Los Juegos Olímpicos y la paradoja de los nombres

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La ceremonia inaugural de los juegos olímpicos en Rio de Janeiro sirvió para dar una repasada a todos los países que el Comité Olímpico tiene registrados, un listado que supera al de las Naciones Unidas.

A medida que las delegaciones pasaban y los locutores repetían con entusiasmo los nombres de los países se me iba haciendo cada vez más patente una contradicción evidente entre las denominaciones de algunos de esos países y los sistemas políticos que imperan en ellos.

Era particularmente sintomático encontrar las palabras “popular” o “democrática” incluida en los nombres oficiales de países en donde no gobierna el pueblo y en donde existe cualquier cosa menos democracia.

Allí estaban la “República Democrática del Congo”, la “República Popular China”, la “República Democrática de Angola”, la “República Democrática de Uganda…”

Con un dejo de sonrisa y nostalgia recordé las épocas en las que en la radio había inventado una sección para el programa que hacíamos con Marcelo Longobardi, llamada “desconfíe”.

Todo empezó medio de casualidad, pero de a poco, broma va, broma viene, se fue convirtiendo en una radiografía de la hipocresía, en una recopilación de frases que todos los días repetimos los argentinos para esconder un accionar directamente contrario a lo que decimos.

Todos los días, todos los que participábamos en el programa (Charly Fernández, Willy Kohan, Laura Iordanjian, las chicas de la producción y, por supuesto Marcelo y yo), nos caíamos todas las tardes con “desconfíes” nuevos, producto de nuestras propias comprobaciones empíricas, casi callejeras. Nos reíamos de lo lindo, aun cuando el tema encerrara un verdadero drama. (“Desconfíe de todo aquel que, después de estar esperándolo una hora en el lugar de encuentro, lo llama y le dice ‘no sabes lo que me pasó…’”; “Desconfíe de todo aquel que lo llama para avisarle “estoy a dos cuadras…’”; “Desconfíe de todo aquel que, dando muestras inconfundibles de que no tiene la menor idea de quién es usted, lo saluda con un beso y le dice “como andas, querido…!”)

Hasta habíamos incursionado en lo internacional. Recuerdo uno en inglés “Whenever you see ‘for your convenience’, read ‘for OUR convenience’”, en referencia a esos carteles típicos de los lugares públicos en EEUU que lo invitan a uno a hacer algo queriéndolo convencer de que es en su propio beneficio cuando en realidad es en beneficio de quien lo invita a hacerlo (una tienda, un cine, una universidad, en fin, lo que sea.)

Recuerdo que el bloque –con el que cerrábamos el programa todos los días- fue evolucionando hasta identificar un “desconfíe” emblemático, una bandera, uno que de alguna manera simbolizaba a todo el resto de embustes con los que uno intenta distraer o conformar a quien lo escucha. Era: “Desconfíe de todo aquel que, teniendo usted que hablar urgentemente con él, le diga: ‘quedate tranquilo, yo te llamo’”. Con él nos despedíamos todas las noches, en medio de lo que en el fondo eran unas tristes carcajadas.

Al ver a todas esas delegaciones cruelmente mentirosas, escandalosamente cínicas y patéticamente falsas, me volví 20 años atrás e inventé un “desconfíe” ad hoc: “Desconfíe de la calidad democrática o popular de todo país que, en su nombre oficial, lleve las palabras ‘democrática’ o ‘popular’”

En efecto todos esos países son (y fueron) dictaduras impresentables. Recuerdo otro bomboncito: la República Democrática de Alemania Oriental. Nunca la democracia y la libertad estuvieron menos vigentes en esos lugares que mientras la palabra “democrática” integró su nombre. Nunca gobernó el pueblo, sino una nomenklatura elitista y desigual que ocupó su lugar, allí donde el nombre oficial del país alardeaba de lo “popular”.

Y de repente me acordé, mientras las delegaciones seguían pasando, las alucinaciones “democráticas” del kirchnerismo que empalagaba todo pomposo proyecto que presentaba con el exagerado uso de esa palabra. Recordé el actual espectáculo de Hebe de Bonafini, llevando a los hechos el desiderátum mundial de la izquierda: elevar, efectivamente, a un umbral desigual y por encima de la ley, a una élite gobernante intocable y físicamente inalcanzable por el derecho común aplicable a todo el resto de la sociedad esclava.

Me vino a la mente el nombre del nuevo ”Instituto” aguantadero de procesados: el “Instituto Patria”. Y me pregunté si a él no le cabía también un desconfíe parecido porque los que allí conviven, el único elemento común que tienen con la Patria es haberla robado.

El lenguaje es nuestra primera herramienta cultural. Detrás de él se esconden trampas, avivadas, “letras chicas”. Pero quien bien lo interprete puede encontrar allí una vía regia (como diría Freud) y rápida para descifrar ese contenido oculto que no busca otra cosa que engañarnos, para obtener de la mentira un beneficio personal cuya contracara es nuestro perjuicio.

Hay que estar atentos al uso empalagoso de los términos “democrática”, “popular”, “patria…” Detrás de ellos suelen esconderse un conjunto de vivos que vienen a adueñarse del país, a constituir una verdadera clase desigual (la de ellos mismos) y a robarse todo, mientras la pobre gente termina en la miseria.


  • Oscar Mary

    Carlos: además de los ejemplos que mencionás no te olvides de dos verbos que también dan para el “desconfíe”: democratizar y empoderar.