La muerte del fiscal Marijuan

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La noticia sobre la muerte del fiscal Marijuan con la que nos despertamos esta mañana no podía ser más escabrosa, digna muestra de la decadencia moral en la que ha caído la Argentina en donde efectivamente se ha llegado al punto en donde los funcionarios judiciales que tienen la valentía de denunciar al presidente en ejercicio aparecen muertos en el baño de su casa con un tiro en la cabeza.

En efecto, Marijuan acababa de imputar a Macri, al jefe de gabinete y al ministro de hacienda por abuso de autoridad en el decreto reglamentario de la ley de blanqueo de capitales por el que el presidente había introducido una cláusula por la que los parientes de funcionarios actuales quedaban autorizados a sincerar activos en la medida que fueran anteriores a la asunción de los funcionarios actuales.

Esa disposición ya figuraba en el proyecto original que el Ejecutivo había mandado al Congreso pero los legisladores lo prohibieron expresamente.

La denuncia al presidente la había hecho la diputada Victoria Donda y Marijuan parece que había encontrado mérito para hacer la imputación de los funcionarios. Veinticuatro horas después apareció muerto.

Un país debe haber llegado a un grado de deterioro institucional y moral muy grande para que estas cosas ocurran. Ahora eleboran la teoría del suicidio. Dicen que el fiscal tenía una vida disipada que ya no controlaba y que decidió poner fin a sus días.

¿Pero quién puede creer eso? ¡Resulta que se le viene a ocurrir suicidarse justo el día siguiente a denunciar al presidente! ¡Qué casualidad!

Marijuan era un hombre de amplia trayectoria en la Justicia y todo el mundo lo veía con ganas de trabajar y de llevar su cometido hasta las últimas consecuencias. Era la primera vez que un fiscal denunciaba a un presidente en ejercicio. Pero no hay dudas el desbarranque ético que vive la Argentina era completamente incompatible con el funcionamiento normal e independiente de las instituciones: si era necesario terminar con la vida de un hombre para callarlo y proteger al presidente y a la caterva que lo acompaña, había que hacerlo.

Por supuesto las horas siguientes a la noticia estuvieron plagadas de datos que confirman que toda la escena fue descuidada y que muchas pruebas quizás se hayan perdido para siempre. Hasta apareció un testimonio increíble de un colaborador que confesó que el fiscal le había confesado que tenía miedo y que le había preguntado si tenía un arma y si podía facilitársela.

No hay dudas que el gobierno ya no mide ni le importan las consecuencias de sus actos. Solo está concentrado en defender sus negociados y en cubrir las espaldas de su gente, máxime cuando Marijuan había osado imputar a su jefe.

La muerte del fiscal con un tiro en la cabeza al día siguiente de imputar al presidente debe tomarse como un signo vital de la presencia del totalitarismo en la Argentina, del copamiento del poder por una banda delincuencial que ya no trepida en asesinar con tal de salirse con la suya.

Y digo asesinar porque la teoría del suicidio que esgrimen las autoridades es sencillamente intragable por falsa y desopilante.

Ahora estamos enfrente de dos causas, no de una: tenemos la denuncia original del fiscal y, ahora, la de su propia muerte.

No sería extraño que el gobierno despliegue sus alfiles en la Justicia para embarrar la cancha y tratar de sepultar ambas. Pero los argentinos deberían estar muy atentos porque en esto va la República. Si algún resto queda aún para salvar la dignidad de todos, ese resto deberíamos echarlo ahora, exigiendo que la muerte de Marijuan no sea en vano.


¿Qué diríamos si esta historia fuese cierta? Teóricamente no nos debería costar mucho el ejercicio de imaginación porque gracias a Dios Marijuan está sano y salvo, pero Nisman no; Nisman está muerto.

Después de todo ambos cometieron el mismo “desliz”: se les ocurrió la peregrina idea de imputar por la comisión de un delito a un presidente en ejercicio. Pero claro a uno se le ocurrió la idea (con las descomunales pruebas con las que contaba) durante un gobierno lisa y llanamente inmoral, autoritaria y delictivo. La iniciativa la pagó con la vida.

Por suerte Marijuan puede hoy hacer su trabajo sin que a nadie se le ocurra que va a aparecer con un tiro en la cabeza. Algo obviamente normal, pero que no era la “normalidad” de la Argentina hace tan solo unos años. En esa Argentina si era “normal” que un fiscal que tuviera la osadía de denunciar a la entonces Emperatriz del Calafate, fuera encontrado en un charco de sangre.

No ira en esto nuestro futuro económico –o quizás sí, porque todo tiene que ver con todo- pero definitivamente va nuestra moralidad, nuestra ética y nuestra institucionalidad. Y en ese terreno sí hubo un cambio para bien. Ya no mueren fiscales que hacen su trabajo. Ya no gobiernan los delincuentes.