La culpa propia

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Las miradas sobre la espectacularidad de los hallazgos de millones y millones de dólares en bolsos revoleados por el aire, contados a mano mientras se toma whisky y se fuma habanos o en cajas de seguridad con las fajas de la Reserva Federal de los EEUU, pueden, quizás, hacer perder de vista el aspecto más importante de toda la trama de corrupción que ahora está saliendo a la superficie que fuera denunciada desde varios actores de la sociedad -incluidas, desde ya, estas columnas- y olímpicamente desoída en su momento.

Ese punto es que el torna posible estos negociados y el que permite que el sentido común medio de la sociedad se envicie tanto que, no solo no llega a percibir el mal, sino que, cuando se lo insinúa, lo niega con énfasis.

Ese aspecto es la construcción de un sistema de dominación totalitaria del Estado que por medio de un incesante bombardeo mediático, cultural, económico y de demagogia fascista penetra el subconsciente colectivo y lo amolda a sus propias conveniencias.

El kirchnerismo completó ese ciclo de dominación en una historia que no comienza en 2003 sino mucho antes, en Santa Cruz, con la puesta en marcha de un plan sistemático de saqueo público a cargo de una verdadera organización delictiva que necesitaba ocupar el sistema político para cumplir su objetivo de robo a gran escala.

Pero lo importante aquí es que la sociedad tenga en claro que hay un solo molde político compatible con el robo y ese molde es el que se propone monopolizar las ideas, estrangular la libertad civil y económica, destruir la alternancia democrática y estatizar la vida del ciudadano libre.

Todo eso es lo que se propuso y en gran medida logró el kirchnerismo porque, repetimos, solo con un modelo de servidumbre económica y civil se podía montar una maquinaria de saqueo impune desde el Estado.

Ha sucedido así en todos los autoritarismos y totalitarismos que el mundo conoció y conoce: un conjunto de aprovechadores que terminan millonarios haciéndose pasar por revolucionarios, mientras el pueblo zombie que lo vitorea termina en la miseria y la orfandad.

La nomenklatura soviética, el nazismo hitleriano, el fascismo de Mussolini, la payasada de los Castro… Siempre el mismo molde: anulación de las libertades civiles, monopolio político, terminación de la alternancia democrática, división de la sociedad, búsqueda de enemigos, nacionalismo de barricada, concentración de las decisiones en un puño y robo descarado de los recursos del pueblo.

Mientras la sociedad no esté dispuesta a no dejarse engañar más por esta manga de truhanes y a no creer más en versos mágicos que con un par de espejitos de colores la hacen caer como un chorlito en estos cuentos del tío, estos ladrones con el nombre de revolucionarios nac&pop van a seguir existiendo.

En el fondo del análisis somos nosotros los culpables de los que nos ha ocurrido. Ahora nos agarramos la cabeza y no podemos creerlo, pero mientras algunos advertían la mentira, la mayoría siguió votando a los ladrones. Es más, los ladrones sacaron 48% de los votos en las últimas elecciones y no ganaron de casualidad.

Entonces, muchachos, está muy bien que nos indignemos frentes a tanta grosería y obscenidad; frente al descaro  de montañas de dólares que aparecen en manos de la gente que siempre se supo que los tenían. Pero que algo quede claro: esto fue advertido, avisado, descripto y denunciado por unos cuantos y la sociedad prefirió seguir creyendo en los espejitos de colores.

No va en esto un elogio desmedido a aquellos que lo hemos dicho con anticipación: después de todo no hay ningún mérito en simplemente ver que lo que estaba pasando en la Argentina era lo que antes había pasado en muchos lugares del mundo en donde las páginas de este mismo manual de saqueo habían sido aplicadas con anterioridad.

Si la sociedad argentina no entiende de una buena vez que es la libertad individual y los derechos civiles lo que debe estar por encima de cualquier capitoste que se las venga a dar de capanga nacional y popular, el país no tendrá destino. Ese es el sistema que permite el robo: el estatismo que con el traje de venir a ayudarte te desvalija y te deja en pelotas. ¡¡Es el estatismo, estúpido..!!, diría James Carville.

Hacerse el ofendido porque te robaron sin admitir que vos le abriste la puerta al ladrón es tomar una vez más por el atajo fácil, otro de los tristes capítulos de las costumbres argentinas; costumbres que debemos hacer un esfuerzo colectivo e individual gigantesco para cambiar de raíz si no queremos volver a caer en los mismos dramas de siempre.