La verdadera victoria de Vidal

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La gobernadora Vidal obtuvo ayer una victoria en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires que va más allá de la importante aprobación del presupuesto. Como se sabe, esa iniciativa había sido rechazada hace quince días cuando el jefe de la bancada del FpV, Jose “Xipolitakis” Ottavis 

-dicen algunos, siguiendo órdenes expresas de Cristina Kirchner- hizo votar en contra a todo el bloque de ese sector.

La decisión produjo una rebelión entre los intendentes de la provincia que veían cómo los dineros que esperaban con desesperación, se alejaban de sus escritorios sin fecha de regreso.

Movidos por esa urgencia conminaron al bloque de K a rever la posición, negociar con Cambiemos y con el Frente Renovador y llegar a alguna solución que le permitiera a la gobernadora contar con los recursos para repartir.

El gran punto de la ley de presupuesto provincial era la autorización para tomar deuda que permitiera atender los múltiples desastres que había dejado el gobernador Scioli, que se había retirado del gobierno debiéndole a cada santo una vela con más el agravante de no haber dejado asentadas esas obligaciones en ningún lado.

La nueva administración descubría facturas por pagar poco menos que a cada paso, facturas que sumaban miles de millones y que también comprendían obligaciones con los pueblos del interior.

Esas necesidades hicieron que varios diputados del FpV tuvieran que sentarse a una mesa más allá de lo que fueran los caprichos de una líder solo guiada por el rencor y la revancha.

El resultado de todas esas circunstancias sumadas culminó ayer con la ley aprobada. Pero esa cuestión no debe hacer pasar por alto el enorme hecho político que acaba de acontecer, el cual puede convertirse en un antecedente de lo que vendrá.

En efecto, las practicidades propias de la tarea de gobierno -cuando ésta decide realizarse aunque sea con un mínimo de buena fe- ha impuesto un principio de racionalidad, ajeno a las tirrias y a las venganzas, que derivó en la fractura del bloque opositor del FpV entre aquellos que decidieron dar su voto para que el presupuesto sea aprobado y los que decidieron mantenerse fieles a la postura del odio cuyo faro alumbra desde El Calafate.

El presupuesto fue aprobado con una autorización de endeudamiento 30% inferior a lo pedido por el poder ejecutivo de la provincia: Vidal había solicitado 90 mil millones y se le aprobaron 60 mil.

Hubiera sido interesante aquí que los legisladores que pusieron esa condición para entregar su voto hubieran acercado, al mismo tiempo, algunas ideas sobre cómo cubrir las necesidades presupuestarias por los otros $ 30 mil millones de pesos.

En efecto, la solicitud del ejecutivo por 90 mil millones estaba basada prácticamente en los agujeros de deudas impagas encontrados luego del cambio de gobierno. Ni siquiera había capacidad para destinar parte de esos fondos a obras nuevas o emprendimientos originales. Por lo tanto quien niega una herramienta de maniobras a otro debe necesariamente acercarle una alternativa, salvo que su cometido en la vida solo este animado por el boicot.

De todos modos, insistimos, la lectura política que debe hacerse aquí es que “la necesidad tiene cara de hereje” y cuestiones completamente materiales y desprovistas de todo verso romántico y épico han acercado a dos posturas políticas a sellar un acuerdo de gobernabilidad.

Por supuesto que todo el mundo se pregunta si esto que ocurrió en Buenos Aires no terminará sucediendo en todo el país y, desde ya, en el orden nacional en el Congreso cuando éste abra sus sesiones ordinarias el 1 de marzo.

Algunos indicios ya han comenzado a darse en ese sentido. Miguel Angel Picheto el jefe de la bancada de senadores del FpV dio su acuerdo para que se revisen los ingresos de 2035 agentes que el ex vicepresidente Boudou tomó para la Cámara Alta antes de irse y que la vicepresidente Michetti ha puesto bajo revisión desde que llegó. Héctor Recalde, el jefe de los diputados opositores se ha manifestado en forma similar no avalando la continuidad de personas que cobran un sueldo y no trabajan.

En ese sentido, visto retrospectivamente, es interesante preguntarse qué tenía en la cabeza el gobierno de Cristina Kirchner antes de dejar el poder: ¿realmente creían que podían meter por la ventana 20 mil agentes nuevos en el Estado y que no iba a pasar nada? A veces la borrachera del poder hace que te creas fantasías imposibles.

Por supuesto que este razonamiento de la “negociación” también vale para Cambiemos. Obviamente que el gobierno de Macri también va a tener que “entregar” algunas banderas para obtener a cambio el apoyo para lo que considere prioritario. En ese sentido debería estar elaborándose una especie de lista de prioridades para estar listo a renunciar a las de más baja valuación para conseguir las que se consideren con valor más alto.

Ese clima se va a terminar imponiendo por el propio peso de la realidad, tan como ocurrió en Buenos Aires. El peronismo tiene aún muchas jurisdicciones a su cargo. Jurisdicciones que dan votos y que dan votos en la medida en que los electores vean que se hace algo por ellos. Si por mantenerse fiel a una señora solo guiada por el espíritu de la venganza más cerrada, van a poner en peligro la administración y el trato cotidiano con el vecino, es posible que eso luego se traduzca en una formidable paliza electoral. ¿Qué puede darles Cristina más que mensajes incendiarios como el que, desde Facebook  y con la ayuda del peor ministro de economía que registra la historia argentina, intentó ayer a manera de glosas a los dichos de Prat Gay? Nada; Cristina no puede darles nada. Con sus promesas revolucionarias enfundadas en blusas de Louis Vuitton, no puede abrir el grifo de ninguna canilla para que le lluevan recursos a los intendentes y a los gobernadores que los precisan: esa etapa en que la dictadura de “la caja” domaba las voluntades de todos se le terminó.

La Argentina ha vivido casi siempre bajo el imperio de caudillos. Esa época debe terminar. La idolatría de un ser místico que amenaza y gobierna con el terror, también. Es hora de que se instale en el país la verdadera cultura democrática que consiste en dialogar, transar (una palabra que paradójicamente tiene mala prensa en el vocabulario político) y llegar a compromisos viables en beneficio de los que votan y pagan los impuestos y no en beneficio de líderes que toman el Estado como si fuera un botín propio y desde el que domestican a todos como si fueran sus esclavos.