La otra grieta

Hoy Alberto Fernández tuiteó un pedido a Marcos Peña para que sus trolls dejaran de esparcir noticias falsas sobre su estado de salud y sobre su supuesta internación en el Sanatorio Otamendi.

En el mismo tuit le dijo que estaba muy bien, ocupándose de arreglar el “caos que nos dejan”.

Es interesante que uno de los mayores explicadores del caos que recibió Mauricio Macri de Cristina Fernández (y que el presidente no explicó a la sociedad) esté ahora todo el día dándole a la cantinela de la herencia.

Quien le entregará el mando el 10 de diciembre fue muy cuidadoso en atormentar a la sociedad con ese discurso. Al contrario: lo ocultó deliberadamente en una de las movidas que muchos le achacamos como uno de los más graves errores de su administración.

Aquí mismo, el otro día, especulábamos con que Macri quizás pueda haberse inclinado por ese camino en la esperanza de que en el futuro a él lo trataran con la misma misericordia. Pero no: no hay misericordia para el gato, solo sarcasmos e ironías. Esa es la moneda con la que le pagaron su discreción.

Fernández atraviesa un periodo de enormes contradicciones. Y su Frente de Todos, ni hablar. Ayer por ejemplo, Axel Kicillof, el gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires, se reunió con María Eugenia Vidal y públicamente le solicitó que retrotraiga las tarifas de los servicios públicos.

Es decir un trabajo sucio cuyo costo político ya fue absorbido por Vidal, Kicillof pretendía que se deshaga para que, seguramente, sea él en un futuro cercano, el que vuelva a tener que pagar los precios por blanquear una realidad incontrastable.

Resulta, en ese sentido, particularmente llamativa la burrez del nuevo gobernador. Los que tuvimos la oportunidad de juzgarlo como ministro no teníamos dudas sobre su supina ignorancia y sobre su exagerado palmarés. Pero seguir recibiendo pruebas gratuitas, entregadas por él mismo, acerca de cuán bruto es, no puede dejar de asombrarnos. La gobernadora Vidal se reía a carcajadas cómo no pudiendo creer lo que escuchaba.

El desbarajuste interno que tiene el presidente electo es, sin dudas, muy preocupante. No habían pasado quince minutos desde que se conocieron los números que lo daban como ganador que aparecía en un escenario como el invitado de la fiesta de otros.

Las caras de los personajes que poblaron la “fiestita de Axel” el domingo por la noche, no podían ser más elocuentes. Sergio y Malena Massa no sabían si quedarse o retirarse. De su expresión nop se deducía una victoria. Cristina Fernández, exultante, le decía a Mauricio Macri cómo gobernar, poniéndose, naturalmente ella, como ejemplo, especialmente por lo hecho durante lo que ella misma llamó “traspaso” entre noviembre y diciembre de 2015. Si no hubiera sido trágico, sería cómico.

El mayor problema del presidente electo no es el dólar o el nivel de reservas o los vencimientos de la deuda. El mayor problema es cómo va a hacer para definir su jefatura de manera indubitable.

Él sabe que la esgrima de estiletazos cruzados que nos está ofreciendo junto con la jefa de la banda no puede durar mucho tiempo: esa guerra constante de indirectas en donde uno encumbra a un gobernador por encima de un presidente que acaba de ser electo y otro le responde con un acto que reúne a los principales enemigos de su compañera de fórmula no es un método adecuado para timonear un barco en la tempestad en la que se halla.

El problema es que todos los que votaron esa fórmula secretamente conocían esa enorme grieta interna que la socavaba desde el primer minuto. Pero la votaron igual. Muchos lo habrán hecho esperando que el lado al que realmente apoyan finalmente le doble el codo al otro: los kirchneristas esperando que Alberto sucumba a manos de Cristina Elisabet y los peronistas ortodoxos creyendo que finalmente Alberto doblegará a la multiprocesada vicepresidente electa.

Es una vuelta más de un clásico peronista que, con el país como rehén, termina resolviendo sus disputas internas a los tiros.

Realmente no se sabe a ciencia cierta si Alberto Fernández tuvo alguna indisposición en Tucumán o si tuvieron que atenderlo hoy. Pero lo cierto es que por su cabeza deben pasar todas estas incertidumbres.

Él ha sido hasta ahora el gestor del poder de otro. Un auténtico rosquero que se las ha ingeniado para administrar tempestades que causaban los demás. Pero ahora el ruido lo produce él. ¿Podrá urdir una tela que atrape a sus enemigos y lo deje claramente al mando?

El peronismo es un mundo que solo respeta a un jefe. No admite el poder bifronte, ni los mandos colegiados. Se parece, en ese (y en muchos sentidos) a un cuartel: busca denodadamente la figura del General a cargo, porque de lo contrario parecería que no puede moverse.

El problema es que hoy hay tropa para un par de Generales. O uno abdica y entrega sus soldados o el otro actuará para sacárselos. No hay alternativa. El peronismo es así. No tiene remedio. Debe resolver quién manda. Por las buenas o por las malas.