Hay para todos

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Luego de que el país asistiera absorto a la canallada a la que fue sometido ayer con un paro intencional y ladino (disfrazado de “asambleas” para que el Ministerio de Trabajo no pudiera declarar la conciliación obligatoria) es posible que el peronismo haya ingresado en otra etapa de su continua metamorfosis.

En efecto, la gente, ayer, en la calle, lo culpaba sin reparos y sin medias tintas de lo que estaba sufriendo. No responsabilizaban al gobierno, sino a los sindicalistas en particular y al peronismo en general.

Fue como si un enorme alumbramiento se apoderara de la sociedad que, de repente, tuvo claro lo que el peronismo es y lo que el peronismo hace. No sabemos cuánto durará este haz de luz pero si sabemos que ayer brillo con fuerza.

El desprestigio que los dirigentes peronistas vienen acumulando no tiene una contracara que lo capitalice. El gobierno, lamentablemente, por los condicionamientos que padece, se encuentra en una situación en donde debe resolver alternativas completamente contradictorias y eso enerva la posibilidad de que se lleve una tajada de aquel descrédito.

Hace un par de días, el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, para despegarse de la vergonzosa unión de Kicillof con Massa, dijo que él no tenía nada que ver con eso porque él representaba al “peronismo republicano…” ¿Perdón?, ¿peronismo republicano? ¿qué clase de oxímoron es ese?

¿Desde cuando existe una categoría que se llame “peronismo republicano”? Justamente si hay algo que el peronismo no ha sido hasta ahora es “republicano”. Desconoce completamente las limitaciones a que las que la republica somete al poder y como al peronismo lo único que le interesa es el poder, ha resuelto, desde hace rato, que la república le importa un bledo.

Luego de las elecciones del 22 de noviembre del año pasado se escuchó decir que si el esquema político argentino a partir de ese momento iba a estar representado por Cambiemos y por el Frente Renovador, la Argentina estaba salvada. Medio año después Sergio Masa estaba conspirando en las sombras para enredar a Macri en una red que lo colocaría al borde mismo del abismo.

El gobierno a su vez sigue debatiéndose entre dos alternativas contrapuestas: apostar a que la gente se dé cuenta sola de las verdades y de la realidad o salir a explicarlas. No caben dudas que hasta ahora se viene imponiendo la línea interna de que las cosas se hagan evidentes por su propio peso. Pero esa postura le ha costado mucho al gobierno durante este año. Haber callado la herencia fue un error imperdonable; no haber dejado claro que el lavarropas lo hizo pedazos la señora, ha permitido que hoy muchos se la agarren con el técnico que vino a arreglarlo y al que le está costando trabajo conseguirlo.

Esa postura tiene un nombre propio: se llama Jaime Durán Barba. El presidente deberá recordar muy bien ese nombre cuando analice los precios que pagó este año. Resulta particularmente paradójico que Mauricio Macri deba ser sometido a una operación de las cuerdas vocales porque un uso a destajo de ellas le produjo un infarto en una pequeña arteria de irrigación que se encapsuló y formó un pólipo.

Es obvio que ese uso abusivo de su garganta el presidente lo ha hecho puertas adentro porque puertas afuera hay muchos que quisieran verlo y escucharlo más y no tienen de él más que chispazos. Para un país presidencialista y paternalista como éste y que enfrenta los desafíos que enfrenta, hace falta una figura presencial que nos diga y nos explique; la sociedad necesita ese apoyo corpóreo que Macri, evidentemente ha decidido retacear.

Es posible que lo haya hecho como reacción opuesta a la conducta del kirchnerismo, que enfermaba con las cadenas nacionales de la maestra ciruela. Pero el presidente debería retomar la lectura de los libros de Sociología I y darse cuenta de la idiosincrasia con la que lidia.

En este año de gobierno, Cambiemos ha dedicado mucho tiempo a sortear el sino de los gobiernos no-peronistas que deben demostrarle al país que son lo suficientemente fuertes e idóneos para gobernar en medio de los palos en la rueda y las telarañas que el peronismo urde en las sombras. Ha tenido sus aciertos y sus errores. 

Ha salido del cepo, ha terminado con el default, ha logrado sancionar leyes y terminar con la prepotencia desde el poder. Por otro lado, ha sido prepoteado, ha debido resignar su proyecto de reforma electoral y ha manejado con una dosis llamativa de chapucerismo la reforma al impuesto a las ganancias. No importa que Massa haya perdido probablemente más con el mismo expediente. Pero el gobierno no atinó a tejer un pacto anterior a la llegada del proyecto al Congreso para evitar la extorsión peronista. Ha sido ingenuo  en eso y hoy está pagando parte de las consecuencias.

La sociedad no puede salir con un sello de “aprobada” o de “inocente” en toda esta trama. Encumbró a una banda de delincuentes en el poder durante doce años sin advertir las consecuencias de ese estrago solo porque mientras las condiciones internacionales lo permitían “seguía el baile y venían pomos”. 

No ejerció para nada el pensamiento crítico y creyó que era posible tener energía regalada sin pagar ninguna consecuencia; creyó que era posible imprimir billetes y que eso nos hacía más ricos y se entusiasmó con la efectiva idea de vivir del Estado.

Como no podía ser de otra manera todo ese castillo de naipes se desmoronó frente a la realidad. Es hora de que cada uno de nosotros también admita su responsabilidad por haber endosado y votado a un conjunto de ladrones que solo se dedicó a hacer lo único que sabía: robar.