La prueba ácida de la grandeza

¿Se imaginan ustedes a Cristina Fernández o a algún peronista “federal” nombrando a Daniel Sabsay en la Corte Suprema de Justicia?

En ese solo ejemplo podría resumirse la prueba ácida de la República: la capacidad de un presidente para nombrar en el más alto tribunal de justicia del país (el que marcará el rumbo de la interpretación de la Constitución y de las leyes por décadas) a alguien que no es du su “palo”, alguien que no proviene de sus filas políticas o ideológicas.

Ni Fernández ni ningún peronista “racional” superaría esa prueba. De hecho jamás lo hicieron, toda vez que tuvieron la oportunidad para someterse a ella o que el destino los puso frente a la posibilidad de superarla.

Solo dos presidentes de la democracia, Raúl Alfonsín y Mauricio Macri, se han sometido a esa prueba y la superaron. Ambos tuvieron la oportunidad de nombrar jueces de la Corte (Alfonsín de hecho una Corte completa) y los dos fueron medidos, equidistantes y razonables a la hora de los nombramientos.

Alfonsín nombró seis jueces: los cinco iniciales de la Corte de la reinauguración democrática y uno más en 1985 por la renuncia de uno de los originarios. Los primeros fueron Enrique Petrachi (peronista), Genaro Carrió (socialista/radical), Carlos Fayt (socialista/liberal), Augusto Belluscio (radical) y José Severo Caballero (independiente). En 1985, Carrió renunció y Alfonsín nombró al liberal Jorge Bacqué.

Macri ni bien asumió tuvo la chance de llenar dos vacantes en la Corte. Designó a Carlos Rozenkratz (un académico independiente) y a Jorge Rosatti (peronista, ex ministro de Justicia de Néstor Kirchner)

Estos son los dos únicos presidentes de la democracia que han dado muestras de esa “grandeza” republicana que consiste en no mirarse el ombligo cuando se trata de nombrar magistrados para el tribunal que debe formatear el perfil de la interpretación de la ley y de la Constitución (con lo que de alguna manera se delinea el perfil de la sociedad y del país) sino pensar con la mente de un estadista que observa el horizonte y el caleidoscopio general y amplio de la sociedad, lo que diríamos, sin temor a las dudas o a las equivocaciones, una mirada generosa y no sectaria.

Ningún peronista ha podido decir eso. Y menos aún, claro está, el kirchnerismo.

Menem, por su lado, fue un caso especial porque si bien nombró varios jueces no-peronistas (Moliné O’Connor, Bossert, Boggiano, Oyhanarte) jugó con el aumento del número de jueces que él mismo propició, con lo que se aseguró lo que durante su mandato se conoció como “mayoría automática”. Esa jugarreta en alguna medida borra la “grandeza” de los nombramientos no-partidistas.

Reitero la pregunta inicial: ¿se imaginan ustedes a Cristina Fernández o a Rossi o a Solá o a Massa nombrando a Daniel Sabsay o a Gregorio Badeni en la Corte Suprema de Justicia? El solo planteo de la pregunta nos hace brotar una carcajada.

Hoy en día, incluso, y en especial desde la pelea palaciega entre Lorenzetti y Rozenkratz, se habla de una mayoría “peronista” en la Corte -integrada por Maqueda, Roratti y Lorenzetti- que falla sistemáticamente en contra de lo que sería la “conveniencia” de Macri. Es decir, el presidente, habría llevado al seno del más alto tribunal a un juez que, ahora, coligado con otros, falla de modo reiterado en contra de los deseos del gobierno. ¿Imaginan ustedes a Fernández teniendo que soportar algo así? Ni disfrazada de loro.

Pues bien, señores, cada vez que escuchemos las acusaciones de “Macri basura, vos sos la dictadura” acordémonos de esto. ¿Quién es el dictador, entonces? ¿El que lleva a un poder decisor incluso más poderoso que el propio a alguien que puede fallar en su contra o el que se asegura la obediencia debida desde los estrados más altos de la Justicia? No habría que hacer otras preguntas más que estas para dilucidar quién es el dictador.

Sin embargo la Argentina le da paño y lugar al activismo que logra convencer a parte de la sociedad que este es un gobierno de “ricos para ricos”, “una dictadura”, que “Macri es gato” y que es un “hijo de puta”.

La brutalidad y la ignorancia son el caldo de cultivo de la pobreza y la miseria. Y en ese revuelto de barro necio se revuelca la Argentina de las últimas décadas.