La AMIA y la libertad

Hoy se cumplen 25 años del mayor atentado terrorista sufrido por la Argentina en toda su historia, de uno de los atentados más exitosos a escala mundial de la organización Hezbollah y del gobierno iraní y de la más grande matanza de judíos en masa después del Holocausto.

Ese crimen estaba a punto de ser develado por el Fiscal Alberto Nisman que contaba con pruebas para demostrar que el gobierno iraní y la organización Hezbollah lo habían perpetrado, cómo lo habían hecho y con qué cooperación local habían contado.

También tenía comprobado que, en un acto de traición a la Patria repugnante, la entonces presidente Fernández había diseñado, junto con los asesinos, un tratado ad hoc para allanar el camino de su impunidad y liberarlos de las incomodidades de las sospechas.

Un día antes de que el Fiscal debiera presentarse ante el Congreso para develar sus averiguaciones, apareció asesinado en el baño de su casa en Puerto Madero. Aun hoy cuatro años después, no se sabe qué pasó con él pero sí se sabe que su acusada pudo zafar de la persecución de su investigación. Qué casualidad.

El hoy compañero de fórmula de esa acusada, el Sr Alberto Fernández, en su autoproclamada condición de especialista penal, dijo que el memorándum con Irán era la consumación misma del encubrimiento, independientemente de que no hubiera tenido principio de ejecución porque Irán no lo ratificó.

Es más, el profesor (¿?) Fernández se animó a darle una categorización penal a cada uno de los partícipes: dijo de Fernández de Kirchner era la instigadora del delito y que Héctor Timmerman, como firmante de hecho, era el autor material.

Hoy los dos se presentan ante la sociedad para dirigir los destinos del país: una instigadora de un delito contra la Patria y su denunciante. Así de sorprendente es la Argentina.

Tan sorprendente que, cuando el juez Claudio Bonadio citó al “profesor” Fernández para que ampliara su declaración periodística, dijo que solo habían sido “comentarios”.

El gobierno del presidente Macri ha decidido declarar a Hezbollah como una organización terrorista y eso se considera un avance fenomenal. Es decir, lo que es una obviedad se festeja como un hecho extraordinario. Me recuerda a los años ’70 cuando se declaraba a organizaciones como Montoneros y ERP como “organizaciones clandestinas”: ¡pero qué menos, si los cadáveres de sus asesinatos se juntaban con pala!

Es verdad que en esa condición se encuentran varios países. De hecho los países que declararon como “organización terrorista” a Hezbollah son los EEUU, la UE (incluida Gran Bretaña), Canadá, Australia, Nueva Zelanda y, ahora, la Argentina. Pero los demás, o directamente simpatizan con Hezbollah (y su autoridad institucional, el gobierno de Irán) como Venezuela, Cuba, Rusia, China, o tienen dudas como, por ejemplo, Uruguay.

Esto también está en juego en las elecciones que vienen. No es un dato menor. Lamentablemente la Argentina pone en juego en cada elección cuestiones muy primarias que hacen a valores esenciales que otros países tienen resuelto hace rato.

A eso se debe que los ciudadanos no puedan votar en completa libertad, por la afinidad total de sus convicciones y deban hacer reduccionismos de conveniencia para evitar que incluso un mal muy superior a aquel del cual se quejan, gane el gobierno.

Es lo que nos ocurre a los que estamos porque la libertad más completa posible gobierne a la Nación; aquellos que añoramos un país que regrese a la liberalidad básica de la Constitución de 1853.

Quizás existan en el abanico de ofertas electorales fórmulas que representen esos ideales, pero su imposibilidad de ganar nos plantea la pregunta: ¿es preferible votar por la libertad total aun a riesgo de perder totalmente la libertad? Es una duda profunda.

Estamos en presencia de la posibilidad de que delincuentes de la peor laya ganen el gobierno. Por supuesto, quedará para otra oportunidad contestar el interrogante lacerante acerca de qué le ocurre moralmente a una sociedad que puede permitir semejante cosa. Pero hoy lo que tenemos delante es eso: la posibilidad de que una banda de delincuentes, mentirosos y mafiosos gane el gobierno.

Mi amigo José Luis Espert dice que con los Kirchner la Argentina será Venezuela (y yo agrego, Cuba, Irán); que con Macri la Argentina seguirá siendo la Argentina y con él la Argentina será Australia.

Australia es, en efecto, ese horizonte dorado que todos los que amamos la libertad vemos como posible. Lo digo con fundamento porque estudié profundamente ese país, lo visité más de media docena de veces e incluso hice un documental para la televisión (que duró un mes, “La Argentina que Pudo Ser”) en donde demostraba lo que había ocurrido allí y lo que había ocurrido aquí.

Pero lo que hay que decir es que para que Australia llegara a ser lo que es hoy (con 5 de sus ciudades entre las 10 más preciadas en el mundo para vivir por su calidad de vida) fue durante muchos años (casi dos décadas) una “Argentina de Macri”.

En efecto, sin llegar a sufrir -para su suerte- los estragos del populismo peronista, Australia fue una social democracia estancada o con muy poco crecimiento durante 20 años, básicamente entre los ’70 y los ’80.

También a ellos les picó el bichito de alcanzar una sociedad ideal en donde todo estuviera provisto por el Estado y donde las bravuras de la vida estuvieran aliviadas por los algodones de la legislación. Nunca fueron fascistas, ni siquiera diría populistas, pero sí cargaron con el lastre de un músculo social fláccido, casi asesinado por la burocracia que prometía una vida fácil.

Debieron pasar aquel estancamiento y todos esos años para que los propios partidos que habían defendido aquel esquema se dieran cuenta que estaban ante la maravillosa paradoja de que la aspiración a entregar todos los derechos los estaba dejando sin derechos; que la aspiración al todo los había llevado a la nada.

Allí cambiaron y pusieron en marcha la Australia moderna, por supuesto basada, como no podía ser de otra manera,  en la libertad. Pero Australia nunca tuvo que pasar por “Venezuela” para pasar a ser “los EEUU del Sur”. Hoy son, sin dudas, los “EEUU del Sur” pero viniendo de la “Argentina de Macri”. La “Argentina de Macri” fue su máximo “delirio”.

Nosotros lamentablemente fuimos casi Venezuela. Estuvimos muy cerca. Es imposible pasar de eso a “los EEUU del Sur” sin  un largo interregno de una “Argentina de Macri”. No quiero decir con esto que pasemos de un “Cristina eterna” a un “Macri eterno”. El propio presidente es el principal interesado en que eso no ocurra. Es solo una figura “poética”.

A lo que me refiero es al perfil del país. Lamentablemente, para nosotros, los que creemos en la libertad, esta es la triste realidad: deberemos pasar muchos años agradeciendo que al menos tenemos libertad para hablar sin persecuciones, antes de alcanzar ese escalón de libertad competa que anhelamos. Perseguir hoy la libertad completa puede dejarnos sin libertad alguna. Es triste, pero es la realidad.