La lucha argentina contra la vida adulta

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Las manifestaciones conscientes o inconscientes de los argentinos para no enfrentar sus problemas y resolverlos son sinceramente notables.

La última de ellas tiene, incluso, cierto nivel de sofisticación y de elaboración “científica”, buscando -seguramente- trasmitir la idea de que efectivamente hay elementos suficientes como para pensar de que no enfrentar los problemas sea mejor que enfrentarlos.

Digamos sin rodeos de qué se trata: desde que el sector más representativo del kirchnerismo (empezando por la Sra Fernández, muchos de sus ex ministros y otros personajes de la vida privada íntimamente vinculados a su gestión y a lo que se cree era una verdadera banda para robar dineros públicos) ha sido citado a Tribunales para declarar en calidad de imputado o procesado, se ha levantado una interpretación muy peligrosa para el futuro de la democracia, de la decencia y del respeto a la ley en la Argentina que es urgente explicar, desentrañar y dejar expuesta para que luego cada uno tome la postura que considere adecuada.

Esta corriente sostiene que el llevar ante la Justicia a las personas prominentes del gobierno anterior conlleva un riesgo para el cual el país no está preparado y que podría poner en riesgo la propia gobernabilidad democrática.

Para eso llaman la atención sobre los siguientes puntos:

– el apoyo que puede concitar la figura de Cristina Fernández

– la dudosa jerarquía de muchos de los jueces que investigan

– la necesidad que tiene el gobierno de contar con el apoyo del peronismo en el Congreso

– el hecho de que podría abrirse una Caja de Pandora cuyas derivaciones podrían poner en peligro la propia estabilidad del gobierno de Cambiemos

– el hecho de que pueda engendrarse violencia.

La combinación de estos factores, haría plausible, según esta teoría, la búsqueda de algún “acuerdo” que limite hasta donde va a llegar este proceso de sinceramiento legal.

Se trata, francamente, de una ocurrencia fantástica. En efecto, resulta increíble hasta dónde el ingenio argentino puede afinarse con tal de evitar ponerse de cara a la vigencia plena del Derecho.

En ese sentido, se le da entidad, incluso, ha afirmaciones como las de personajes como Esteche (a quien se le ha dado el simbólico título de “líder” de Quebracho, como si Quebracho fuera una ONG que mereciera el respeto social) que dijo a manera de amenaza: “ni se les ocurra, estamos preparados”. “Preparados para qué”, habría que preguntarle a Esteche. Y, en todo caso, ¿la policía y las fuerzas de seguridad no están preparadas para enfrentar a Esteche y a todo lo que él tenga “preparado”? La verdad que elevar la amenaza de un marginal a algo con entidad real como para detener el camino de la ley en la Argentina, es algo que no tiene nombre.

Otro de los elementos en que se basa esta paranoia es el “apoyo” que pueda suscitar la figura de Fernández. Como todo el mundo puede apreciar, hay aquí un intento de (al menos) plantear el hecho de que la aplicación de la ley quede sujeta a una cuestión cuantitativa, medible por la cantidad de gente que sea capaz de poner en la calle el imputado de un delito. La ecuación sería: “si un investigado por la Justicia es capaza de movilizar una cierta cantidad de gente en la vía pública, entonces es mejor archivar las actuaciones”.

Esto y decir que los delitos han pasado a ser “votables”, es todo uno. Si ese fuera el caso, querría decir que la sociedad está de acuerdo en que ciertos personajes estén más allá de la ley y que estén por encima de los demás ciudadanos en lo que toca a dar explicaciones ante la Justicia. Los argentinos deben dar una respuesta tajante, en uno u otro sentido, a este interrogante: quieren que haya privilegiados en la Argentina o no. Es así de sencillo. Aquí es interesante notar la curiosa paradoja de que, quienes enarbolan las banderas de los no-privilegios, estarían respaldando a una casta que se convertiría en impune por el privilegio de no estar alcanzada por la legislación que le es aplicable al resto de los ciudadanos.

Por lo demás -y aun en aquel sentido meramente cuantitativo-  las manifestaciones en favor de la Sra. Fernández han sido ostensiblemente minoritarias y reducidas a un grupo fanático y bullanguero que nos tuvo y nos tiene acostumbrados a extravagancias como ésta y que, desde ya, no puede tomarse como factor importante en ninguna de las decisiones que se tomen.

El tema político -que trae al debate la postura legislativa del peronismo con relación a los proyectos que el gobierno de Cambiemos necesita aprobar en el Congreso- también es interesante.

Lo que se dice es que la frágil situación que tiene el presidente con respecto a la sanción de leyes cruciales para su administración, no le permitiría “hacerse mucho el guapo” con el peronismo porque éste lo puede dejar colgado en Diputados y Senadores.

Y esta es una postura que, efectivamente, interpela tanto al peronismo como a la sociedad. El movimiento creado por Perón deberá decidir, alguna vez en la vida, en qué quiere convertirse: si en un aguantadero de delincuentes que aprovechan la política para volverse millonarios o si decide ser un partido serio de la República. Y la sociedad tendrá que convencerse, finalmente, que el presidente es un poder diferente del judicial y que no puede interferir en el camino que los jueces decidan tomar en las causas que tienen entre manos, de modo que, Macri puede estar muy interesado en no “jorobar” al peronismo (para seguir teniendo su apoyo en el Congreso) pero quien lo “joroba” no es Macri sino los jueces.

La Argentina tiene evidentemente un problema serio con el ingreso a la vida adulta; prefiere mantenerse en la inconsciencia adolecente. Pero es hora de que se ponga los pantalones largos y decida que quiere hacer de la ley en el país: si un instrumento de decoración, existente para complicarle la vida a unos y facilitársela a otros, o si dicha ley será la base de una convivencia pacífica y duradera, en donde todo el mundo sabe a qué atenerse y en donde se confía en un conjunto de hombres intachables que zanjará las diferencias de modo civilizado y sabiendo de antemano que sus decisiones serán respetadas y valoradas. Es la inexistencia de ese acuerdo básico y elemental el que puede poner en peligro la democracia, no, al contrario, la puesta en movimiento de los mecanismos que la definen.


  • Oscar Mary

    Es lo que se conoce como el “Síndrome de Peter Pan”. La sociedad se resiste a crecer, aceptarse como adulto y vivir como tal. Prefiere seguir como adolescente y, en muchos casos, como un niño al cuidado de otro.