La casta se afirma

Si alguna duda quedaba sobre la enorme involución de la Argentina, ha quedado saldada ayer con la media sanción de la ley de emergencia económica.

Es como si el país se hubiera embarcado en una modernísima máquina del tiempo para, paradójicamente, iniciar un veloz viaje hacia el pasado, ya no de sí mismo, sino de la humanidad; un viaje a un tiempo en donde una elite privilegiada, inescrupulosa y desvergonzada, vivía disfrutando de todo el confort que aquéllas épocas podían entregar mientras el pueblo raso vivía esclavizado para producir lo que aquellos zánganos consumían.

Hoy puede parecer mentira y la gente creer que la historia humana trascurrió con más tiempo bajo democracias civilizadas que bajo dictaduras atroces, pero lo cierto es que la Historia muestra lo contrario: el hombre vivió muchísimo más tiempo bajo el yugo inhumano de jerarcas privilegiados que lo tenían todo (mientras él se moría de hambre) que bajo sistemas que contemplan las suavidades democráticas.

Cuatrocientos años de evolución del Derecho lograron configurar un mundo liberal-capitalista que terminó con las castas, con los privilegios del príncipe, con las diferencias de los seres humanos ante la ley, al mismo tiempo que organizaba un orden jurídico nuevo bajo el cual las personas podían progresar en igualdad legal, buscar su propia felicidad y consagrar la inviolabilidad del fruto del trabajo propio y de la vida como bienes inalienables.

El progreso de ese sistema motivó el crecimiento de la ciencia, la eliminación de enfermedades, el alargamiento de la vida, la producción masiva de bienes de confort que ni siquiera aquellas castas privilegiadas de la Edad Media pudieron imaginar ni de cerca, y la disminución dramática de la pobreza a escala mundial. Nunca hubo menos pobres en el mundo que hoy.

La Argentina parece querer abstenerse voluntariamente de ese mundo; parece querer volver -por el modo en que vota y decide en sus elecciones- al establecimiento de un mundo feudal en donde un conjunto de “señores” están por encima de la ley, pueden violarla sin que les ocurra nada, vivir como los antiguos reyes absolutos (pero, claro, con los enseres y goces del mundo de hoy, como viajar, vestirse con determinada ropa, alimentarse, tener acceso a una salud privilegiada, acceder a la propiedad de muebles e inmuebles costosísimos) y establecer con el hombre común una diferencia sustancial en el curso normal de sus vidas. De hecho la Argentina tiene más pobres hoy que hace 75 años.

Esto es lo que la sociedad eligió el 27 de octubre: impunidad para los políticos delincuentes, leyes especiales para ellos (que no son las que se le aplican al hombre común), poder absoluto de los políticos sobre la sociedad civil, financiamiento por ésta de todos los lujos con los que viven aquéllos y emancipación de los políticos del principio de igualdad ante la ley y de la vigencia universal del Estado de Derecho. Esto es lo que la mayoría de los argentinos votaron. Les guste admitirlo o no.

Algunos se preguntarán cómo un conjunto tan grande de gente puede decidir en contra de sus propios intereses y votar, voluntariamente, por la esclavitud propia y la inimputabilidad de los dirigentes. ¡Ahhhh…!: son los misterios del resentimiento, de la furia y de la envidia, mi viejo.

Esas rastreras formas de la expresión humana no responden a meditaciones racionales; son, al contrario, las pulsiones de lo peor del alma humana, la manifestación exterior de un estado de podredumbre interior que explica muchas cuestiones que aparecen como inexplicables en la superficie.

La ley aprobada en Diputados ayer suspende como todo el mundo sabe ya, la fórmula de movilidad jubilatoria automática. El sistema será reemplazado por aumentos por decreto dados por el Príncipe.

Independientemente del hecho de que es evidente que algo había que hacer con el sistema jubilatorio (es más, lo que se reclamó constantemente al gobierno de Cambiemos desde los sectores más demócrata/racionales del país era justamente, la reforma laboral -para sacar las cargas que impiden generar trabajo-, la reforma impositiva -para bajar impuestos y alimentar la inversión productiva- y la reforma jubilatoria -para hacer un sistema previsional pagable y sustentable en el tiempo-) lo que nunca podría haberse aprobado, hacia donde nunca debería haberse avanzado, es a condenar a los jubilados “civiles” a la concesión graciosa del Príncipe -lo que va a generar no solo la no-solución del problema de fondo sino, nuevamente, un fenomenal aplanamiento de la pirámide jubilatoria- y premiar a los jubilados de la “casta” con una exclusión expresa de la suspensión de la movilidad y dejar que para ellos sí siga vigente.

Se trata de una notificación expresa dirigida a la mismísima cara de la gente de que se cagan en vos, de que solo les importa constituirse en una corte feudal privilegiada a la vista de todo el mundo y de que los jubilados y los pobres les importan un soberano carajo.

Fuimos muchos los que advertimos esto, no solo antes de las elecciones sino desde hace muchísimo tiempo. En mi caso, al menos, desde que tengo uso de razón y discutía en el Colegio con mis “socialistas” compañeros. (Dicen que si no fuiste socialista a los 17 fuiste un boludo… bueno, habré sido un boludo… ¿O los boludos eran los otros?)

Esta involución hacia los privilegios de casta de la Edad Media en la que se ha empecinado la Argentina es de tal profundidad que ahora hasta te la ponen en blanco sobre negro en la letra de la ley.

Desde ya que no se trata de una invención que sucedió ayer. Esto de mantener los aumentos por movilidad jubilatoria para funcionarios, jueces, fiscales y ex funcionarios (mientras que a la pobre gente se la sacan) es una más de las muchas cláusulas de privilegio que se anotan en el orden jurídico argentino. Pero haberlo hecho en el marco de una situación en donde se quiere pintar un escenario de dramática emergencia, la verdad, es que suena a burla, aunque algunos no estemos sorprendidos para nada y lo consideremos una reafirmación más de la inclaudicable pasión argentina por regresar a las catacumbas de la civilización.

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