La explicación no debe sufrir cansancio

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¿Por qué no habla el presidente? ¿Por qué no explica lo que pasa?, ¿Por qué aparecen Dujovne y Caputo en el día más difícil del gobierno y el presidente no está? ¿Por qué no nos  cuenta él mismo la real situación en la que estamos y los sacrificios que nos esperan?

La Argentina es un país que gasta más de los que gana. Y hace mucho que hace eso. Esa situación es insostenible por definición. Se puede muñequear por algún tiempo, pidiendo prestado, pagando mal. Pero llega un momento que es necesario equiparar los números: o se gasta menos o se ingresa más. O ambas cosas.

La sociedad honesta ya no puede bancar más impuestos. Esto por el lado de los ingresos. Estamos ahogados… asfixiados. Ya no damos más. Ocho millones de personas se sostienen a sí mismas y además bancan a otros 36 millones. Esa cuenta es insostenible en el tiempo. A menos que todos estemos de acuerdo en tomar como esclavos a esos ocho millones.

¿Por qué no sale el presidente a explicar esto? ¿Por qué está en silencio? ¿Será por las mismas razones que no dijo cómo recibió el país en 2015?

Ese misterio está aun irresuelto. Más allá de las explicaciones sobre el optimismo, el no agobiar a una sociedad esperanzada, etcétera, etcétera, esa decisión nunca fue explicada con racionalidad. Solo hubo justificaciones místicas, como la que dio hace unos días nomás uno de los grandes responsables de ese incalculable error, Jaime Duran Barba, que volvió a insistir en que la gente no bancaría, en el mundo de hoy, un gobierno que, como Churchill en su momento, le dijera a su pueblo “solo tengo sangre, sudor y lágrimas para ofrecer”.

¿Y si yo sospechara, Don Durán -con todo respeto- que usted está totalmente equivocado? ¿Si yo creyera que un conjunto honesto de personas capaz de sacrificarse primero ellas antes que nadie, podría enfrentar una cámara en la Argentina y decir: “Muchachos, les vengo a ofrecer sangre, sudor y lágrimas, pero estoy seguro que esta vez, por ese camino de austeridad creativa, honesta y persistente dejaremos atrás siete décadas de declinación”? ¿Qué diría usted?

Porque estoy convencido que existe ese espacio en la Argentina. Hay mucha gente que, con un discurso de ese orden dicho con sinceridad, crudeza y honestidad Y EN EL MOMENTO JUSTO, hubiera acompañado un proceso de larga duración y tendiente -sincera y coherentemente- a sacar a la Argentina del marasmo populista.

Por lo tanto, el verdadero misterio aquí, es por qué no lo hacen; por qué no lo hace el presidente. Hablar con la verdad, con la más cruda verdad sobre la mesa.

¿Será por ese mito de que Fernández usaba la cadena nacional hasta el hartazgo y este gobierno no quiere echar mano a ese instrumento por ese motivo?

Si es así, no puedo creer tanta tontería; tanta futilidad. Ese razonamiento sería más frívolo que las frivolidades que Fernández propagandeaba en sus cadenas. Una verdadera tilinguería.

La sociedad está ávida de sinceridad. Es mentira que si esa sinceridad trasmitiera un escenario complicado la gente retiraría su apoyo. Yo tiendo a creer que sería al revés.

Si ese escenario es explicado con paciencia, con docencia, con profesionalidad, con evidencias, la gente le entendería.

Lo que la gente no entiende son las chambonadas, los mensajes contradictorios. ¿Podemos o no podemos tener este nivel de gasto? ¿No era que lo que el estrafalario kirchnerismo había hecho era elaborar un relato fantasioso de la realidad con el que había engañado a la sociedad haciéndole creer un cuento de hadas inexistente en la realidad? ¿Y si ahora no contamos la verdad, por más cruda que sea, no estamos, también, sosteniendo una especie de “relato”?

Las sociedades necesitan de sus líderes. No de dioses, ni de personalidades mesiánicas que se crean dueñas de toda la verdad. Pero sí de líderes.

Y una sociedad como la Argentina, tan necesitada de “padres” que la guíen, aún más. En lo personal prefería que no fuera así, que la sociedad fuera lo suficientemente adulta como para no necesitar tutores. Pero no es el caso nuestro. O por lo menos no lo ha sido en la cultura que nos dominó (y nos destruyó) en los últimos 70 años.

Entonces el presidente debería darse cuenta de eso y saber que la gente valoraría mucho su presencia, su palabra, su explicación. Hay que explicar. La explicación no debe sufrir cansancio.

¿Se ha perdido todo el tiempo útil? ¿Ya es tarde? En gran medida sí. La propia imagen del presidente Macri se ha desdibujado mucho en los últimos meses. Pero quizás sea, entonces, el momento para hacer una movida audaz, una que de vuelta el escenario de pies a cabeza. Y esa movida debe ser personal del presidente. Macri debe dejar de escuchar a sus gurúes. Principalmente a Marcos Peña y a Jaime Durán Barba. Y hacer lo que le salga del estómago. Estoy seguro que si por él fuera lo haría. Hágalo, presidente Macri. No solo su futuro está en juego aquí.