La Carrió no puede con su ego

Resulta francamente triste ver que los egos y celos personales se trasladan a las responsabilidades de las figura públicas. Lo que hizo Elisa Carrió ayer es bajo, rastrero, motivado por su insuperable necesidad de dar la nota y de estar en el centro de la escena, más aun cuando en medio de un hecho descollante como la reunión del G20 ella estuvo ausente.

No tengo dudas de que su movida tuitera se basó en esa lógica de peluquería que muchos consideraban patrimonio poco menos que exclusivo de Mirtha Legrand.

La demagogia nunca ha sido una característica de Carrió; siempre se manejó con lo que era su pensamiento real, muchas veces brutal, pero jamás recurrió a comentarios populistas, de baja estofa como los que escribió ayer.

En uno de ellos, cayendo ya a un nivel de alarmante baratura, dijo que se acordarían de ella cuando alguien perdiera un hijo simplemente porque llevaba el pelo largo o era morocho. Se ve que Carrió vive en la estratosfera o no conoce de límites cuando su ego ha sido tocado en lo más íntimo: ya son miles los argentinos que han perdido la vida a manos de delincuentes salvajes lleven el pelo largo o no y sean morochos o no. Se trató de un recurso francamente increíble, viniendo de ella. Echar mano a esas bajezas cuando sabe perfectamente el precio que el país pagó por esas superficialidades incomprensibles, no puede, literalmente, entenderse.  Solo cabría agregar que muchos se van a acordar de ella cuando el próximo argentino muera por las balas de la delincuencia sin que la policía pueda hacer nada.

La demanda por seguridad de la sociedad es la primera por lejos en cualquier encuesta. El país vive con el corazón en la boca y clama por una solución. Una “intellegentsia” que vive de la teoría nos asalta desde los micrófonos y desde los tribunales convirtiendo a las víctimas en victimarios y a éstos en víctimas.

Tres generaciones de abogados han sido formados en las universidades argentinas bajo el veneno del zafaronismo que dio vuelta el único sentido común posible: todo lo que ocurre en una escena delincuencial (incluidos los posibles errores policiales) son responsabilidad del delincuente. Si él no hubiera salido a la calle decidido a matar, a robar o a violar, nada habría sucedido. Es tan simple como eso.

Hablar de fascismo cuando de lo que se trata es de dotar a las fuerzas federales de un protocolo de actuación frente al delito in franganti, es otra de las barbaridades en la que incurrió Carrió, de vuelta, dando muestras que su ego no tiene límites cuando ella lo considera lesionado. Solo le faltó reclamar la aparición con vida de Santiago Maldonado.

La delincuencia debe ser afrontada con la violencia monopólica del Estado democrático. Esa es la más alta delegación que la sociedad le hace a sus instituciones: la de ejercer el monopolio legal de la violencia, como hace más de 100 años lo definió Max Weber.

El brutal retorcimiento de estos conceptos al que se vio sometida la Argentina bajo la influencia de la peste zaffaroniana, le ha hecho creer a gran parte de la sociedad que ella es la culpable de que los delincuentes la ataquen; de que, en el fondo, se lo tiene merecido. Carrió abonó en ese veneno al expresarse. Recurrió al racismo para transmitir la idea de que la policía mata a los morochos, como si aquí estuviéramos en Alabama. Su aparición fue patética. Debería pasar un largo período de silencio para compensar haber abierto la boca con tantos disparates. A veces es mejor quedarse callado y pasar por idiota antes de hablar y despejar todas las dudas.

El fenómeno delincuente tiene una multiplicidad de causas en un país como la Argentina. Eso está claro. Una mezcla de falta de educación, de falta de horizontes, de droga, de frustración económica, de pérdida de valores, conforma un combo que hay que atacar cuanto antes. Pero frente a esa realidad existe una palabra mágica que nos interpela con otras urgencias. Esa palabra es la palabra “mientras”. Porque mientras se encaran todas aquellas profundidades (si es que alguna vez se encaran) algo hay que hacer para que a la gente no la maten por la calle.

Lo que ocurre es que los maestros del zaffaronismo han encontrado en lo complicado de la sustancia el atajo perfecto para no hacer algo en el “mientras”.

La Argentina no tiene la mejor policía. No tiene los mejores jueces. No tiene el mejor Estado. Pero “mientras” arreglamos eso, debemos detener las muertes en la calle. Carrió debió aportar alguna idea en ese terreno en lugar de bajar al terreno de los celos, que tanto la han perseguido en su zigzagueante carrera política.

La líder de la Coalición Cívica extraña el centro de la escena y echa mano de cualquier herramienta con tal de recuperarla. Esta vez la pifió muy groseramente. Aliarse desde el lenguaje con el populismo aprovechador y oportunista es algo aberrante. Y es hora que la gente se lo haga notar. No todo vale a la hora de ocupar el centro del ring. Y mucho menos la demagogia barata gracias a la cual, entre otras cosas, la gente no puede caminar segura por la calle.