Hipocresías

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Pablo Moyano acaba de anunciar, en su carácter de integrante de la Comisión Directiva de Independiente que preside su padre Hugo, que se va a revisar el contrato de Christian Rodríguez, más conocido como “el cebolla”, para ajustarlo a su productividad.

Desde que llegó a Independiente, Rodríguez ha estado más lesionado que sano. Cuando no es un desgarro, es una contractura, cuando no un golpe; cuando no es un golpe es una distensión…

La cuestión es que el volante uruguayo se ha pasado más tiempo en la enfermería que en la cancha. Ha habido partidos en que duró menos de diez minutos en la cancha y tuvo que ser reemplazado por lesión.

El club hizo un esfuerzo muy grande para traerlo de Europa, donde jugaba en el Atlético de Madrid, equipo con el que había jugado la final de la Champions del 2014 frente al Real. Obviamente se trata de un jugador talentoso, desequilibrante que hace una diferencia cuando está en buenas condiciones físicas. Pero eso, lamentablemente, sucede con cuentagotas.

Moyano dijo que esa situación debía cambiar; que no podía ser que el club tuviera una erogación altísima con su pase y su contrato y que a cambio obtuviera una productividad tan baja en materia de rendimiento.

Se trata de un razonamiento aceptable. Toda relación contractual debe estar equilibrada y las prestaciones deben ser justas y balanceadas y si lo que se tuvo en mente cuando el contrato se firmó no se está verificando en la realidad, entonces habrá que adecuar el contrato a lo que está pasando.

Este tipo de razonamiento cambia por completo en la cabeza de Moyano cuando pasa de su cargo en la Dirección de Independiente a su puesto de dirigente sindical.

Hay que tener en cuenta, incluso, que lo de Rodríguez no es una cuestión de viveza o mala fe o “ventajismo”. No, no: el tipo se lesiona, y se lesiona de verdad. En todo caso él podría argüir que Independiente debería haber revisado mejor su estado físico al someterlo a la revisión médica y allí hacer las objeciones contractuales que correspondieran, pero que ahora aquellas condiciones deberían respetarse. Rodríguez podría echar mano, incluso, hasta un principio de “sensibilidad social” como para que no le empeoren sus condiciones de trabajo simplemente por presentar problemas físicos.

Pero para Moyano nada de eso vale en su calidad de dirigente de Independiente: Rodríguez no rinde y su salario, su prima y su dinero deben readecuarse.

Imaginemos qué ocurriría en cualquier establecimiento que necesita del servicio de camiones si la empresa decidiera estudiar algún ajuste de los ingresos de los camioneros por “productividad”.

Moyano seguramente bloquearía las plantas, trataría como unos negreros incalificables a los dueños, los emplazaría a deponer su actitud e intimaría a la empresa a mandar para atrás la medida bajo amenaza de impedir completamente su operación.

Este tipo de hipocresía flagrante flota en toda la sociedad argentina. Y uso la palabra “flota” a propósito,  porque la hipocresía invade todos los razonamientos, aplica a todos los temas y campea como normal en todas las conversaciones, sin que ni siquiera reparemos en ella; la tomamos como normal.

Moyano ni se plantea la contradicción que anida en su propio ser por pensar de una manera según sea directivo o sindicalista; el tipo lo toma como normal, no se ve a sí mismo como alguien desfasado, como alguien  a quien cualquiera le podría caer en su contra con aquel argumento demoledor. Para él piensa bien tanto en un caso como en otro.

Algo parecido está sucediendo con muchos de los que formaban parte del gobierno anterior o eran sus adherentes y ahora están en el llano o en la oposición.

Es flagrante ese comportamiento por ejemplo en el caso de la inflación. Gente que ni siquiera pronunciaba esa palabra (empezando por la Sra Fernández) ahora son los adalides de las medidas antiinflacionarias.

Esta cuestión, que ya sería de por sí grave si se limitara a ese círculo de interesados políticos, es mucho más grave aun cuando uno tiene serias sospechas de que razonamientos parecidos están ocurriendo en la sociedad civil.

El gobierno no debería subestimar esos embriones de hipocresía. Mucho ha contribuido ya a ese fenómeno maligno no dando a conocer el estado en que recibió el país. Es como si el gobierno hubiera contratado al “Cebolla” sin hacerle una adecuada revisión médica.

Los grupos que no quieren que se acabe en la Argentina la época en que un sector puede acceder al Estado y apropiárselo, pueden quedar en minoría circunstancialmente, pero jamás dejan de trabajar. Machacan y machacan a fuerza de hipocresías varias y se apoyan en el ADN naturalmente hipócrita de la sociedad para mantener vivo su afán de volver a copar el Estado para usufructuar sus privilegios en su propio beneficio. Cuentan para eso, también, con una sociedad bastante estúpida que prefiere creer el verso que desde el Estado los pesares se resuelven mágicamente, sin advertir que eso es verdad para los que se sientan en sus sillones pero no para el pueblo que los paga.

Sería interesante que todos hiciéramos un balance introspectivo de nuestras propias cargas de hipocresía. Sobre ella se montan grupos interesados solo en ellos mismos, que nos usan como carne de cañón para vivir como reyes ellos, mientras a nosotros nos parte un rayo.

Todos llevamos un Pablo Moyano dentro. Es hora de hacer un exorcismo de hipocresías porque de lo contrario serán usadas en nuestra propia contra.


  • mrlutz

    Un país que le quitado trece ceros a la moneda y a vivido tantas crisis económicas de las que ni siquiera se mencionan en las clases de historia en los niveles primarios y secundarios de la enseñanza pública, refleja claramente que vivimos en un país gobernado por una clase política -todos los partidos incluidos en esta- que vive de la hipocresía y a costillas del pueblo que los elije. Así llevamos décadas hablando que la inflación es culpa de los formadores de precio, de la gente que no camina lo suficiente para buscar alternativas de precios, de la estacionalidad, de la quita o no quita de retenciones, del componente impositivo en cada valor, pero NUNCA se menciona a la emisión desenfrenada de billetes, ¿Y quien es el único autorizado a emitir esos billetes? El gobierno. Parece ser un planteo simplista que lleva décadas de vigencia bajo el slogan “la culpa la tiene el gobierno”. Hipócritas podemos ser todos los habitantes del país, pero viendo como las naciones de este planeta han corregido el flagelo de la inflación limitando sus guarismos a niveles bajísimos nos demuestra que algo han aprendido de sus errores, mientras que aquí de eso no se habla.