La diferente normalidad de Argentina

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Las cosas que entran dentro de la “normalidad” argentina dan un poco la pauta de cómo somos como país y de cómo hemos llegado hasta donde llegamos.

Que un matón público, que ha llegado a protagonizar escenas del Far West, a los tiros por la televisión, en una emisión trasmitida en vivo (cuando los restos de perón fueron trasladados a San Vicente), amenace con “incendiar” la provincia en el caso de que lo detengan; que un delincuente disfrazado de sindicalista –como hay varios en la Argentina- haya utilizado a los trabajadores como escudos para enriquecerse y construir un verdadero imperio del cual dependía no solo el trabajo en ese sector tan importante de la economía, sino la propia existencia o no de las obras -incluida desde ya, la obra pública- da una pauta de cómo el sistema mafioso se enquistó en el Estado, se apoderó de él y transformó en normal la conducta criminal.

Los argentinos hemos apañado esto. Porque con mayor o menor detalle lo sabíamos. Sabíamos que las barras bravas de los equipos de fútbol han dejado de ser el “folclore” de ese deporte hace rato para pasar a constituir verdaderas fuerzas de choque que “venden” sus servicios a mafiosos que aprietan gente, roban, asesinan, extorsionan y hacen funcionar el aparato del Estado para su propio beneficio.

Decenas de periodistas especializados han denunciado esta connivencia por años. Lo han hecho a través de investigaciones serias, con fundamentos, con pruebas. Sin embargo los argentinos seguimos votando partidos, personas, frentes y agrupaciones claramente asociadas con ese sistema mafioso que hizo que ese mismo procedimiento escalara hasta las más altas esferas del manejo de la República.

En efecto, de los treinta y cuatro años de democracia, el peronismo gobernó 27 en completa asociación con este sindicalismo corrupto, matón, apretador, mafioso y prepotente. No solo fue su socio sino que constituyó, como el propio Perón lo manifestó, su “columna vertebral”.

Esa columna vertebral fue una quinta columna para el país. Un enemigo interior que impactó directamente en la decadencia argentina y en el funcionamiento completamente anormal de sus instituciones.

La detención del “Pata” Medina, como antes lo fue la del “Caballo” Suarez, ponen de manifiesto hasta qué punto el orden legal argentino permitió que la vida de todos nosotros estuviera secuestrada por la voluntad de estos señores que, en algunos casos, se creían dueños de los ríos y en otros dueños de las ciudades.

Una encuesta reciente de Eduardo Dalessio quizás ponga en blanco sobre negro esta verdadera anomalía. Allí el problema de la corrupción aparece completamente desvinculado –en la creencia de la gente- de los problemas cotidianos de la vida común. Solo el 2% de los encuestados consideró que la corrupción tiene un impacto en su vida, en su nivel de confort y en definitiva en qué clase de vida lleva.

Esa laxitud del votante argentino, esa falta de conciencia acerca de lo que significan los “Patas” Medina y los “Caballos” Suárez ha hecho posible que se perfeccionara un sistema corrupto que es mucho más sofisticado que la mera corrupción.

El sistema corrupto penetra las instituciones, se hace parte de ellas y termina por llevar al inconsciente colectivo promedio un sentido de la “normalidad” completamente anormal.

Está claro que los delincuentes que preparaban ayer bombas molotov en la puerta de la UOCRA en La Plata o los que tendían trampas de alambre invisible para provocar la caída de los policías en  moto que pretendían arrestar a Medina, no son “trabajadores” sino secuaces a sueldo de un mandamás que le quiere hacer creer a la ciudadanía que a él lo defiende el “pueblo pobre”.

Pero durante mucho más tiempo del recomendable gran parte de la sociedad se tragó ese verso; creyó, a lo mejor de buena fe, que estos señores defendían los intereses de los que menos tienen y las condiciones de trabajo de los que todos los días salen a trabajar a las 5 de la mañana.

¡No! Me atrevería a decir que en la inmensa mayoría de los casos el sindicalismo entero es más parecido a Medina y a Suarez que a dirigentes sanos que representan honradamente a sus afiliados.

A ver si nos entendemos: ¡Suarez tenía “vendidos” los ríos y los puertos de la Argentina!; ¡Medina extorsionaba a los constructores para que contrataran los servicios de sus empresas! ¡Esa gente, encima, pretende “incendiar” la provincia si se los toca!

No sé cuántos argentinos terminarán, finalmente, de abrir los ojos ante las evidencias. En muchos casos el solo hecho de no dar el brazo a torcer nos puede hacer insistir en la idea de que es el Sol el que gira alrededor de la Tierra y no al revés; muchos pueden creer que admitiendo que el peronismo es un movimiento seriamente vinculado con las mafias y con el sistema corrupto que gobierna a la Argentina desde hace 70 años están traicionando hasta sus propias tradiciones familiares, porque después de todo ¡el primer pan dulce que tuvo mi abuelo se lo regaló Evita!

Pero si esas tonterías son las que realmente hacen que la Argentina siga atada a un pasado que la arrastra hacia los dinosaurios, no sé, francamente, qué futuro podemos tener como país.

No hay peor ciego que el que no quiere ver y no hay peor sordo que el que conscientemente elige no escuchar. Pero todo eso no hace que lo que el conjunto de ciegos y sordos no ve y no escucha sea la “normalidad”. La normalidad es la normalidad. Y en esa normalidad el lugar de los “Patas” Medina y de los “Caballos” Suárez es la cárcel.