La riqueza como fin querido

04 Jun 2001 --- Happy money man --- Image by © Thomas Röpke/CORBIS

¿Puede la Argentina mejorar su standard de vida? No hay dudas de que ese debería ser el objetivo ideal de cualquier gobierno y el deseo normal de la sociedad.

Pero la respuesta por más que parezca sencilla no lo es. En este contexto deberíamos comenzar por definir lo que entendemos por “standard de vida”. Parecería que esa noción tiene que ver necesariamente con el nivel afluencia económica medio de la sociedad o, al menos, con un alto grado de conexión con la cantidad de riqueza material producida y con cómo está distribuida.

Es cierto que el concepto completo debe incluir otros ítems como el desarrollo humano, la educación, la salud pública, la expectativa de vida al nace, etcétera.

Pero todos esos capítulos también dependen en gran medida del desarrollo económico con lo que  el componente, digamos, material de la ecuación es bien alto.

Parecería entonces que para empezar a tener un bosquejo de respuesta habría que empezar por decir que la Argentina podría mejorar su standard de vida si mejorara su ecuación económica. Para decirlo simple, si fuera más rica.

Si esto es así, podríamos reformular la pregunta y decir ¿puede la Argentina ser más rica? o ¿pueden los argentinos ser más ricos?

Y es aquí donde comienzan los problemas. No hay dudas que para llegar a algo hay que quererlo y, además, eso a lo que se quiere llegar debe tener una buena consideración pública, porque nadie va tras aquello mal visto o que tiene una baja consideración general.

¿Y cuál es nuestra valuación de la riqueza?, ¿nuestro concepto cotidiano? Por supuesto que nos gusta vivir bien, no hay dudas de ello. Pero nuestro discurso público tiene a la riqueza como un concepto vergonzante, al menos de la boca para afuera. Nuestra “pose” frente a la riqueza es, en principio, contraria, sospechosa y distante.

Es como si la quisiéramos pero hasta cierto punto, o como si no la quisiéramos mostrar o como si la buscáramos, pero nuestro discurso exterior dice que, en realidad, no la busca.

A su vez ese discurso exterior no es neutro. Al contrario, ejerce una influencia tácita como si fuera un reflejo condicionado sobre nuestras conductas, lo que a veces nos conduce a buscar la riqueza pero a ocultarla o a no buscarla por medios abiertos sino encubiertos.

Esta concepción sin dudas se transforma en un lastre a la hora de desplegar abiertamente nuestros recursos materiales, creativos y espirituales para encarar un proyecto o incluso para darle un determinado curso a nuestra vida.

Nuestra consideración pública no ya sobre la riqueza sino sobre los ricos, tampoco es favorable. En general tenemos a esas personas muy mal vistas y en muchos casos nuestros sentimientos hacia ellas combinan la envidia y la sospecha.

Naturalmente esto tiene una enorme conexión con el concepto que tenemos de las maneras de generar riqueza material y con la ética de la riqueza en general. Al estar en guerra con el concepto genérico de riqueza, también experimentamos inconvenientes con las formas que el mundo civilizado ha encontrado para producir riqueza. Así, nuestra aproximación a la inversión, el ahorro, el trabajo bien hecho y a la competencia es muy liviana. Podemos eventualmente llevarnos bien con el producto terminado llamado “riqueza” (ocultándolo, hablando mal de él en público –aunque disfrutándolo en privado-) pero nuestra relación con las herramientas para crearla es decididamente mala.

Como consecuencia de estas inconsistencias psicológicas respecto de la riqueza hemos generado caminos alternativos para producirla: nuestra tirria mental contra el producto nos llevó a estar en guerra con los procedimientos para obtenerlo.

Por lo tanto la sociedad funciona como un motor que “ratea”: anda, pero lo hace con serias dificultades, sin fluidez, como con “bronca” por andar. No hay dudas que existe algo profundamente distorsivo cuando se verifican conductas como estas.

La sociedad tiene (o al menos actúa como si tuviera) un enorme complejo de culpa por la riqueza material y, en alguna medida, no se siente plena con ella, como aquel que no disfruta la diversión porque en el fondo cree que es un pecado.

Obviamente es muy difícil alcanzar lo que en el fondo no se quiere, aun cuando digamos que sí lo queremos. Esa contradicción constante produce un enorme gasto de energía e incluso una gran infelicidad. Es como si toda la sociedad estuviera presa de un tironeo cotidiano.

En muchos casos hay una gran dosis de hipocresía en estos procesos, hipocresía que oculta esta guerra sorda entre lo que realmente nos gustaría y lo que el “mandato inconsciente” nos impone.

Si esa tensión no se rompe la sociedad vivirá constantemente atada, como atajando sus fuerzas naturales y en consecuencia presa de una minusvalía crónica para producir riqueza material.

Es un proceso muy parecido al que cientistas sociales y especialistas en la últimas ciencias no éticas han descubierto en los más íntimos pliegues de las conductas humanas respecto de la felicidad.

De acuerdo a estos estudios, está bastante probado que la felicidad es un estado decidible conscientemente, es decir, uno voluntariamente, podría ordenar la secuencia de sus pensamientos hacia la felicidad del mismo modo que puede decidir libremente lo contrario.

En el caso que nos ocupa, la sociedad podría libremente decidir que quiere la riqueza, del mismo modo que podría decidir que no la quiere, aun cuando de la boca para afuera diga que sí la quiere.

Aquellos estudios sobre la felicidad, por supuesto que admiten que nadie confesaría abiertamente que no quiere ser feliz. Pero lo que cuentan son las decisiones que uno toma cuando las posibilidades de serlo se presentan. Si ser feliz es vivir de acuerdo al ideal mental que cada uno tiene en la vida, puede parecer mentira, pero muchas personas cuando deben actuar y tomar decisiones que materializarían esa posibilidad no lo hacen. Por temor, por falta de decisión; por lo que sea, pero no lo hacen.

Si la sociedad argentina estuviera teniendo este tipo de comportamientos respecto de la riqueza material, la respuesta a nuestro interrogante inicial sería negativa: los argentinos no podremos mejorar nuestro standard de vida. Andaremos por la vida con cara de frustrados pero, en el fondo, habremos sido nosotros, libre y voluntariamente, los que hemos tomado esa decisión.