultado de todo esto ha sido una formidable porción de la economía que funciona en negro porque las regulaciones para protegerla de lo extraño son sencillamente imbancables y hacen inviable cualquier actividad.

Bajo la apariencia de un orden jurídico que funcione como un refugio para todos, se generó una realidad en donde el 40% de la población vive a la intemperie. Se trata de una paradoja gigantesca.

Obviamente, a la sombra de ese sistema, creció un abanico amplio de intereses que hoy se opone a cualquier atisbo de cambio porque se acostumbraron a una vida fácil, encerrada y con un mercado cautivo al que le puede vender productos y servicios caros y mal hechos.

Al mismo tiempo otro país de la región, como Chile, por ejemplo, se abrió al mundo, y hoy es uno  de los más libres del planeta, logrando reducir una pobreza estructural a menos del 10% de la población, con una pujanza y una diversificación que uno puede percibir ni bien pisa Santiago.

Estos procesos son lentos, pero es muy saludable que el presidente haya decidido encabezarlos. Los modelos están presentados. Sus consecuencias también. La Argentina ni siquiera tiene que mirar hacia afuera para ver lo que producen uno y otro. Ella misma vivió ambos. Sus glorias y sus miserias.