La fascinación argentina por la calle

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El espectáculo que el fascismo vernáculo nos hizo vivir la semana pasada sirvió para poner en blanco sobre negro algunas cuestiones que venían confusas o al menos camufladas en la Argentina.

En primer lugar, no caben ya dudas de que el kirchnerismo es la versión consagrada final de la táctica comenzada por el  comunismo y el trotskismo en los años ’60.

Conocida en aquel comienzo como “entrismo” la estrategia consistía simplemente en infiltrar al peronismo para aprovechar su caudal electoral, mimetizarse en sus banderas “sociales” y encaramarse desde allí hacia los sillones del poder.

Solo la existencia de esa táctica explica cómo, en un país donde el comunismo es prácticamente inexistente desde el punto de vista electoral, tantos de sus jerarcas, defensores y creyentes hayan llegado a instalarse en los escaños mismos de las decisiones más trascendentes de la República.

El kirchnerismo constituyó la fase final y más sofisticada del entrismo.

Desde Zannini a Kicillof y desde Larroque a De Pedro, el espacio creado y financiado por el dinero robado por los Kirchner constituye el experimento más acabado que la izquierda jurásica ha desarrollado para hacerse del poder en la Argentina.

Durante doce años ejerció ese poder a fuerza de populismo puro, infiltrando y corrompiendo los cimientos mismos de la democracia, del Estado de Derecho y de la Constitución.

Ahora, desalojados del poder por el voto popular en tres elecciones consecutivas, han trasladado su locura incendiaria a la calle.

Aprovechando una pasión contra institucional de los argentinos por el descontrol del espacio público amenazan con quemar y romper todo si las cosas no son como dicen ellos.

Habría que identificar con nombre y apellido a quienes baten ese parche, desde Victoria Donda hasta Agustín Rossi y Leopoldo Moreau.

Uno tiene la sensación de que, de no haber existido las vallas y las empalizadas que rodeaban el Congreso el jueves pasado, todo podría haber terminado como el 27 de febrero de 1933 en Alemania, cuando los nazis quemaron el Reichstag para culpar de ello a sus opositores y se valieron de eso para alcanzar el poder con Hitler como canciller.

En la Argentina existe un nazismo trotkista encarnado básicamente por los activistas de izquierda y por el fascismo kirchnerista que quieren destituir al presidente.

Vencidos ambos inapelablemente en las urnas, quieren trasladar ahora la decisión de las leyes al ámbito callejero en donde hacen gala de su fuerza bruta, de su prepotencia y de su poder destructivo.

Su finalidad consiste en sustraer del ámbito de las instituciones el tratamiento de las leyes y someter el funcionamiento de la República a la fuerza bruta de la violencia callejera.

Cualquier legislador que atice ese fuego debería ser condenado socialmente por el pueblo y penalmente por los jueces. Arrebatarle al Congreso su facultad de dictar leyes para depositar esa prerrogativa en las manos violentas de los activistas los convierte en cómplices de la sedición y de la pretensión autoritaria de interrumpir el proceso democrático destituyendo al presidente democráticamente elegido y democráticamente ratificado.

Las pasiones sociales, las costumbres políticas de los argentinos (que sienten, repito, esa atracción inexplicable por la calle) no deberían apalancar a estos delincuentes ni servirles de apoyo o de plataforma de respaldo.

La sociedad no puede ser tan estúpida como para no distinguir quién está defendiendo -en este caso concreto- a los jubilados y quiénes los están usando una vez más para cubrir sus intereses personales.

Resulta francamente repugnante lo que está haciendo la Sra Fernández como toda respuesta para esquivar la cárcel. No hay dudas, a esta altura, que lo único que le importa es su propio traste y que si, para cuidarlo, es preciso mandar a sus hordas a quemar todo lo va a hacer, usando para ello cualquier pretexto.

De la izquierda delincuente ya sabemos lo que podemos esperar: violencia, destrucción, estragos, delitos, ruinas, desorden, desgracias, caos. Es la mercancía que venden y que el kirchnerismo les compra.

Por eso es la hora del peronismo responsable. El partido que ha hecho de la calle un culto, debe ahora recapacitar y regresar a los recintos preparados por las instituciones de la Constitución. Debe vaciar de contenido a los que vociferan una voz del pueblo que no es del pueblo sino de jerarcas enriquecidos que usan al pueblo como idiota útil y como carne de cañón. El peronismo responsable debe señalar la violencia indubitablemente y debe separarse de ella para que quienes la apañan y la estimulan queden a la intemperie y a la vista de la gente honrada.

Ese peronismo responsable debe saber que la mejor forma de defender a los jubilados es encontrar una forma para que el Estado pueda seguir pagándoles. No es con demagogia cómo se los defiende ni, mucho menos, usándolos como preservativos para evitar un futuro tras las rejas.

El fascismo callejero debe rendirse ante las instituciones de la Constitución.

Todos estos matones -de hecho y de palabra- deben ser sepultados por el peso de la ley. El Derecho vino para imponerse por sobre el grito, el empellón y el improperio. Si dejamos que nuestra fascinación por la calle les entregue a los arcángeles de la violencia el apoyo con el que buscan disimular su totalitarismo, la República se habrá perdido definitivamente.